Stella Cuéllar

Toluca, México; 17 de enero de 2021.

¿Cómo vivimos hoy? ¿Cómo percibo mi vida y la de quienes me rodean?, son preguntas que estos tiempos pandémicos me obligan a plantearme. Dice Michel E. Montaigne, y yo coincido: “Mi vida ha estado llena de terribles desgracias, la mayoría de las cuales nunca sucedieron”, porque las más de las veces las he supuesto, imaginado o dado por ciertas.

En mi familia nadie sufre la desaparición de un hijo, tampoco tenemos en nuestro círculo más cercano una muerte injusta que lamentar. No estamos presos ni lo están tampoco nuestros hijos. No buscamos justicia para nuestros seres más cercanos y entrañables, ni nos agobia encontrar respuesta ante alguna situación desastrosa. En cambio, sí tenemos salud, unión, e incluso la inmensa dicha de poder acompañarnos cuando alguno lo necesita, aunque no sea de manera presencial. Tenemos las herramientas para hacerlos saber y hacerlos sentir que ahí estamos.

En los últimos tiempos, y casi por circunstancias obvias, se ha vuelto muy recurrente escuchar que toda mala experiencia podemos, o más precisamente, debemos intentar vivirla como una oportunidad de aprendizaje. Pero esto las más de las veces es muy complicado. Muchos son los que hoy se preguntan dónde está Dios en estos momentos. ¿Por qué están sucediendo cosas como las que se viven en nuestro país día a día? ¿Por qué sufren de coronavirus los que más amo y no otros que pareciera que lo andan buscando? Yo creo que Dios está en nosotros y también a nuestro lado, al interior de cada uno de los que nos rodean, de quienes nos aman y también de quienes no nos conocen y jamás hemos visto, ni saben de nuestros pesares. Está ahí, presente cuando nos apoyamos unos a otros en nuestros múltiples intentos por sortear las dificultades o penas; cuando alguien se acerca y nos brinda consuelo, o nos abraza, cuando alguien hace algo que nos renueva la esperanza que parece desvanecerse o se nos fuga como agua entre los dedos.

La teóloga Karen Amstrong dice que todo lenguaje sobre Dios suele vacilar ante dificultades imposibles de resolver, o en extremo difíciles. Y no hay duda que estamos viviendo tiempos así.

Los cristianos, en apariencia, nos hemos mostrado muy positivos hacia el lenguaje, pero al mismo tiempo hemos negado su capacidad para expresar la realidad trascendente. El Dios de los judíos, de los cristianos y de los musulmanes es un Dios de la palabra, un Dios que habla. Su palabra es central en las tres religiones. De hecho, en Juan 1:1-3 leemos:


En el principio ya existía el Verbo,

y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios.

Él estaba con Dios en el principio.

Por medio de él todas las cosas fueron creadas;

sin él, nada de lo creado llegó a existir.

Porque así de fuerte es la palabra, al grado que ha configurado la historia de nuestra cultura. Hoy, ante los embates constantes del coronavirus o de la violencia rampante, no sólo en la sociedad, en la calle, sino incluso al interior de nuestras familias y, más grave aún, en la soledad de nosotros mismos, nos enfrentamos ante la disyuntiva de decidir si la palabra ‘Dios’ aún tiene algún significado para nosotros. Para mí, sin lugar a dudas, sí la tiene, y su sentido es fundamental.

El aislamiento que estamos viviendo, las dificultades que nos ha impuesto el coronavirus que se suman a los retos que nos impone nuestro politizado país, nos ofrecen un magnífico contexto para hablar de fundamentalismos, porque al parecer es una actitud que nos está invadiendo, ya que el término lo podemos aplicar bien a “todo movimiento social –que incluye al ámbito familiar, al religioso y al político, que pretenda esgrimir una verdad definitiva, consumada y absoluta, como si fuera una elección divina y, en consecuencia, considerar nula la opinión de los demás. Imponer esta visión es, entonces, casi sinónimo de ‘totalitarismo’”, y en ese totalitarismo, de algún modo, en mi opinión, hemos caído todos, en mayor o menor medida.

