Miguel Alvarado

Toluca, México; 4 de enero de 2021.

Apenas iniciado el año, el principal problema para el Estado de México es la violencia, la impunidad en todos los niveles y todas las actividades. Ya hay un feminicidio, el primero de muchos que habrá a lo largo de los meses, lo cual abre de nuevo el frente de reclamos contra la Fiscalía del Estado de México y los cuerpos de seguridad pública que apenas funcionan de manera adecuada, y que rebasaba los lindes de la ética para moverse en espacios de corrupción cada vez más copados por intereses personales y por el crimen organizado. Los feminicidios, así como los asesinatos, las desapariciones, las peleas por las plazas del narco, la corrupción en los cuerpos policiacos y las fuerzas armadas se suman al peligro que representa la pandemia del coronavirus para una población desigual, la mitad de ella miserable, sin acceso a fuentes de ingresos constantes y servicios de salud saturados.

Ayer, el homicidio de un líder de comerciantes en la populosa colonia de Rancho San Juan, en Almoloya de Juárez, mostró la realidad. Después de la ejecución, algunos vecinos quemaron la casa de los responsables, que ardió sin que ninguna autoridad pudiera intervenir. Ese era el segundo caso de asesinato contra un líder comerciantes de aquella región. Por la noche, una manta apareció en las inmediaciones de la colonia, en la que se adjudicaba el asesinato y además anunciaba la presencia de un grupo criminal en la zona. La Nueva Plaza amenazaba a los tianguistas.


“Y bamos por los que faltan”, decía la manta en el idioma de la violencia que se habla en la entidad.

Ese es un ejemplo de la violencia dura, sin espacio para nada. Hay otras cuantas decenas de ejemplos, a cuatro días de iniciado el año, y una de las más sensibles fue el episodio protagonizado por el doctor José Rogel Romero, director del hospital Adolfo López Mateos en Toluca, que gracias a su influencia en el sector Salud pudo vacunarse contra el coronavirus y vacunar a parte de su familia. Fue parte de los 975 vacunados que ese día recibieron la dosis en la 22 Zona Militar de Santa María Rayón, en el valle de Toluca. Llegó y sin formarse -que es lo de menos-, sin estar en las listas de convocados, pudo acceder antes que nadie en la entidad. Después, las denuncias consiguieron por lo menos que se le separara de su cargo en tanto se arma “dictamen” para decidir la suerte del médico, que además de director es dueño de “uno de los tres mejores sanatorios de Toluca”. A Rogel alguien lo bautizó como Lord Vacunas y ese será el estigma que cargue consigo por haberse favorecido con su cargo en una situación de alerta máxima. Su ejemplo el ejemplo de quien se siente un ciudadano con privilegios, que lo ubica como el ciudadano de primera y descalifica a los demás, ha generado otras cosas.

En el hospital López Mateos algunas voces han denunciado una suerte de imperio que el denominado Lord Vacunas ha creado en torno a su poder administrativo. Ya hay denuncias en su contra por amenazas de despido y por crear un cuerpo de “golpeadores” que silencia las voces en desacuerdo que hay en torno a su trabajo. El López Mateos es un hospital público que atiende desde el primer día casos de coronavirus, pero el ejemplo de Rogel es el de los políticos del país. El ejemplo, en un país como este, profundamente feminicida, profundamente asesino, profundamente masacrado, resulta fundamental. Por eso, que el subsecretario federal de Salud, Hugo López-Gatell, se mostrara vacacionando en Oaxaca, dispara un mensaje que ya se lee de dos formas: que tiene derecho a vacacionar después de que ha trabajado tanto, pero al mismo tiempo, que ha roto sus propias indicaciones: no salir de casa, no viajar, no juntarse con la familia, no romper la alerta máxima por ningún motivo.

Para un país que hoy llegará a las 127 mil muertes resulta sensato seguir las indicaciones de quien se encuentra a cargo de la pandemia. Para un país en el que casi todas las familias mexicanas tienen al menos un conocido que ha enfermado y muchas -como la mía, por ejemplo- los mensajes de estos ejemplo resultan una alegoría, la ficción por la que transita un país que ha seguido dando tumbos sin importar quién o quiénes lo administren. A mí también hubiera gustado estar vacunado desde el primer día para después viajar a Oaxaca.

Uno, que asiste al genocidio cotidiano al que se nos somete, no puede hacer nada. 

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