Daniela Albarrán

Hace unos días falleció cierto personaje famoso del fútbol.  Inútil decir su nombre, pero tantos homenajes y comentarios que aparecieron en redes sociales, me hizo pensar algo que ya sabía, pero tal vez no lo había externado tan abiertamente:  

El fútbol nos ha hecho mucho daño, a las mujeres y a los hombres. (Si te gusta el fut aquí puedes dejar de leer esto) y explicaré por qué.

Desgraciadamente, vengo de una familia futbolera y todo lo que eso implica,  playeras, juegos los fines de semana. Cerveza. Gritos y demás. Cuando era niña, en un intento de encajar en esa familia hasta fingí que me gustaba; es más, hasta entré a un torneo de fútbol a hacer el oso. Tuve una playera de las chivas, equipo favorito de estas personas. Para mí era muy normal ese ambiente, y también era normal que en un hogar donde había dos niños casi adolescentes y una niña pequeña que quería ver las caricaturas, los adultos le dieran el control a esos niños para ver obviamente el fútbol, porque claro, es más importante ese deporte, que lo que una niña quiere ver.  Fui obligada a jugar fútbol con esos dos varones, y obviamente golpeada con balones innumerables veces. Vi, cómo cuando uno de los dos perdía, golpeaba al otro, y pude ver qué cuando jugábamos cartas, ajedrez o billar, eso no sucedía.

Para las nuevas generaciones de esta familia es impensable que a los varones les guste otro deporte que no sea el futbol; un sobrino quería una patineta otro una bicicleta y recibieron un balón. Pensé que solo era cuestión de mi vida privada. Cuando estaba en la secu todos los niños se iban de pinta para jugar fútbol y después pelearse “de cuates”. Yo pensaba que el fútbol era algo inherente a los hombres que conocía. Hasta que en la prepa conocí al primer hombre que no le gustaba el fútbol. Obviamente me enamoré perdidamente de él, sin embargo, este muchacho también se sentía obligado a jugar fútbol. Lo invitaban a torneos, juegos, reuniones etc. Es más, hasta tenía un guion preparado para cuando sus compañeros de clase le preguntaban a qué equipo le iba. Decía que a los Pumas pero en su vida había visto un partido.

Yo, para qué mentir. Nunca he sido fan del deporte, pero los últimos meses, con mi madre he visto el Exatlon, dónde hay deportistas desde el parkour, natación atletismo, y un largo etcétera, y por supuesto, un futbolista. Él no es un mal jugador, “solo” les pega a las mujeres competidoras, a una le dejo el ojo morado. A otra le gritó ballena gorda y a su esposa le dice “ma”. Es el único competidor que tiene ese comportamiento con sus compañeras, y claro, es futbolista.

No creo que el deporte en sí sea el problema, sino los aficionados del deporte, así como gran parte de los deportistas. El fútbol crea un ambiente violento entre las familias y las parejas. (Desgraciadamente también he tenido parejas con esos gustos), crea un ambiente propicio para que los hombres peleen entre ellos, que en el momento del gol, manden a sus hij_s por las chelas. Y las esposas a servir la botana. Crea un ambiente de competencia sucia porque si no gana tal equipo, la porra del equipo contrario madrea a la porra del ganador. Y como sucedió durante la semana, el deceso de la tal persona opacó el hecho de que fuera el día internacional de la violencia contra la mujer.

Odio abiertamente el fútbol, porque fui socialmente obligada a qué me gustara, porque algunos amigos y parejas han sentido la misma obligación. Y porque aunque lo intente, no puedo pensar que a un hombre que le guste el fútbol no sea una persona al borde de la violencia porque jugar futbol, va de la mano con la hombría, y la masculinidad hegemónica.

Sé que los hombres que gustan del futbol y son machistas y violentos, será muy difícil que dejen de serlo, pero creo que es posible que a las siguientes generaciones les mostremos a los niños que hay otras formas de ser hombres, donde no tienen que meter goles, ni golpear a sus compañeros, ni lastimar a las mujeres, ni ser los más fuertes. Un mundo donde los niños puedan jugar futbol asumiendo que es solo eso: un deporte.

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