José Alberto Iván Salazar Gutiérrez

Ciudad de México; 27 de febrero de 2021.

El cubrebocas me envalentona (tampoco es que lo necesite, aclaro). Ya ni le bajo la mirada al chacaleo que me hace uno de los limpiaparabrisas: “Al rato te vas a discutir el refresco, ¿eh?”, reitera la cuota que se acaba de inventar; no sabe que hace unos años, antes de ausentarme otros más, yo era la sensación de los semáforos. “Si ni hacemos lo mismo: tú limpias coches, yo malabareo”, le digo con el pensamiento (no porque no pueda replicarle en su cara, es para no provocar, según las explicaciones más minuciosas de YouTube, un diálogo en el que vayamos a pronunciar algunas consonantes, la F o la V/B, que impliquen mordernos el labio para su pronunciación de tal forma que salga un minúsculo espray de saliva con el que nos contagiemos. Vaya, que es por cuidarnos, no por otra cosa. Le sigo).

Resulta que hace semanas, por la pandemia, suspendieron clases en la universidad y, con ello, la venta de dulces, chicharrones y demás golosinas en el puesto que puse para solventar mis estudios (¿o lo del estudio es para mantener mi puesto, el que cada vez me veo obligado a hacer de tiempo completo frente a las autoridades? Continúo). Como el hambre no entra en cuarentena, hoy salgo de pantalón y chalequito negro, camisa clara, moño, una mochilita para la morralla, tres pelotas y nariz de clown (cuya cualidad, por cierto, es ser la máscara más pequeña del mundo con la que me cubro del miedo de hacer el ridículo para payasear a gusto); sin embargo, debido a estos tiempos, la sustituí con el tapabocas también por protección (no por el ridículo u otro tipo de temor, aclaro. Lo primero sólo se puede evitar con aquella nariz colorada; lo segundo… Lo segundo no sé y no hay necesidad de averiguarlo, sólo lo porto para que no declaren que mi integridad vale lo que dicen que vale antes de que, de verdad, valga una jerga; es decir, lo traigo por aquello de la manifestación de la V en el aire si me la dicen, no por otra cosa. ADVERTENCIA: SI ESTO SE LEE EN VOZ ALTA, CONFÍO EN QUE YA SE HAYA INTUIDO CAMBIAR ESTA LETRA POR UNA J).

Como decía, ya en la calle, sonriente, aunque no se vea, pero con toda la actitud, me preparo para mi acto: “Con un coche se hace una fiesta”, me digo ante ese único público, pues aquella avenida está dividida por el metrobús en dos partes desiguales. Yo tomo la del par de carriles, en las que transitan menos vehículos, para trabajar lejos de aquel limpiaparabrisas (lo dicho: es por evitar cualquier diálogo que nos infecte, no fuera a ser que, por abrir mi bocota —suelo ser muy respondón—, me contagien la epidemia a trancazos —no es que el tipo se fuera a ir limpio: gracias a esas conchas con chilaquiles, soy todo un arma biológica a punto de estallar al menor estornudo—. Prosigo). Me rifo, sorprendo hasta a la mismísima gravedad contaminada en el aire: mis trucos valen lo que cientos de sonrisas (con su equivalente en pesos, por supuesto). Al final me inclino, agradezco, y espero salir invicto de cualquier virus que venga incluido en las monedas (y es que, como suelo padecer conjuntivitis, es tal el escozor que olvido no tallarme los ojos). Me acerco al conductor esperando mis 100 pesitos: “¿No sabes que no debes salir?”, comenta (así me paga, con unas gotitas de saliva en la cara. “¡N’hombre, qué calidad moral! Seguro ha de vivir en su auto”, exclamo en la mente). No decaigo, me espero al siguiente alto: “Híjole, te daría si no fomentara tu idea de vivir al día”, menciona otro bien preocupado desde su privilegiado asiento último modelo (“no sabía que eso era decisión mía”, le diría). Regreso a la banqueta (“ahora si se la miento al próximo que me diga algo”). No pasa mucho cuando vuelve el limpiaparabrisas: “Te encargo lo que me debes, ¿eh, ñero?”, reclama; yo no le respondo ni en mis adentros (en uno tiene que caber la sana distancia. Eso sí: no le bajo la mirada, no porque me fuera a responder como lo hizo otro tipo hace tiempo: “Yo sí estoy dispuesto a irme de nuevo al reclu por un chesco”, expresó, pero ésa no fue la razón por la que ya no regresé después ni por qué permanecí al pendiente de lo que vaya a hacer el actual sujeto, quien, por cierto, se da por vencido. ¿Será verdad? ¿Ante el total hermetismo con que me arma el tapabocas, evité que me pegara algo (me refiero a la epidemia, sé que los golpes ni me hubieran entrado)? Si eso es así, punto para las recomendaciones de la China comunista; tráguense eso, pequeñoburgueses de supuesta izquierda (OJO: NO DESCARTO LA IDEA DE QUE, SI A ALGUIEN CON DINERO LE GUSTA MI ESCRITURA, ME PATROCINE UN VIAJE AL EXTRANJERO EN EL QUE CUALQUIER CONTAGIO SEA EN LA COMODIDAD DE UN LUJOSO HOTEL).


