Miguel Alvarado

Toluca, México; 3 de enero de 2021.

Tres hombres viajan en un auto y recorren la calzada de Acoxpa, en el sur de la ciudad de México. Apenas es el primer día del año y por lo menos en el Estado de México ya hay un feminicidio, un incendio monumental en una terminal de camiones y en los siguientes dos días habrá dos policías ejecutados, uno de ellos por una venganza del cártel de la Unión Tepito, que quiso matarlo desde antes, en 2018, porque había participado en la detención de uno de los fundadores y líderes. La ruina que parece el país se concentra en los tres que viajan en ese auto y que a la altura de la plaza Acoxpa se detienen quién sabe para qué. Los dos más jóvenes bajan después de que la unidad se ha estacionado de manera que bloquea dos de los cuatro carriles de la calle. Entonces, ya dijimos, bajan dos de ellos que son largos y delgados, desaliñados como lo son los muy jóvenes en todas las épocas porque en ese estirarse sus cuerpos no pertenecen allá ni aquí.

Algo hacen mientras el tercero, un hombre ya viejo, los espera en el coche. Rojo. Como el sol que ahora despunta sobre los edificios y los árboles. Uno de los jóvenes fantásticamente vuelve entonces al coche y se sube. Parece descompuesto y su cubrebocas apenas le cuelga de los labios, como si se le hubiera pegado gracias a algún tipo de líquido, de pegamento gelatinoso. El sol le da en la cara y por la avenida nadie circula, nadie camina. Pasan los tordos y una nube de ellos oscurece el sur de la ciudad. El sur, una cuadra y media apenas. Todos los semáforos están en verde y a lo lejos se escucha el llanto de un bebé.

Entonces, el joven alto y delgado, que se escurre entre sus propias ropas, vomita, y sus acompañantes lo observan nada más. Una cuadra más adelante, un auto Mach One, que corre a 250 kilómetros por hora y desde cero llega a los 100 en 4.3 segundos, había sido pintado de negro, y la textura resultante era la que sale de una lata de pintura de aerosol. Pero era muy machina y así se veía, áspera como el sonido del motor cuando su tripulante lo encendió. El auto más viril de México arrancó entonces despacio, llegó a la esquina y desapareció con un rugido, uno que enfriaba el día polvoriento y casi amenazante que caía sobre la ciudad de México.

Las cosas en México son así, pero ya no parecen mágicas o surreales, como les pareció a André Breton o a los beatniks viajeros que atravesaron el país provenientes de Estados Unidos para sumarse a lo que ellos decían que era extraordinario aunque fantasmal y que en realidad se trataba de desmadre, del desmadre que podía hacerse todo el día en un país desmadrado por siglos, quebrado y recompuesto una y mil veces por los que estamos aquí.

Otro monstruo. Víctor tenía 16 años cuando fue ejecutado, pero en México los diálogos en busca de algo que se parezca a la justicia se han transformado en llagas caminadas una y otra vez por las víctimas de un Estado genocida. “Nos están matando”, le dicen ahora al presidente Obrador cuando la realidad lo golpea desde las fosas indescriptibles. Un tráiler de la Fiscalía de Jalisco deambuló sin rumbo hace dos años con 157 cadáveres en su caja para después ser abandonado como un ejecutado sin rostro. Esa fosa móvil es la imagen descarnada de este país y de las víctimas vivas que andan muertas por ahí, pues su tragedia es la misma que la de Víctor, que no tuvo tiempo para vomitar ni comprarse un March 1.


Ahora que todos están muriendo, la ciudad de México se parece a la retratada en la película Lost River, la imposible Detroit y sus zonas abandonadas, pero que debido a la misma tragedia que las roza -la desaparición porque sí, porque ya nadie va a esos lugares y se olvidan cuando antes, poco antes, eran disputados por todos- poseen una belleza cruel y afantasmada, cuyo miasma a lo lejos se confunde con una aureola santificada.

