Ramsés Mercado/ Miguel Alvarado

Toluca, México; 13 de enero de 2021. La sala de vacunación contra el coronavirus en el hospital del Niño es un lugar amplio, ubicado en el sótano del edificio, en la capital del Estado de México. Ahí llegaron las 850 vacunas que ya comenzaron a aplicarse desde hoy: 300 este día, otras 300 mañana y 250 el viernes. El personal de salud que las recibirá está compuesto por médicos, enfermeras, vigilantes y operadores de ambulancias entre otros.

En realidad son pocos, porque esa cantidad representa la mitad de las dosis requeridas. Mejor eso que nada, y entre más pronto, mejor, porque una vez en los termos o hieleras que las portan, las vacunas tienen una vida media de seis horas y deben ser aprovechadas de inmediato. Manipuladas por nueve enfermeras distribuidas en tres mesas, quienes aparecen en la lista de beneficiados, esperan.

Hoy, una protesta de médicos y enfermeras afuera del hospital público Nicolás San Juan, ubicado en el norte de la ciudad, puso en entredicho la priorización de la vacuna. Ahí, dijeron los 10 manifestantes, se eligió vacunar mejor a personal administrativo y de atención en mostrador que a ellos, que desde marzo no han parado. La respuesta que les dieron fue: “si sobran dosis, entonces se las ponemos a ustedes”. Pero si los médicos, que son parte de la primera línea de combate, padecen, los enfermos lo pierden todo, la vida incluido.

Y es que en Toluca el sector público está rebasado. Algunos pacientes han sido trasladados al sur del Estado de México porque apenas ahí hay algunas camas disponibles, no muchas, más bien unas cuantas. Que se reporte 83 por ciento de ocupación en los hospitales del Edoméx significa que los nosocomios ya están rebasados. Lo dice el doctor de la Clínica 220, Alejandro Torres, cuando con una sonrisa que se le derrite por el cansancio, recibe un donativo de agua y papel de baño para los médicos del lugar, de parte de jóvenes organizados en un emprendimiento al que llamaron YoYa… Yo ya doné, quieren decir, y lo dicen mejor poniendo manos a la obra. Pero Torres tampoco pierde el piso y además de señalar las carencias a las que los trabajadores hacen frente, dice, y cuando lo dice, los números oficiales entonces ya no cuadran en el optimismo presidencial, que a veces se desborda hasta lo imposible.

-Aquí en la Clínica 220 mueren entre ocho y diez personas diariamente.

Por eso, la botellita de cristal del tamaño de un dedo pulgar tiene una importancia vital. En ella está la vacuna que, se espera, ayude a detener la pandemia del coronavirus en México, o por lo menos a controlarla después de que se ha desbordado como resultado de todos y cada uno de los yerros de los gobiernos y los ciudadanos. Hoy, el segundo día después de la llegada de un embarque de 439 mil dosis, en Toluca comienza a aplicarse la vacuna elaborada por Pfizer, la cual viene revestida por la maledicencia de los efectos secundarios que en realidad se han presentado en muy pocos casos. A Toluca llegó por la noche una pequeña porción, por lo menos a la Clínica 220 del IMSS y al Hospital del Niño. En la primera, comenzar con la cantidad que sea resulta un alivio dados los niveles de desabasto que enfrenta el nosocomio. En el Hospital del Niño se ha desplegado una operación anti-covid en forma y desde esa experiencia uno puede ir enterándose de qué se tratará cuando las dosis se masifiquen y otros sectores de la población, numerosos y necesitados, se acerquen para atenderse.

Así pues, la ampolleta del tamaño de un pulgar y que contiene un líquido transparente se ha convertido en el objeto más buscado de México. Custodiadas por las fuerzas armadas, las vacunas llegaron ayer a la 22 Zona Militar y de ahí se repartieron en el resto de la entidad. Empacadas en termos rojos parecidos a las hieleras que se usan para enfriar cervezas y refrescos, las botellitas fueron cargadas por médicos protegidos por soldados armados como si se tratara del bien más preciado del país. En realidad lo es, y aunque la aplicación de las dos dosis de la vacuna que se requieren no garantiza repeler el contagio, tenerla aminora hasta la carga psicológica que a estas alturas ya provoca un brote importante de miedo y angustia en gran parte de la población que trabaja en la calle, en contacto con grandes grupos de personas, en las bocas de lobo que ya son los hospitales covid.

Se trata de las vacunas de Pfizer, cuyas primeras dosis se aplicaron en la 22 Zona Militar y en el Hospital del Niño el 24 de diciembre. Ahí se usaron las primeras 50 ampolletas y de entre todos, solamente una persona presentó efectos secundarios. Se trató de un hombre con una abundante sudoración, y que permaneció bajo vigilancia. Por suerte para todos, ese cuadro al que los médicos llaman diaforesis terminó pronto.

