Carlos Eduardo Millán Bernal

Ciudad de México; 20 de enero de 2021.

Hasta hace menos de 100 años la comunidad médica en los países «más avanzados» del mundo avalaba la visión de las razas no blancas como inferiores intelectual y/o moralmente, con fundamentos fisiológicos que habían sido estudiados «de manera científica» (por supuesto, había médicos que se oponían a esta visión, pero su voz era minoría).

Hace apenas 60 años, el sugerir que la mujer podía disfrutar de una sexualidad plena sin necesitar de la intervención de un hombre, les costó a William Masters y Virginia Johnson su empleo en un hospital prestigioso y ser vistos como parias, “indecentes e irresponsables”, por la mayoría de los colegas en su profesión.

Hasta hace 30 años, psicólogos respetados todavía publicaban libros oponiéndose a la desclasificación de la homosexualidad como una enfermedad psiquiátrica diciendo que había evidencias claras del comportamiento patológico de los homosexuales, y “que la ciencia no podía ser decidida por un voto a favor de aceptar a los degenerados” (comparto referencias bibliográficas al final del texto).

Incluso el día de hoy tenemos encuestas de opinión apuntando que la mayor parte de pacientes en el mundo, sin importar su sexo, consideran que es más seguro ser operado por un médico hombre que por una doctora.

La ciencia ha logrado descubrimientos increíbles y muy útiles para el mundo, pero quien considere que es una forma completamente objetiva de conocimiento está siendo víctima de un autoengaño. Las teorías de la medicina siempre están limitadas por sus condiciones de observación, sus prejuicios históricos y morales.

Por fortuna los prejuicios raciales y de género han disminuido de forma considerable en los años recientes, pero hay dos sesgos históricos muy grandes hacia los que todavía se enfrenta la medicina científica sin que se escuchen apenas las voces que los señalan, dos sesgos que han llevado a la mayoría de la comunidad médica a hacer un terrible manejo de nuestra relación con la covid-19.

El primer gran prejuicio al que se enfrenta la medicina es el de creer que preservar la salud equivale a (primariamente) evitar la muerte. Todas las especies animales contamos con un instinto de preservación que se activa ante depredadores u otras amenazas directas en nuestro entorno. Sin embargo, los humanos tenemos la capacidad de teorizar y temer la muerte aunque ninguna amenaza inmediata esté de por medio.

Desde pequeños aprendemos a temer la futura muerte de nuestros padres, de nuestros abuelos y en algún momento nuestra propia muerte, todo desde un contexto cultural que muestra al fin de la vida como una experiencia traumática… tan indeseable como digna de buscarse retrasar a toda costa.

Tememos tanto la muerte de un ser querido que este condicionamiento cultural nos lleva a tener una relación problemática con la vida, pues queremos evitar de ella la única parte con la que podamos contar por seguro. Una parte que no tendría por qué ser violenta ni traumática si la recibiéramos con la apertura con la que consideramos el final de otros ciclos o actividades en la vida, quizá con cierta nostalgia, pero sin renunciar a la sensación de felicidad y gratitud por la experiencia humana vivida.

Aunque el enfoque de la sociedad y de la medicina podría centrarse en mejorar nuestra experiencia de vida, elegimos concentrarnos en una guerra conceptual y permanente contra la muerte, una guerra en la que no tenemos ninguna posibilidad de ganar, y que en un principio no tendría por qué considerarse siquiera necesaria. Por otra parte, ¿de qué nos sirve vivir hasta los 80 o 90 años, si pasamos la mayor parte de ellos en medio de angustia o ansiedad por sentirnos desconectados de la vida, sufriendo malestares físicos y emocionales que hoy se consideran enfermedades normales (que no requieren atención seria al no ser letales)?

Mientras la ciencia ponga su empeño principal en intentar alargar los años de vida en lugar de acercarnos herramientas para disfrutar más de los años que tenemos, la medicina estará rodeada siempre de un aura de temor, frustración y desencanto. Y es que la ciencia, tal como está articulada ahora, conserva un sesgo y un resentimiento profundos, ya no contra un genotipo racial o una identidad cultural, sino contra una parte de nuestra misma naturaleza.