La película resulta un hallazgo ahora que nadie sabe a ciencia cierta si podrá salvarse de un contagio primero, y después, ya infectado de coronavirus, de la muerte que parece segura pese a que las estadísticas dicen que es más fácil curarse. Ahora que los síntomas del cuerpo disparan las señales de una alarma que nadie puede identificar si es falsa, no hay tiempo para nada porque es un delito dilapidar los momentos.

Y eso es lo que tiene la película, momentos con niveles de poética visual que van construyendo algo, no necesariamente un relato pero sí una sensación profunda y abisal, tan primitiva como la supervivencia. Lost River anda perdida por ahí, en sitios web casi clandestinos como zoowoman.website -por otro lado una de las videotecas más completas en español que ha dado una lección al mainstream de Netflix, pues aunque no discrimina una sola película, entre las que ofrece, y que ofrece gratis, están las obras maestras de Tarkovsky, el cine de Kurosawa, el Decálogo de Krzysztof Kieślowski que no tienen problemas en habitar el mismo espacio junto a los hermanos Almada y sus pistolas desbocadas, junto a la pérdida neuronal de Enrique Guzmán o al director más malo de todos los tiempos, Jess Franco-. Y anda perdida a pesar de que fue producida y dirigida por el canadiense Ryan Gosling, que pudo estrenarla en 2014 gracias también a la Warner, que le dio distribución y un montón de soporte.

Y es que el también actor ha podido retratar lo que el auto March 1 pintado de negro chapopote transmite en las calles de la Ciudad de México, o el joven que vomita sin más acurrucado en un auto rojo, sobre la avenida Acoxpa: el desvanecimiento de una ciudad y sus habitantes, que sin embargo forman parte sin saber de un paisaje que se torna cada vez más como ellos mismos, como nosotros somos ahora. La película se trata del intento que hacen por escapar quienes han vivido siempre en un sito determinado, de una forma determinada y que han llegado al término, que no da para más a menos que uno cambie también y acepte que nunca volverá a ser lo mismo.

¿Qué será la bicicleta incendiada que pasa junto a Bones, interpretado por el escocés Iain de Caestecker y que le revela de golpe la imposibilidad de huir, aunque se consiga llegar a mil kilómetros de distancia? ¿Cómo irse de una casa que se desmorona, crac, de una familia que se desintegra, crac, crac, de una ciudad que ya los ha expulsado -crac, crac, crac- sin que ellos se dieran cuenta?

Lost River es el relato de una pérdida y de la vida que transcurre sumergida en ella y a su director no le fue nada bien cuando la presentó al público, porque no es fácil entender la poética de la imagen en términos de las narrativas que propone el cine de Netflix o de los casi muertos Cinépolis o Cinemex. Es entendible. Apenas se lidia con los mensajes directos que la vida envía y son suficientes como para, encima, echarse a la tarea de descifrar.  

Pero para otros Lost River carga consigo con un código que no debería tener dificultades para entenderse, porque se trata de la historia universal de nosotros mismos y de quienes nos rodean.

Gosling se ha desarrollado como estrella en la carpa más superficial del omnisciente Hollywood, aunque actuó en el noir post apocalíptico de Blade Runner 2049, mejorando el clásico de Harrison Ford porque lo favorece con un guion mejor armado, plagado de simbolismos al igual que la primera versión pero al alcance incluso de una audiencia poco dilecta. Se nota que lee, que ejercita las ideas, que su lenguaje visual es más que una sucesión de imágenes y que escribe en un nivel en el que la mayoría se atora debido a los balbuceos.

 – Un monstruo te va a comer, papá- dice el niño pelirrojo que aparece en la primera escena y que bien puede ser Gosling cuando tenía esa edad y andaba encontrando algo. Ese monstruo, que emerge sin que nadie lo vea, se parece mucho al que se traga a la Ciudad de México, a la pequeña pero mortal Toluca, ciudades que voltearon a verse las entrañas y encontraron que no tenían, que adentro, en sus cuerpos no había nada. Nada, excepto ellas mismas.

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