Miguel Alvarado

Toluca, México; 17 de enero de 2021.

Ahora que muchos están muriendo, la vida ya no puede entenderse sin la presencia de la infección que ha causado 140 mil decesos en México, que aparecen en los conteos oficiales pero que no coinciden con la realidad que experimentan las familias y los enfermos en los hospitales. En Toluca es así y en todo el país también. Es en la calle y los hospitales donde los números de las conferencias oficiales de las mañanas y las tardes no cuadran porque es ahí donde los muertos tienen forma, dejan de ser números, saltan de las curvas amarillas, de las bardas verdes o rojas, de las caras sin careta, del cinismo neoliberal en el que se ha convertido la Federación.

Por eso, la calle.

A las afueras de la Clínica 220 del IMSS, junto a la rampa de Urgencias las familias esperan a que salgan sus muertos. Ya van de negro y ya les lloran, ahí junto a los barrotes verdes resguardados por la esmirriada figura de un policía que hace también de portero. Frente a esa puerta, cruzando la calle, hay un puente vehicular que forma parte del Paseo Tollocan. Entre el espacio de la banqueta y el muro que lo sostiene vive alguien que ha construido su refugio con lo que tiene a la mano, con la basura que recolecta. Es un casa de 3 metros de largo por 50 centímetros. Es un dormitorio al que han dejado en paz, al que han dejado crecer como a la miseria que se desparrama por casi todas las esquinas. No hay otro trabajo para los que limpian vidrios, para los que llevan los plumeros, para los que echan fuego tragándose la gasolina. No hay otro trabajo para el despellejado que se sube a hacer malabares en una llanta, para la payasa embarazada que le da vuelo a las tres pelotas blancas. No hay nada más para el que vende las aguas, la que ofrece los cigarros, el que grita por ayuda porque viene de Centroamérica.

Tampoco hay nada para los deudos de los que fallecen en la Clínica 220, que esperan con la sensación de que todavía no lo han perdido todo, a que los servicios funerarios retiren el cuerpo. Cubiertas las caras con las caretas imposibles, con el cubrebocas a la altura de los ojos y con chamarras negras de plástico, le abren paso entonces a la décima ambulancia del día, que llega si aspavientos para entregar su carga de carne y huesos, de filoso coronavirus en alguna de las puertas internas.

La Clínica 220 del IMSS fue la primera en reportar a un enfermo de coronavirus. No sus directivos sino los empleados, los camilleros y los de intendencia, a quienes en marzo les encargaron preparar las áreas con lo que había a la mano. Pero ese primer caso no fue aceptado y rechazado lo enviaron a su domicilio para tratarse como un resfriado.


Hoy, la Clínica 220 no es la misma.

Los médicos no tienen agua ni papel de baño. Y nadie les garantiza que el día terminará bien para ellos. Invisibles para el resto, estas cosas pasan desapercibidas hasta en las redes sociales, saturadas de otras cosas: que un futbolista se fracturó la cadera, que el Guadalajara se enfrenta al Toluca, que los estadios vacíos como pulsión de la gravedad de la pandemia, que está abierta la temporada de caza para diputaciones y alcaldías, cargos para el cual hasta uno de los voceros de los padres de los 43 alumnos desaparecidos de Ayotzinapa, Felipe de la Cruz, que va por Morena para una diputación local, se ha apuntado.

A las puertas de la Clínica 220 de Toluca los muertos por coronavirus suman 10 diariamente. Su conteo aparecerá algún día reflejado en la estadística mañosa de quienes se encargan de contar los números que vomita el coronavirus, una radiografía maquillada de un país enfermo que quién sabe cómo arranca la vida de la muerte. Por eso, a las puertas de la clínica llegan, en promedio, tres ambulancias cada hora y el doctor Alejandro Torres, adscrito al servicio de Urgencias, lanza detrás de su cubrebocas las advertencias del cuídense, del no salgan, del se están muriendo, del a veces ya non podemos más.

La carroza fúnebre por fin sale con el cuerpo que esperan los deudos, a las 11:30 de la mañana. Otro grupo vestido de negro ha comenzado a formarse y estático observa con sus 14 pares de ojos lo que sucede con la carroza. Ese es un trámite que el nuevo grupo tendrá que realizar: que el chofer se baje y abra las puertas del compartimento en donde está el ataúd: que con calma hojee la documentación que llevan unos y otros: que deje a la familia revisar que vayan nombres y firmas, lo cual da tiempo para ir por un cigarro y un chicle al puesto de los periódicos: que por fin esté todo listo y que se avance, ahora sí, por Tollocan hacia el laberinto de coronavirus que ya es la ciudad desde hace meses.

Y esa apenas era la primera carroza del día.

Ahora que muchos están muriendo las puertas de Urgencias de la Clínica 220 en Toluca no representan ninguna esperanza para nadie aunque una parte de las vacunas de Pfizer hayan llegado al nosocomio y se aplicaran hasta donde alcanzaron. Los 10 muertos diarios que durante un mes han sumado 300 y que registran médicos y camilleros porque en los conteos oficiales no se reflejan no han conseguido hacer espacio tampoco para quienes pueden tener alguna oportunidad debido a la falta de insumos y de oxígeno, de personal fresco, de agua, de papel de baño.

Por ahora sólo queda contar todos los días las veinte veces que las puertas se abren para que pasen las carrozas fúnebres, las diez veces que los grupos de deudos se acercan a firmar los papeles que legalizan la muerte de alguien.

Deja un comentario