El otro prejuicio generalizado entre la comunidad científica es el de que los seres humanos somos más vulnerables que cualquier otra especie al concepto de epidemia, y que ciertos microorganismos son peligrosos para todos los humanos sin importar el entorno biológico interno y externo que tengamos.

En el caso de otros animales, las epidemias que causan desequilibrios graves en un grupo poblacional se enmarcan a un ecosistema determinado: las condiciones de clima, la alimentación y el acceso al agua, la relación con otras especies de flora y fauna. Todo se toma en cuenta al identificar los factores que pusieron en riesgo la salud de individuos dentro de una zona geográfica específica, con circunstancias ambientales igualmente delimitadas.

Sin embargo, la medicina científica ha considerado desde su origen hace siglos que para los humanos las circunstancias del entorno son secundarias, puesto que es indiscutible la presencia de bacterias y virus cuya función biológica es específicamente compatible con diezmar la población humana de todo el planeta, sin importar las condiciones ambientales, de salud y nutrición en que nos encontramos individualmente las miles de millones de personas en la tierra.

Hay voces en la comunidad médica que piden una actualización del concepto de virus y bacterias, pero son todavía muy poco escuchadas. Las nuevas investigaciones muestran que los microorganismos que antes considerábamos el origen de enfermedades e invasores para nuestro cuerpo, no son en realidad formas de vida separadas cuya función es vivir a costa nuestra o atacar nuestros órganos: son en realidad un tejido de células vivas que cubren todo el planeta, comparten información genética, cumplen funciones benéficas al interior y exterior de todas las especies vegetales y animales, y hacen posible el equilibrio constante de todas las formas de vida desde que la primera bacteria apareció en nuestro mundo.

El miedo a las bacterias y virus sólo se fundamenta en un contexto histórico muy específico: el de una Europa hacia el comienzo de la medicina científica, donde los humanos sometían su organismo a condiciones extremas de hambre y de frío. Era su debilitamiento interno, sumado a un estilo de vida en espacios encerrados, en los que se concentraban niveles antinaturales de material biológico en descomposición, lo que desequilibraba el entorno bacteriológico y celular de una persona y creaba enfermedades; es decir, no eran bacterias externas a la biología humana las que nos causaran problemas.

Todas las bacterias que podamos imaginar han estado siempre presentes en una medida u otra en nuestro cuerpo, sin que esto afecte nuestra salud. La salmonella, la tuberculosis, la escherichia coli, todas son parte del microbioma interno y externo de nuestro cuerpo y permiten un estado de salud en equilibrio; es sólo cuando un desbalance en nuestro organismo y nuestro entorno causa un crecimiento atípico en cuanto al número o la ubicación de estas bacterias, cuando llegamos a experimentar complicaciones de salud.

Lo mismo pasa con los virus, que no son otra cosa que material genético envuelto en proteínas, usadas por nuestras células (y las bacterias que las rodean) para un intercambio continuo de información. En este momento, dentro de nuestro cuerpo, hay material genético de rotavirus, influenza, coronavirus, herpes, poliovirus y sí, incluso VIH y otros retrovirus.

La mayor parte del material genético de los virus se integra sin problemas a nuestras células en pocos días sin causarnos ningún malestar, porque su función es reforzar nuestro balance biológico, no destruirlo. Sólo cuando nuestro cuerpo presenta algún desequilibrio previo a la llegada del virus, la decodificación de su información genética puede causar inflamación celular localizada, que no es amenazadora por sí misma, pero que en personas con un nivel muy precario de salud, puede abrir la puerta a un desbalance bacteriológico grave y/o el fallo de ciertos órganos por agotamiento crónico.

