Miguel Alvarado

Toluca, México; 22 de febrero de 2021.

Esta mañana el centro de vacunación contra el coronavirus en el centro de Atlacomulco dio 400 fichas para personas de la tercera edad. A las 10:30 se habían repartido 250 de ellas a quienes estaban firmados desde las 3 de la mañana. Atlacomulco, además de ser la cuna geográfica del grupo político del ex presidente Enrique Peña, es el municipio norteño más pujante del Estado de México. Por lo general, sólo se habla de Atlacomulco cuando se trata de un tema político que involucra al mencionado Peña y al gobernador Alfredo del Mazo, pero ahora se le voltea a ver porque ahí se puede vacunar a mayores de 60 años que provengan de otros municipios. Lo mismo pasa en Jilotepec, en San Felipe del Progreso, en el sureño Tejupilco, en Tenancingo y en Teotihuacán y Zumpango, estos dos últimos parte de la complicada aglomeración de 25 millones de habitantes que representa la Zona Metropolitana del Valle de México.

Lo que pasa, dicen los responsables de las vacunas y sus supervisores, que forman parte de la Brigada Correcaminos, es que no todos acuden a recibir las dosis. Y es verdad. En Temoaya, otro municipio hacia el sur mexiquense, sucedió eso. A los tres días de la jornada, la gente dejó de ir y allá se corrió el rumor de que se aplicaba la inyección a cualquiera que presentara su registro. Entonces -dice un lugareño- llegó “un montón de gente adinerada, que no se veían del lugar” y ocupó las vacunas.

Temoaya es uno de los tantos municipios pobres del Estado de México y que los fuereños llegaran en camionetas de modelo reciente les dijo mucho. Para empezar no eran de ahí. Pero si las vacunas no se aplicaban así, entonces las dosis se perderían, pues tienen una fecha límite de caducidad, la cual varía según la marca utilizada.


Así, se ha optado por lanzar convocatorias no oficiales en redes sociales para que se aproveche lo que no se aplicó. De todas formas llama la atención que la gente no se vacune.

En San Mateo Atenco, el municipio que dejó de hacer zapatos para dedicarse a la fabricación de cubrebocas, se registraron 7 mil adultos mayores, pero de esos apenas 500 fueron a vacunarse. En otro municipio, el de Coatepec Harinas, se reparten 800 fichas a diario, pero el promedio de asistencia es de apenas 500 personas, poco más de la mitad.

Se trata de la pandemia más mortífera para México en los últimos años, con casi 182 mil muertos confirmados, aunque a esa lista del gobierno federal le falta información. Las razones para que no se acuda son diversas. Desde la soledad incapacitante de las personas, la incomunicación, la pobreza y la ignorancia, hasta la creencia de que se les aplica sustancias que matarán al receptor de manera fulminante. También los habitantes de esos municipios señalan que no hay certeza de que la vacuna funcione, y entonces, si no sirve, pues para qué.

Para un país agotado como este, ha representado un esfuerzo enorme hacerse de las vacunas, las cuales han llegado en tandas, a cuentagotas y apenas han alcanzado para médicos y trabajadores de la salud, así como para una parte de los mayores de 60 años. La noche del lunes 22 llegaba el último embarque, proveniente de Rusia, con 200 mil dosis de la Sputnik V, que en total se suman a los cerca de un millón de vacunas que ya se han aplicado en México. Para un país con 117 millones de habitantes la llegada de la Sputnik V significa muy poco y no se necesita ser un genio para entender que el Tercer Mundo siempre será el traspatio de las transnacionales, del poder económico mundial, de los dueños de los medios de producción. Hay que formarse, hay que rogar, hay que esperar y además hay que pagar por todo eso, pues las vacunas no son gratuitas y se han comprado con el dinero de los impuestos que paga cada uno. El país, según la iniciativa “Lauch and Scale Speedometer”, de la Universidad de Duke, ha comprado dosis para vacunar al 56 por ciento de su población.

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