Miguel Alvarado

Toluca, México; 12 de enero de 2021.

Entre ocho y diez muertos diarios por coronavirus reporta personal médico de la Clínica 220 del IMSS en Toluca, números que no se reflejan en las estadísticas locales y menos en las nacionales. Pero es real y eso se ve en el rostro de los médicos cansados, también en la cara de quienes afuera del área de Urgencias aguardan a que salgan las carrozas con los restos de quienes han muerto ahí. Una tras otras, esos heraldos negros de la muerte se suceden durante todo el día y también por la noche y los dos soldados de la Guardia Nacional que resguardan un acceso de ese hospital, donde los ingresos de enfermos no cesan se revuelven inquietos en sus puestos, desde donde constatan la ausencia y la presencia.

Afuera de la Clínica 220 del IMSS en Toluca la gente espera. Espera, sobre todo, para recibir a alguien cuya fortaleza no fue suficiente para aguantar el embate del coronavirus. Es una tragedia y esperan vestidos ya de negro, con los papeles del traslado en las manos. “Ya para qué”, dice la familia que se para afuera de la entrada de Urgencias, por donde las ambulancias pasan después de que los policías les abran las pesadas rejas verdes, barrotes que ahora son el límite entre lo que vive y lo que muere.

Son siete los familiares que se acercan entre ellos para ponerse de acuerdo porque a lo lejos ya se ve el carro fúnebre, una vagoneta negra que sale de la clínica y después de subir por la rampa se detiene. El conductor baja y revisa que la documentación sea la correcta, que no falte las firmas, las copias, los triplicados, que terminan por imprimirse en la cara de quienes esperan como una doble máscara de angustia. Porque la muerte de un infectado por covid-19 apenas es el principio de una serie de cosas que hay que hacer, y la principal es mantenerse sano. Es la principal, y también la más difícil.

Por eso, que un camión llegue a la Clínica 220 en Toluca, cargado de botellas y garrafones de agua, así como de papel higiénico y toallas desinfectantes, resulta algo muy parecido a un milagro. Se estacionan a un lado de la rampa y un médico y un enfermero los ayudan a subir lo que llevan. Son cinco chicos los que hacen esto y lo hacen porque saben de la necesidad de insumos tan elementales como el agua y el papel que tiene el hospital.


Omar Pichardo ha ideado un esquema de ayuda al que le puso YoYa, un acrónimo que en realidad quiere decir “yo ya hice, yo ya ayudé. Yo ya doné” y cuyas letras adorna su playera negra.

Está sentado en el contenedor del camión y entre él y otras dos jóvenes ya han descargado la mitad de los que llevan. Y es que Omar conoce a algunos trabajadores del hospital, y por eso supo desde septiembre del año pasado del tamaño de las necesidades.

Elizabeth García, su compañera de equipo, dice que solicitaron apoyo a amigos y de buenas a primeras se encontraron con una respuesta del tamaño de las necesidades que buscaban atemperar. El año pasado pudieron llenar una camioneta con agua para la Clínica 220, que alcanzó para otros dos hospitales, el Nicolás San Juan y el López Mateos. Esta vez, las necesidades han reaparecido y los de YoYa también.

– En esta ocasión se sumaron desconocidos que seguían la página en Facebook. De la nada salió el eslogan del “Yo ya doné”. Esto no es una fundación, es un voluntariado. También llevaremos agua para la clínica del ISSSTE en Metepec. A nosotros esta operación nos cuesta únicamente la gasolina, porque incluso el uso de la camioneta son parte de los donativos. Nosotros vivimos en Toluca.

Mientras ella habla, a un lado pasan las ambulancias verdes del IMSS, que avanzan despacio hacia la entraña del hospital. Omar, el creador de YoYA, espera a los médicos y enfermeros que se llevan las donaciones. Ellos ya han metido a la clínica la mitad de la carga y regresan por más.

Entre quienes ayuda a los chicos a descargar se encuentra el doctor, Alejandro Torres, médico adscrito a Urgencias, quien señala que a últimas fechas los donativos de agua que hacían empresas como Pepsi a la clínica pararon y por eso, si la situación era crítica, ahora lo es más. Porque el agua E-Pura que les distribuía la Pepsi hace falta para médicos y pacientes: hace falta, hace falta, hace falta, dice el médico, que no encuentra palabras porque la boca se le reseca para agradecer el donativo de ahora.

– Generalmente nuestras jornadas de trabajo son de entre ocho y doce horas las que estamos aquí sin tomar una sola gota de agua. Por eso agradecemos de corazón, porque somos uno de los institutos que está más abandonado en el país, y del que peor se hablaba antes de la pandemia. Pero ahorita nosotros sostenemos al país. No saben qué dimensiones tiene- señala el médico.

Después narra un poco: entran a trabajar sin comer para integrarse a las áreas que requieren del uso de un traje. Por eso no ingieren nada, para no ir a los baños. El traje de protección debe usarse por espacio de ocho o más horas. A falta de agua para el personal médico, los desmayos por deshidratación son recurrentes y suceden todos los días. Ellos, los médicos, se encargan de comprar sus propios equipos de protección personal y se surten de cubrebocas, uniformes, máscaras, googles y gorros.

– La mayoría de los insumos de este tipo los traemos nosotros -señala el doctor, a quien no le gusta que le llamen héroe, como los califican quienes han sido ayudados por ellos- Somos trabajadores, para ser héroes se necesitan hacer más cosas- sostiene orgulloso de ser solamente lo que es y hacer lo que está haciendo.

Sí, se trata de la etapa más crítica para Toluca, de trabajo, como dice el doctor, que implica a la infección y el personal médico necesita de mucha agua, de mucho papel.

-Es muy fácil decir que todo nos lo dé el gobierno. Orita el gobierno está por los suelos-dice Torres.

Entre todos terminan de acomodar el carro de carga que el hospital les ha prestado, y que se llena hasta el tope. Por fin pueden empujarlo y así lo hacen mientras las puertas hacia el almacén se abren. Aunque es un momento festivo, la realidad no perdona y nos recuerda que la realidad es como es, y será todavía mucho peor porque todavía falta mucho para integrarse de manera adecuada al pandemonio que arrastra a la ciudad hacia a algo muy parecido a la desesperación. Entonces, mientras meten el carro que carga las botellas de agua, los papeles higiénicos y las toallas desinfectantes, dos enfermeros metidos en trajes de bioseguridad levantan un bulto que pasa por ahí cerca, casi inadvertido. Es el cuerpo de un hombre, que acaba de fallecer de coronavirus.

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