Miguel Alvarado/ Marco A. Rodríguez

Toluca, México; 25 de enero de 2021.

El contagio de coronavirus -es leve, hasta ahora, dicen sus médicos- del presidente de México, Andrés Manuel López Obrador no se puede comparar con la infección que han cursado los mexicanos de a pie, los de la calle. Y eso marca una distancia abismal porque incluso quienes han sido atendidos en los centros públicos de salud, como los marinos y los soldados, salieron endeudados porque las medicinas no son baratas, porque lo concentradores cuestan hasta 90 mil pesos y porque los tanques de oxígeno se revenden hasta en 15 mil pesos. Eso, cuando se encuentran. Así que sí, sí hay una diferencia significativa entre quienes, como parte del pueblo, se contagian, y quienes gobiernan a ese pueblo amigo, sabio, sufrido y aguantador.

II

A la salida del Starbucks Coffe, ubicado en Venustiano Carranza, a unos metros de la calle de Andrés Quintana Roo en Toluca, una mujer se derrumba llorando después de recibir una llamada telefónica. Entonces alguien se acerca para abrazarla y sostenerla y algo le dice al oído que nadie escucha pero que a ella se le resbala por la ropa, enredándose en el pants rosa y los zapatos que se puso para salir. Entonces él la besa y con ese beso la convence, con ese contacto que parece de hielo a esta hora, con este clima, de que la vida seguirá a pesar de todo.

Y aunque se trata de una caricia, tiene también la fuerza de una pedrada porque significa, como les dijo el ex presidente Enrique Peña Nieto a los padres de los 43 normalistas desaparecidos de Ayotzinapa, que ya lo supere, que comience ahora porque si no, las cosas se alargan y a veces no tienen fin. El coronavirus ha desbaratado familias enteras pero también ha unido lo que estaba roto, las distancias se han salvado y se ha visto que lo que a veces separa no significa nada, no tiene la fuerza de nada, no es nada porque no era nada y sigue siendo nada.

Y por eso estamos aquí, para atestiguar cosas y sobrevivirlas en el mejor de los casos.

En el Starbucks la mujer acepta el beso pero ya ha llorado por 10 minutos. Ahora que no hay nadie, que solamente observan los que hacen fila para entrar a una sucursal de Banorte que está al lado, se dejan caer en los brazos del otro y entonces regresan a su mesa, en la zona de terrazas. Ella se ha arrancado el cubrebocas y por fin puede decirle a su compañero que por qué, que por qué, que por qué. Entonces algunos de los que los ven se persignan, se voltean y dedican mejor su atención a los celulares. “Todos en mi familia están enfermos”, dice una mujer a quien platica con ella. De todas maneras hay tres filas para entrar al banco. Unos se aguantan pero otros mejor se van. “Nosotros ya tenemos aquí tres horas. Cerraron la sucursal de Tollocan y Vicente Guerrero y nomás dijeron que el cierre había sido por medidas sanitarias”, cuenta otra mujer a media fila, que está casi al fin del mundo. Una vez más, porque ya habían pasado antes, policías municipales en moto se estacionan a la entrada.


Uno se para junto a las Harley y el otro, desde el camellón de Carranza, toma fotos con el celular. Parece que estuvieran vigilando, pero no. Que estuvieran pendientes, pero no.

Tres minutos después, se van como llegaron: sin decir nada, sin haber hecho nada, patrullando nada más.

La mujer que lloraba ya se ha ido y con ella se va una parte de este día, de las calles enfermas que quién sabe cómo se han apoderado de la ciudad.