Le sigo (ya que esto es una narración, con una acción tras otra, no una descripción donde, todo finolis, me crea con el derecho de encerrarme al interior de los detalles; eso no sería muy clase obrera de mi parte, tampoco muy valiente que digamos).

Pasan las horas, no hay más exigencias de cuotas (lo dicho: el tapabocas hace milagros). Oscurece. Me voy. Le alzo la mano al autobús y le doy la apertura al infestado diálogo por primera vez en el día, al fin que traigo mi cubierta protectora:

—Buenas, ¿me da chance de vender unas paletas? —le solicito. ¿Pues a poco creen que iba a dejar caducar los dulces de mi puesto? Nel, me los traje en mi morralito, si así hasta me ahorro el pasaje.

—Órale, trépate —me contesta el operador. Enseguida me agarro del tubo para subir, segunda cosa a la que me expongo sin desinfectar (porque hasta le había puesto gel antibacterial a mis pelotas antes de salir: la pobreza no es pretexto para no andar limpio, ya lo dice mi mamá), y que comienzo:

—¡Al silencio! —¿Creían que era una labor de venta cualquiera? Si hasta les recito poemas— Oh voz, única voz… —les voy diciendo con tono solemne, de principio a fin. Al acabar, una señora, luego luego, me extiende unas monedas (tercer contacto con todo y tallón de ojos)—. Señores usuarios: si alguien gusta apoyarme con un peso, dos pesos, 50 centavos o, bien, comprando una paleta, mucho se los agradeceré.

Me bajo, repito este nuevo acto las veces que sean necesarias hasta llegar al paradero.

—Gracias, chofer —grito cada vez que desciendo de una unidad.

Al bajar, noto otra vez que aquel tapabocas, mi gran muralla china que me resguardaba del enemigo, de verso en verso (esto es lo peligroso de la V) y de enfrenón en enfrenón (también lo malo de la F), se me ha resbalado al cuello; no logré acomodarlo, todo por sostenerme con una mano y no tirar la mercancía con la otra.

—¿No ya te he dicho que no te subas a vender? —me increpa un bocinero con su espray de fluidos por esa letra maldita (y es que su uso es muy frecuente. ¡Maldición! Igual la de la F)—. Tienes que ir a las juntas —insistía— o, si no, te vamos a partir tu madre.

—Tú no me lo puedes prohibir —así le contesto, con la canción de “Te va a doler” sonando en su bocina y sin el muro infranqueable que me inspiraba valor sobre el rostro (aclaro que por la seguridad de no andar expuesto ante los microorganismos. Continúo)—. Esto es vía pública y no me voy a ir.

—Ah, ¿te me vas a poner pendejo? —aumenta el riesgo viral con empujón y todo, cosa que me tira (es debido a que el tipo es más panzón y alto que yo, no se piense otra cosa).

—Por eso te estoy diciendo que dónde son tus juntas —le pregunto abrazando mi día por si me lo quiere quitar; no obstante, gracias a que no es muy hábil por el propio peso que se carga (me refiero a la enorme bocina, no le vayan a decir algo diferente), logro pararme antes de que se ensañe conmigo. Enseguida levanto esa muralla profiláctica por arriba de mi boca. Ahora sí, lo veo con toda la frialdad del mundo. No estoy triste, no es mi llanto —suena otra de sus rolas—, es el humo del cigarrillo que me hace llorar. —No entiendo por qué me identifico (si, ante tal situación, lo que se debe mostrar es la entereza, según el canon); además porto el cubrebocas que yo digo que funciona, pues el bocinero pierde interés al verme a los ojos. Se va y, antes de que cambie de opinión, también me retiro con la esperanza de sobrevivir a la pandemia el día de mañana.

José Alberto Iván Salazar Gutiérrez (Ciudad de México, 1989). Estudiante de Creación Literaria en la Universidad Autónoma de la Ciudad de México. En 2019 fue becario en el Taller de Ficción, impartido por la escritora Mónica Lavín, del programa internacional Under the Volcano.

Publicado en Punto y Línea, en http://www.puntoenlinea.unam.mx/index.php/1621

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