Lapislázuli

Jazmín Caristo

Ella estaba durmiendo plácidamente. Demasiada tranquilidad que contrastaba con la penumbra de su habitación. Empezó a moverse de formas inusuales: giraba su cuerpo, extendía sus brazos, estiraba los músculos de los pies y de la cara, tanto que el pijama gris de algodón dejaba ver su piel pálida, y su largo cabello castaño terminó sobre su rostro. Así pasó varias horas.

Abrió los ojos súbitamente, como cuando se recuerda algo muy importante. Mientras se incorporaba, la joven observó su habitación, cada detalle.

Alguien llegó a la puerta, una mujer alta que rondaba los 30 años y parecía haber estado esperando ese momento. Sonreía, una sonrisa que emanaba tranquilidad, ternura y compasión. Se acercaba a la cama.

—¡Ofelia, estás despierta! —dijo en voz baja, pero animada.

Caminaba con un ritmo muy particular, como cuando Ofelia se pone contenta tras recibir una buena noticia, haciendo una especie de danza muy sutil. Se podría decir que tarareaba una canción, pero sólo se veían sus labios moviéndose. La mujer se detuvo al borde de la cama, a la derecha de Ofelia. Comenzó a mirar a la muchacha, minuciosamente.

Ofelia seguía atenta al cuarto. Dudando un poco, fue conduciendo sus pupilas hacia esa mujer. Justo antes de intercambiar miradas, la mujer se sentó junto a sus piernas. Sólo pudo ver el pijama de seda color cobalto, la piel pálida y el cabello castaño a la altura de los hombros, pero no logró verle la cara.

La mujer acercaba su mano con lentitud al rostro de Ofelia. Comenzó a acariciarle el cabello, primero el que caía en sus mejillas, después el que caía en su frente. Si se viera esa escena, se pensaría que esa mujer la estaba cuidando, como una enfermera; eso incluso explicaría el color de su ropa y la reacción oportuna cuando la joven despertó. Lo cierto es que a esa mujer sí le importaba el estado de Ofelia, pero no estaba atendiendo su bienestar.

Siguió acariciando hasta que llegó al puente de la nariz, continuó con los labios, en donde posó la yema de sus dedos y luego sus uñas, puntiagudas y filosas.

Cayó una gota de sangre; su sonido retumbó en toda la habitación. El pijama de algodón empezaba a absorber el pigmento rojo. Venas marcadas en la piel pálida, respiración agitada y una cara que se vislumbraba claramente. Y se reconocía.

Era Ofelia, Ofelia adulta.

Se despabiló. Mientras la muchacha se incorporaba, emitió un gran suspiro y estiró su cuerpo. Se notaba aliviada de haber despertado realmente. Se levantó de la cama y, con lentitud, caminó hacia la ventana; la abrió, y entró una brisa tan fuerte que su largo cabello se agitó en todas direcciones.

Ofelia se quedó ahí un rato para percibir los colores de las plantas floreciendo, pero le faltó notar uno, el brillante azul cobalto que se reflejaba en el cristal de la ventana.

Salma Caristo (Estado de México, 1997). Egresada de la licenciatura en Psicología de la Universidad Autónoma del Estado de México. Realizó una movilidad estudiantil en la Universidad en La Frontera, en Chile. Estudia una diplomatura en el Consejo Mexicano de Neurociencias. Es artista visual multidisciplinaria, integrante de Talentos Universitarios UAEMéx, así como del taller de narrativa de Grafógrafxs.

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