III

Un estruendo ensordece de pronto a los andantes y el miedo los paraliza. Las calles se vacían así como el cartucho de armas de alto calibre. Son tiempos de guerra. Pasan días rojos, aires ferrosos y fríos violentos. Aún dolido pero con obstinada ambición de venganza sale un hombre de aquel hospital y pide reunirse con los demás. Se sabe líder e intocable. Su boca no pronuncia ninguna palabra ni realiza movimiento alguno pero los presentes entienden el mensaje. De manera alterna el reportero se despide de quienes ama. Pasan días rojos, aires ferrosos y fríos violentos. Un nuevo estallido irrumpe de pronto, el concreto ardiente de las calles se tapiza entonces con casquillos de armas de alto calibre y nuevos relatos se adhieren a la sangre que colorea las superficies de aquella selva. El reportero alista sus armas: toma un cuaderno con la diestra y una pluma con la izquierda, y para entonces, colgando de su cuello va también una cámara réflex. Es compacta como el cuerpo de aquel otro que cae sobre la banqueta. A su cabeza la sombrea un árbol frondoso y bello. El ruido ensordece nuevamente a los andantes y el miedo los paraliza: es el inicio de una lucha salvaje.

IV

A las nueve de la mañana en el centro de Toluca los comercios están cerrados. Sólo abrirán los que el gobierno dice que son esenciales, y que se supone venden comida o se dedican a la banca. A las nueve de la mañana el centro de Toluca es una cosa gris sin forma que apenas despierta. Con infección o sin ella el centro no abre temprano porque nadie se levanta con el frío. Hay que dejar que caliente primero y después se verá. Pero ahora las calles huelen a infección y aunque no se ve el coronavirus, su paso por aquí deja una huella indeleble y es esta: mientras Carlos Slim cursa su enfermedad, algunas tiendas que venden sus productos han cerrado y sobre las cortinas metálicas se han puesto las cartulinas fosforescentes donde viene un número, un grupo de Whats App, una dirección electrónica, algo que indica que ya no es lo que era antes.

-Nada más nos hicieron venir en balde- dice un joven demasiado alto y muy delgado parado afuera de una tiendita de Movistar, que abre a pesar de todo y que a la entrada pone en las manos negras, morenas o blancas de los que van unas gotas del gel que no ha evitado las 150 mil muertes en México, pero al que uno se aferra porque eso y el cubrebocas es lo único que hay a la mano para los de la calle, los que no somos presidentes ni tenemos entradas para pagar sanatorios particulares cuando en los públicos no hay lugar. Los 509 pesos del plan más caro de Movistar apenas inquietan cuando uno se entera de lo que cuesta la muerte a todo lujo: Centro Médico de Toluca: 120 mil pesos como depósito para ingreso, además de honorarios de médicos y medicamentos. Sanatorio Florencia: 100 mil pesos al ingresar. Hospital Ángeles: entre 15 y 20 mil pesos diarios más 18 mil pesos diarios por pago de honorarios a médicos. Hospital ABC, en la ciudad de México: medio millón de pesos de depósito. Médica Sur, en la ciudad de México: 450 mil pesos para recibir al paciente. Bite Médica Santa Fe: Un millón de pesos.

Entonces sí hay diferencias cuando enferma el presidente o un empresario. Porque cuando enfermamos nosotros no hay nada, nunca hay nada.

Pero si Movistar y Telmex han abierto, hay otras tiendas que no lo harán más. Se trata de negocios locales, incapacitados para responder a los estragos de la infección. En la calle de Bravo hay 15 locales en cuyas puertas cuelgan los letreros del se renta, del se vende, del nos cambiamos, del cerrado hasta nuevo aviso. Y apenas se han recorrido tres cuadras. En un estacionamiento advierten que cerrarán a las 5 de la tarde. Ahora sí, los que van caminando usan cubrebocas. Toluca, para el 24 de enero, registraba mil 454 muertes por coronavirus. Ese era un número que el alcalde de la ciudad, Juan Rodolfo Sánchez Gómez, preveía que se alcanzaría hasta marzo. Pero no. El número de contagios esa misma fecha, según datos del gobierno del Estado de México, era de 12 mil 490.

-Hay que multiplicar por siete, hay que multiplicar por siete- dicen funcionarios del ayuntamiento mirando por la ventana las calles enfermas de la ciudad.

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