Miguel Alvarado

Toluca, México, primero de febrero de 2021.

Terminadas las precampañas que definirán a los aspirantes a diputaciones locales, federales y presidencias municipales, en el Estado de México se entrará en una fase de desaceleración de la pandemia que permitirá llegar, en la raya de lo apropiado, a la realización de los procesos electorales en la calle, presenciales y con el contacto directo que tanto necesitarán esos aspirantes.

Claro, el mejor negocio de un partido político en México es la realización de las campañas a costa de lo que sea. No importa que no se gane, o que se pierda rotundamente. Tampoco importa que se sacrifique a cuantos tengan que sacrificarse. Hoy en rojo, en lo peor de la pandemia del coronavirus, los centros comerciales y algunos negocios reabrieron. Los pequeños y medianos empresarios no soportarían otro mes con las puertas atrancadas y por eso, aunque el semáforo rojo se extendió dos semanas más, se permitió la libre circulación en horarios restringidos y con los aforos al 30 por ciento. Se trata de medidas que no tienen sentido si se trata del control de la infección, porque en este México depauperado se practica con diligencia algo que se llama necropolítica, y que se refieren, primero que nada, a tasar comercialmente el valor de la vida humana en cero. Cero pesos, cero dólares, cero por cero, cero igual a cero. Y sobre ese valor comercial de cero, oponer el precio de los productos que hay en el libre mercado que conocemos: Liverpool, el gobierno federal, el gobierno del Estado de México, Televisa, Elektra, TV Azteca, las mineras canadienses, los fabricantes de autos, Sam´s y otras entidades son las facilitadoras de esos productos, todos los cuales, así cuesten un centavo, tendrán más valor que la vida humana.

El principio de la necropolítica, acuñado por un filósofo camerunés llamado Achille Mbembé, puede reducirse a la idea de la administración de la muerte llevada a cabo por un Estado que ejerce un poder que ha legitimado de cualquier manera, en procesos legales que no por eso son éticos ni justos. La necropolítica se practica en cualquier tipo de gobierno, sobre todo en democracias como la mexicana porque se ayuda de la corrupción y el empoderamiento de quienes tienen más poder económico y consiguen manipular un proceso electoral. La Cuarta T es parte del mecanismo de la necropolítica porque ha militarizado al país, no ha detenido el extractivismo y permite, en partidos políticos como el que le dio forma, procesos amañados que se saltan las reglas elementales, como lo hacen en el resto de esas organizaciones, como el PRI, el PAN o el PRD.

Como dicen los integrantes del Partido Encuentro Solidario, que dirige en el Estado de México el priista Isidro Pastor Medrano, sería ingenuo creer que ganarán una votación.


Dicen, muertos de risa, que ese partido se creó para robar, que se ideó para hacer negocio.

El robo radica en que opera con dinero público y desde un principio incumple con el propósito para el cual fue formado. Sus objetivos, como dicen ellos mismos, se centran en el presupuesto y en la facturación que lograrán.

Que las precampañas se permitan y que después se avalen las campañas cuando en México el coronavirus es, a rajatabla, un asunto de vida o muerte, es necropolítica. Que no haya vacunas suficientes es necropolítica y que se privilegie su aplicación a sectores como el de la clase dirigente, es necropolítica. Y como la vida de un mexicano promedio no vale nada, los centros comerciales como Plaza Galerías abren sus puertas. Y como la ciudadanía apenas entiende que su vida vale muy poco, acude en tropel a comprar. Si no a comprar, por lo menos a ver, a consumir lo que se encuentra a su alcance.

Los empleados de esos centros comerciales han sido las víctimas directas de los cierres. Liverpool no perderá gran cosa. Su capital le permite despedir y recontratar las veces que sean necesarias. El cierre de la pequeña y mediana empresa beneficia a las transnacionales de Walmart, Sam´s, Costco y otras que centralizaron todas las ventas desde marzo del año pasado. Las ganancias de estas empresas, en un año normal, son brutales. Walmart, por ejemplo, anunciaba que en los primeros tres meses del 2020 sus ganancias en México y Centroamérica habían crecido 15 por ciento. Ese trimestre obtuvo 19 mil 50 millones de pesos y si suponemos que ese dinero fue parte de un flujo sostenido, al término del año los de Walmart debieron ganar 76 mil 200 millones de pesos.

Eso, dinero legal y fiscalizado, es menos de lo que se calcula que gana el crimen organizado en México, unos 600 mil millones de pesos, sí, pero a las ganancias de Walmart se deben sumar las de los otros centros comerciales con operaciones similares para entender el tamaño del pastel que ese sector se lleva.

La apertura de los centros comerciales es una coyuntura cuyo camino desemboca en la realización presencial del proceso electoral. En el Estado de México, la abstención es de 44 por ciento en términos generales y en tiempos de normalidad, lo cual indica que si las campañas no salen a la calle, la participación ciudadana bajará todavía más. Estas cosas que tiene que ver con enfermedades se han resuelto en México con decretos presidenciales, como el que desterró en la administración de Calderón a la tuberculosis. Desterrada de facto y nombre, los muertos por esa enfermedad de todas formas siguen ahí. Si la infección del coronavirus no se contiene a partir de ahora de manera más adecuada y las elecciones se atraviesan, pasará lo mismo. Salir a votar en semáforo amarillo o de plano en verde es muy tentador, pero los muertos no dejarán mentir.

O quién sabe, porque en este país los muertos también votan.  

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