Pero la voz de los investigadores que señalan esta perspectiva más amplia de virus y bacterias, basándose no sólo en un puñado de “microbios” que se han identificado como asociados a enfermedades, sino tomando en perspectiva los trillones de microorganismos y virus con los que nuestro cuerpo convive diariamente sin ningún riesgo, se pierde entre el grueso de la comunidad científica.

Casi todos los médicos, sin estar conscientes de ello, perpetuan el mito teológico de que somos una forma de vida especial, separada de las demás especies y por tanto amenazada por los mecanismos de la naturaleza que al resto de los animales les resultan benéficos.

La noción de plaga existe desde las primeras civilizaciones urbanas en Mesopotamia y Egipto, cuando el ser humano descubrió la experiencia de vivir en condiciones de escasez, bruscamente separado de la continuidad biológica que aporta un entorno natural.

En esas condiciones atípicas, un desequilibrio en la salud es fácilmente reproducible entre individuos que comparten un entorno biológico similar. Y aunque la explicación de la enfermedad colectiva se interpretaba como un castigo divino de dimensiones apocalípticas, las epidemias en realidad no representan una letalidad sobrenatural e incontrolable: esa percepción que está basada sólo en el miedo y el fatalismo.


Durante la Peste Negra, por ejemplo, la epidemia de más aciago recuerdo en Europa, la mortalidad se incrementó en un 50%, promedio, durante tres años seguidos.

Como punto de contraste, para alcanzar la triste y casi completa extinción de los más de 60 millones de bisontes que vivían en Estados Unidos a finales de 1700, se necesitó de un incremento del 700% sobre la mortalidad usual del bisonte… durante 80 años seguidos de caza masiva y devastación de su territorio.

A pesar de su muy comprensible miedo ante una enfermedad desconocida, cuya rápida transmisión se adjudicaba al fin de los tiempos o un castigo divino, lo cierto es que la sociedad medieval europea nunca estuvo en un riesgo real de desaparecer. Lo que es más: el incremento en su tasa de mortalidad durante la epidemia palidece frente al hecho de que en un año estándar la tasa de muertes rebasaba los 200 fallecimientos por cada mil personas vivas (para darte una idea de cuánto era eso, imagina cómo sería si trabajaras en una oficina de diez personas y al cabo de 5 años, hasta ocho de tus compañeros hubieran muerto sin que esto se considerara inusual). En otras palabras, aun en un período sin enfermedades que se catalogaran como plaga, vivir en la Europa medieval representaba un riesgo constante de muerte para todos sus habitantes.

La otra gran epidemia de la que nos hablan los registros históricos recientes fue la Gripe Española, para la que ya no se postuló directamente una explicación de castigo teológico, pero sí marcó la visión de la medicina contemporánea respecto a las epidemias como una posible forma de apocalipsis microbiológico, que podía desatar la muerte de millones de personas; ya no sólo en regiones geográficas con un clima y una estructura social compartidas, sino en cualquier entorno del orbe en que existan humanos.

El miedo de incontables generaciones hacia una plaga enviada por un Dios inescrutable, mutó en la incipiente sociedad laica a un miedo ante lo salvaje y lo amenazador en la naturaleza. Y este nuevo miedo comparte al menos un rasgo primordial del pensamiento mágico (religioso y fatalista) que nos hacía temer la ira divina: la sensación de no ser dignos, de no estar aceptablemente diseñados para merecer la vida. Como si el habernos alejado de los caminos de Dios o la ética, o el sentirnos desconectados de la infinitud de relaciones biológicas en el planeta, nos llevara a pensar que los humanos somos propensos a morir misteriosa y masivamente en formas que no afectan al resto de las especies conocidas.

A la Gripe Española se le adjudica un aumento en la mortalidad del 25% en los años que van de 1918 a 1921, pero incluso entre los médicos de la época existía el debate de si existía realmente un único virus de influenza causando muertes prematuras alrededor del mundo, o si la tasa anormal de fallecimientos se debía más bien a las consecuencias de debilitamiento físico, emocional y económico que había dejado la guerra más devastadora en mucho tiempo.