Este fundamentalismo o integrismo, como también algunos lo llaman, hace referencia de manera directa a las creencias de una persona o de un grupo de personas, y al proceso mediante el cual las formas de practicar o vivir estas creencias se corrompen y terminan por convertirse en una amenaza para la propia persona que lo vive y/o para quienes la rodean. Es una actitud que nace de interpretar puntualmente las creencias individuales o grupales, y llevar nuestras acciones al límite de estos dichos, lo cual desemboca en la dificultad, más o menos pronunciada, para el respeto, el diálogo y la comunicación.

La historia de la humanidad nos da cuenta de que la comunicación interpersonal es un tema que no termina de resolverse, en gran parte porque los seres humanos parecemos tener la inminente necesidad de tener siempre y por siempre la razón. Y en ese sentido somos fundamentalistas. Este creer tener la razón lo hemos llevado a sobrepasar todas las opiniones de quienes nos rodean.

Hoy tendríamos que hacer un esfuerzo para retomar, reajustar o a recrear una nueva conciencia que nos permita ser mejores personas y colaborar con un granito de arena para hacer de este un mundo mejor. Finalmente, de grano en arena en grano de arena se forma la playa.

Para lograrlo propongo que nos sacudamos nuestros modelos mentales fijos, esos que nos han acompañado desde siempre o desde hace años, y han dirigido casi todo acto en nuestras vidas, ya que con base en ellos hemos condicionado toda nuestra forma de ver el mundo, toda.

Quienes sí saben, dicen que no vemos el mundo como es, sino más bien como somos, y estamos tan sujetos a la certeza, que hemos olvidado lo que sabiamente dice Ekhart Tolle:


«Cuando uno cae en la trampa de la certeza, asume que la realidad tiene que ser de la manera en que uno ve las cosas y, por lo tanto, que todo el mundo debe verlas de la misma forma. Si alguien no está de acuerdo con las percepciones, opiniones, sentimientos y acciones de uno, forzosamente debe estar equivocado, ser ignorante o un tonto. La certeza no da espacio para modelos mentales alternativos, e impide reconocer que la experiencia personal no es la realidad incondicional».

Suele pasar que nos sentimos más seguros y firmes cuando aseguramos tener la razón mientras hacemos referencia a lo mal o equivocado que están no sólo los otros, sino incluso el clima, el tráfico, o lo que hacen los demás o cómo actúan, y este tipo de comportamientos son los que debemos frenar ya. Ponerles un alto, primero, al interior de nuestros pensamientos y luego afuera, en el mundo, en ese mundo que comienza en la casa, en la familia.

Lo difícil es que diagnosticarnos o identificarnos como fundamentalistas no es tarea fácil, de hecho es casi una tarea imposible de realizar, porque como lo asegura la psicoterapia Gestalt: estamos tan metidos en el problema que no logramos ver lo obvio. En otras palabras, nos resulta muy difícil aceptar que somos un tanto fundamentalistas, un tanto intolerantes, un tanto irrespetuosos con nosotros mismos y con los demás, un tanto egoístas, un tanto egocéntricos, un tanto desamorados y un tanto poco solidarios.

Quiero aprovechar estos tiempos difíciles, que nos llevan a la introspección para proponer que intentemos un renacimiento personal. Empecemos por cerrar los ojos e imaginemos a un bebé recién nacido. Notemos que duerme tranquilo, que respira de forma suave y profunda. No le vemos ningún tipo de tensión. Este bebé que imaginamos fuimos todos, y aún hay algo de él que pervive en cada uno. Este pequeño que fuimos y del que algo aún queda no muestra ninguno de los mecanismos con los que solemos defendernos cuando llegamos a ser jóvenes o adultos.

Abramos los ojos, pero no perdamos esa sensación de paz que la experiencia nos dejó. México, como el mundo entero, es un país que está en duelo; es un país que padece hambre, en el que no hay justicia y en el que la corrupción y el delito se han convertido en moneda de cambio. México es un país en el que día a día se asesina a mujeres, se encarcela a jóvenes, se fabrican culpables y se exonera a chacales.