El Hospital del Niño ya había sido acondicionado para montar las sesiones de vacunación. Fue rápido y sencillo. Se requieren sillas, tres mesas para poner los termos con las vacunas y un equipo de enfermeras con todo y supervisoras, de los sistemas estatales y federales. Y soldados, dos por lo menos, cuyo membrete de identificación dice que dependen de una Brigada de Vacunación y están ahí como invitados de piedra, sosteniendo sus ametralladoras

Esa enorme sala que en mejores tiempos se ocupa como estacionamiento se ha dividido en tres secciones. A la entrada se encuentra el registro en el que el beneficiario busca su nombre y si está en las listas, puede pasar. Las vacunas ya vienen etiquetadas, ya tienen un número, un destinatario, el cual está inscrito en una base de datos que en realidad se trata de una lista impresa.

Ese es el primer paso. Ya adentro, las cosas son más fáciles porque se han quitado las dudas y sin el temor a no estar, atraviesan el lugar. No se sientan en la primera sección, porque esa está destinada para quienes ya recibieron la dosis y están en el proceso de observación, que consiste apenas en no sentirse mal. No sudar copiosamente, no presentar reacciones alérgicas, no desmayarse ni tener fiebre. Ese periodo de tiempo consume en la vida de uno apenas 20 minutos, menos si quienes monitorean indican que ya se puede abandonar la sala e irse a casa. Irse a casa vacunado en un país con 135 mil 682 muertos por coronavirus parece ser el sueño perdido de casi todos. Irse a casa seguro, sabiendo por lo menos que no será contagiado y no contagiará. Esa es la ilusión, lo que la gente espera pero lo que en realidad sucederá todavía no se escribe. Una vacuna en Fase Tres, es decir, proceso de experimentación, enseñará sobre la marcha lo que debe hacerse y lo que no.

El área de observación, que no tiene ese nombre ni ningún otro, es el más animado.

Ah, sí: las risas a flor de boca.

Ah, sí: el calor de la mañana que esta vez sí calienta.

Ah, sí: revisar el celular el celular y decirle al de al lado algo y carcajearse.

Eso hacen enfermeras, médicos, doctoras, camilleros, trabajadoras sociales, radiólogos, cuerpo de intendencia, de alimentación, de seguridad y adscritos a las ambulancias.
También aplauden y lo hacen ruidosamente porque no solamente les han inyectado el ingenio de Pfizer. El spleen en Toluca para después de la pandemia comienza así, desde la orilla de la euforia. Pero todavía no, todavía falta mucho.

La segunda sección es para los que aguardan antes de pasar a las mesas de vacuna. Apenas ocho personas, como máximo, esperan su tuno en silencio, clavados en la distancia mínima que hay entre ellos y las agujas. Y allí es como llegar a otro país, a la región de la expectativa. Un hombre enfundado en la vestimenta azul de los médicos se permite mirar el celular al mismo tiempo que se mantiene atento por si lo llaman. Delante de él hay otro sentado al borde de su silla verde, del color que algunos creen que es el virus que ahora se intenta desintegrar, y platica con su vecino. Para todos los que están la vida podría cambiar en los próximos días y la carga de incertidumbre ya podrá ser evacuada, por lo menos medida con otro rasero.

La sección final es la de la vacunación. Es ahí donde sucede todo. Una mujer en abrigo amarillo, de ese color que tienen los otoños que no transcurren, recibe indicaciones de una enfermera protegida con careta y cubrebocas. Frente a ellas está el contenedor, que cuenta con un termómetro que checa lo idóneo de los procesos de conservación a los que se someten las dosis.

Quítese el abrigo- le dicen a la mujer. Y entonces la inyectan como si se tratara de cualquier otra vacuna. Estas aplicaciones tienen sus horarios y en este hospital están programadas para comenzar a las 8:30, la hora mágica, que terminará a las tres de la tarde. Más allá será imposible dada la brevedad de la vida de la ampolleta.

Eso será el Hospital del Niño este jueves y viernes.

Hoy no hay camas disponibles ni en los hospitales privados pero aunque las hubiera sería imposible para la mayoría acceder a ellas porque se cobra, paradójicamente, hasta la respiración. Dos datos: el Sanatorio Florencia de Toluca cobra 100 mil pesos de depósito para atender pacientes con covid-19 y el Centro Médico Toluca exige 120 mil. Hace una semana esa cuota era de 100 mil pesos. Se trata del derecho de picaporte, pues, y del lado miserable de la práctica médica en un país como este.

Tranquilos, en los hospitales públicos ya no hay camas disponibles, tampoco insumos y las medicinas escasean en farmacias y hospitales, pero en 58 de ellos ya se aplican 39 mil dosis. Si uno es paciente, si uno no se muere antes, recibirá la vacuna y quizá para entonces ya todo esté bien.

Fotografía: Ramsés Mercado.

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