Hoy algunos médicos levantan otro tipo de objeciones respecto al conteo de muertes atribuidas a la covid-19, centradas sobre todo en la sobreaplicación de pruebas PCR, y la falta de atención y perspectiva ante otros factores de morbilidad. Pero sus objeciones y las evidencias con que las fundamentan, quedan silenciadas por el prejuicio de la mayoría de los médicos y la sociedad en general para rechazar de inmediato cualquier visión de la salud que no considere a virus y bacterias como causantes externos de enfermedad y muerte.

Por supuesto, no creo infalible la visión de los médicos que estudian a las bacterias y su material viral como una red microbiológica que posibilita la vida la vida alrededor del mundo, en lugar de amenazarla. Pero sí creo que su visión merece ser incluida en el debate actual sobre cómo mejorar las condiciones de salud alrededor del mundo, sobre todo porque se ajusta mejor a las condiciones materiales e históricas en que vivimos: ya no estamos en una Europa marcada por la desnutrición y la falta de medios para asegurar un buen nivel de vida a toda la población, donde una medicina invasiva era necesaria para frenar bruscamente el desequilibrio bacteriológico en el cuerpo de una persona puesto que no había manera de transformar su realidad exterior.

Hoy estamos en el escenario opuesto: tenemos la capacidad de producción y distribución de recursos para asegurar la nutrición y el equilibrio biológico de todas las personas en el planeta. Y tenemos además las herramientas tecnológicas para que esta circulación de recursos empiece a hacerse de manera sustentable para el largo plazo, buscando el bienestar de todos los entornos biológicos del planeta y no sólo los que conciernen a los humanos.

Este escenario evitaría muchísimas más enfermedades que todas las misiones humanitarias para llevar vacunas y medicamentos a los países “menos afortunados”. Y también pondría de manifiesto que con el equilibrio interno suficiente en el organismo de una persona, como sucede ya hoy mismo en casi todos los habitantes de clase media y alta de cualquier país del mundo, no tiene cabida la noción de una epidemia global y devastadora.

Doctores como Zach Bush y Samantha Bailey sugieren que el exceso en mortalidad que ha habido en algunas partes del mundo durante este año no alcanza los números para representar un aumento en la mortalidad global, y aunque en ciudades muy específicas el incremento en número de muertes sí ha sido notable, esto podría no ser responsabilidad del coronavirus ni de una transmisión de enfermedad de persona a persona, sino de la respuesta que los gobiernos y sistemas de salud han tenido ante la covid: ordenando el aislamiento y la medicación agresiva de pacientes de edad avanzada en ciertas regiones de Europa y Estados Unidos, y fomentando el estrés generalizado, el rechazo a buscar atención médica por miedo a un contagio, la práctica invasiva de intubación en pacientes que presentan baja saturación de oxígeno en la sangre (sin que ésta tenga que ver con un malfuncionamiento pulmonar), y la depresión emocional junto a una crisis económica profunda que en poblaciones de bajos recursos en América Latina ha incrementado la mortalidad de forma innecesaria.

No existe un número suficiente de publicaciones en revistas científicas que respalden la visión de los médicos cuya perspectiva comparto: la de que ha sido la respuesta ante el anuncio apocalíptico del virus, y no el virus en sí, la causa raíz de un número atípico de muertes en el último año, y que por esto las muertes se han dado sólo en centros geográficos y sociales muy delimitados (por ejemplo, Inglaterra tiene una de las tasas más elevadas de mortalidad entre los países europeos, pero Gales e Irlanda, hacia donde existe libre tránsito y cuya población comparte entornos ambientales y características demográficas muy parecidas, no tienen un incremento en mortalidad distinto al que se haya observado en años anteriores).