En un mundo que parece ensombrece, no podemos darnos el gusto de hacernos de la vista gorda cuando sabemos que son tantos los que no tienen trabajo o les escasea; o pasan dificultades de dinero, de ánimo o de salud. No podemos seguir sin ver a los muchos que batallan entre trámites burocráticos para obtener justicia, aunque sea mínima; no debemos seguir alimentándonos de rencores o de resentimientos, instigando rencillas. No, no podemos aspirar salir de la situación que el virus nos ha impuesto, sumidos en estas circunstancias.

Para poder detener o abonar en la solución de la desgracia nacional, quienes somos privilegiados debemos reconocernos como tales y agradecer por eso, y ser muy solidarios y empáticos con quienes no lo son.

Debemos mostrar una solidaridad que se traduzca en acción, reflexión y toma de conciencia. Sí alegrarnos porque los abuelos, tíos, primos y amigos de alguien, sea quien sea, ganaron la batalla contra el coronavirus y siguen con vida; alegrémonos por todos los que se encuentran sanos, vigorosos y combativos; llenémonos de dicha por los muchos que han cumplido años y han podido celebrar partiendo incluso un pastel; o por aquellos que aún en línea siguen estudiando, se han recibido o han sido ascendidos o contratados en empleos satisfactorios, pero no nos olvidemos de los muchos mexicanos que no tienen qué llevarse a la boca, ni nada que festejar; de los miles que no tienen la oportunidad de estudiar, ni de trabajar, ni de nada. Celebremos y alegrémonos por el desempeño de muchos, por la pasión con la que viven y ejercen sus profesiones, deseémosles toda la suerte y el éxito posibles, y que se traduzcan en beneficios colectivos.

Exijámosles a nuestras autoridades que se desempeñen con responsabilidad, porque de ello depende el bienestar de todos. Celebremos el crecimiento espiritual profundo de tantos, y más aún de quienes lo comparten con quienes necesitan consuelo y abrazo. Celebremos la cultura, el arte, la ciencia, y todo aquello que haga crecer a nuestro país. Asumamos un compromiso social, que sea inquebrantable, y avergoncémonos si hemos permanecido indiferentes ante la desgracia de muchos padres que buscan a sus hijos, o justicia para ellos; o de muchos hijos que han perdido a sus padres en este México sangriento.

Celebremos lo que nos haga felices y más humanos y solidarios, el amor fraternal, la unión de las familia, a pesar de hierros y errores, de pobreza y desencantos; pero no olvidemos a los muchos talentosos y comprometidos que no encuentran trabajo en ningún lado y a quienes se les han cerrado todas las puertas. Celebremos las risas eternas de los mexicanos, pero no olvidemos las lágrimas, también eternas, de quienes lo han perdido todo, hasta la alegría o el motivo de vivir. Celebremos la felicidad y generosidad de tantos; alegrémonos por el éxito y armonía que tengan otros, y abracemos a quienes no los tienen.

Sumémonos a la alegría de quienes, pese a ser tiempos difíciles, han logrado hacerse de una casa, o han podido crecer y estabilizarse, pero compartamos, aunque sea un poco, lo que tenemos con aquellos que están en soledad, que pasan frío, que padecen hambre, que están enfermos, y que están tan cerca de nosotros, tanto, que no los vemos o no los queremos ver.

Celebremos a nuestros vecinos por lo que son, por sus hijos y sus logros, y si ellos no se ven con buenos ojos, ayudémoslos a reconocerse como tales. Celebremos que pese a los muchos que han muerto, nosotros aún nos tenemos y nos amamos.

Los tiempos exigen que seamos más generosos con nosotros mismos y con los prójimos, es decir, con los que tenemos más cerca y que a veces tratamos como verdaderos desconocidos o con inmensa crueldad e indiferencia.

Estos tiempos tan difíciles pueden marcar un nuevo renacer. A esa posibilidad debemos sentirnos convidados.

Hoy, todos los que están en la primera línea de combate nos recuerdan las bellas palabras del poeta Khalil Gibrán: “Damos sólo un poco cuando damos nuestras pertenencias. Cuando realmente damos es cuando nos damos a nosotros mismos”, porque eso es lo que hacen ellos por el bien de todos. No decaigamos, porque, como leemos en Gálatas, 6:9: “Aunque tus pasos sean pequeños, o tu progreso lento, continúa avanzando y pronto alcanzarás la meta”.

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