El que estos argumentos no sean admitidos dentro de revistas científicas puede tener dos explicaciones: que existimos historiadores, virólogos, bacteriólogos y médicos que optamos por no seguir las normas reales del conocimiento y nuestra voz merece ser desacreditada por completo, o bien que el conocimiento no debería tener reglas universales porque está limitado por los prejuicios y limitaciones culturales de cada época. Si esta última opción fuera viable, quizá los científicos y editores que regulan las publicaciones científicas no son suprahumanos que han recibido por iluminación del espíritu del progreso una sabiduría atemporal para tomar decisiones sobre la salud, sino personas de carne y hueso con preferencias ideológicas y prejuicios culturales como los tenemos cualquier humano que haya buscado explicarse su relación con el mundo.

Esto significa, por supuesto, que también hay muchas limitaciones en la visión de quienes cuestionamos la importancia del coronavirus para la salud mundial. Pero es el diálogo abierto, sin desacreditaciones tajantes motivadas por filosofías diferentes, sin temas tabú ni dogmas incuestionables, lo que permitió hacer de la ciencia en un inicio uno de los sistemas de pensamiento más incluyentes y complementarios entre las diferentes perspectivas humanas, y que tantas ventajas prácticas nos ha traído en la historia reciente.

Confío en que así seguirá siendo, y que aunque quizá tome un par de décadas, la comunidad científica se abrirá a considerar que la respuesta ante un desequilibrio en la salud no necesita ser aislarnos de ciertos elementos biológicos externos a nosotros, y que varios rasgos de la microbiología nos indican que sólo equilibrando los elementos internos y externos de la experiencia de vida humana podemos cambiar las condiciones posibilitan enfermedades graves y muertes prematuras en zonas de alta pobreza.

Confío, también, en que la fiebre germofóbica que se ha apoderado de mayoría de la sociedad en el último año sea un ejemplo de uno de esos procesos extremistas que anteceden a un cambio ideológico profundo, y que pronto podremos dejar de considerarnos en guerra con el tejido microbiótico que acompaña a todas las formas de vida, así como comenzar a celebrar todas las muertes que no son prematuras, apreciando la experiencia humana completa que conllevan.

De lo contrario, podemos seguir mandando a Haití y a El Congo todas las vacunas y sueros nutricionales que queramos, y tener a Europa en cuarentena los siguientes 30 años para protegerla de la avanzada edad de su población, pero nada impedirá que la vida y la muerte de humanos siga una relación natural con su entorno biológico. Y culpar de ello a virus o bacterias será sólo aferrarnos innecesariamente a un pensamiento fatalista, con prejuicios heredados del pasado.

* [Historiador y persona optimistamente asombrada del mundo]

Referencias Bibliográficas:

University of California Press. “Life In The Middle Ages”. https://content.ucpress.edu/chapters/11633.ch01.pdf

Economic History Review. “Mortality in the Fifteenth History: Some New Evidence”. https://demographic-challenge.com/files/downloads/df64928d609d73239e62b83f92bf3d54/hatcher19.pdf

The Oxford Journal Of Infectious Diseases. “What Really Happened during the 1918 Influenza Pandemic? The Importance of Bacterial Secondary Infections”. https://academic.oup.com/jid/article/196/11/1717/886065

Stanford Daily. “Q&A: Michael Levitt on why there shouldn’t be a lockdown, how he’s been tracking coronavirus”. https://www.stanforddaily.com/2020/08/02/qa-michael-levitt-on-why-there-shouldnt-be-a-lockdown-how-hes-been-tracking-coronavirus/

The Telegraph. “Unicef warns lockdown could kill more than Covid-19 as model predicts 1.2 million child deaths”. https://www.telegraph.co.uk/global-health/science-and-disease/unicef-warns-lockdown-could-kill-covid-19-model-predicts-12/

EuroMOMO. “Official European Mortality Scores by Country”. https://euromomo.eu/graphs-and-maps#z-scores-by-country

Dr. Sam Bailey. “Excess Mortality – What You Aren’t Being Told”. https://www.youtube.com/watch?v=bw5ldWr9QD0

Zach Bush MD. “Knowledge: The Virome”. https://www.youtube.com/watch?v=TEb33U0hHxM

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