León Felipe Cuenca Mejía

Rodrigo se encuentra en su consultorio después de atender al último de sus pacientes. Le avisa a su recepcionista que puede irse. Repasa las notas de su libreta y actualiza los expedientes de las personas que acaba de ver. Del cajón de su escritorio, saca la botella de whisky que ya va por la mitad y un vaso; se sirve y le da un sorbo. No tiene ganas de llegar a casa. Llama a uno de sus colegas para verse en el bar de costumbre y tomar unos tragos.

Al llegar, se sienta en la barra y ordena. Observa a la gente del bar. Su amigo lo sorprende inmerso en sus pensamientos. Ambos intercambian quejas sobre sus pacientes y se aconsejan, entre carcajadas, buscar a un terapeuta. Rodrigo maneja de regreso a su casa y se pregunta si necesita ir a terapia; sabe que sí, aunque le es imposible, puesto que conoce a la mayoría de los psicoterapeutas de la ciudad, y esa misma experiencia le hace identificar cada una de las técnicas que él mismo aplica.

Manejar de noche lo relaja. Las calles están prácticamente vacías después de las once. La vida nocturna en la ciudad no existe, no tiene que lidiar con los demás conductores. Le parece que nadie sabe manejar y le molesta que durante el día todo mundo tiene prisa. Todos creen que su tiempo es más valioso que el del resto; nunca ha entendido esa prisa por llegar a ningún lado. Está seguro de que las personas que más prisa tienen son las que hacen los trabajos más intrascendentes, tienen ansias de llegar a hacer nada útil, piensa.

La mayoría de sus pacientes son oficinistas agobiados, aunque últimamente los considera sólo quejumbrosos. El drama de sus vidas le parece trivial, desesperante, incluso. Al llegar a casa, mientras se queda dormido, sabe que mañana será otro día, otra oportunidad de repetir la misma rutina: asentir con la cabeza mientras se rasca la barbilla, fingir que anota detalles importantes en su libreta y terminar con la misma recomendación de la sesión anterior.

David lleva veinte años trabajando en la policía estatal, nunca ha podido ascender. Después de todo ese tiempo sigue patrullando las calles, pagando cuotas por la patrulla, por el arma y por las balas que nunca usa. Se enlistó porque era el único trabajo que pudo encontrar; no pedían más educación que la prepa y licencia de conducir; el examen y la capacitación eran un chiste. No quería pedir mordidas al principio, deseaba mantenerse honesto, aunque tampoco iba a arriesgar la vida por nadie. Le duró poco la convicción, pues a las dos semanas de patrullar su comandante lo mandó llamar para pedirle “lo suyo”; no tenía nada, le explicó aquello de sus principios. “A mí me valen verga tus chingados principios, cabrón; aquí ya sabes cómo es el jale y no hay chance de no entrarle”, le dijo. Lo subieron a la perrera tres de sus compañeros y el comandante, lo llevaron a dar una vuelta y le pusieron la madriza de su vida. “Te me vas a ir a un piche semáforo toda la semana por pendejo y espero que ahí sí me des resultados o te repetimos la dosis. Tú dices, y, órale, a chingar a su madre”. Lo dejaron en la puerta de su casa en la madrugada con el rostro intacto, pero con las costillas molidas; era lo común, se enteró después. Le daba un chingo de asco andar pidiendo mordida, pero se lo tragaba con tal de no recibir otra madriza como la de aquel día. Ni el tiempo ni la costumbre le han quitado esa sensación cada que detiene a alguien por nada. Le emputa más que la gente se ponga al pedo, si ya saben cómo son las cosas, pero les encanta hacerla más cansada, ¡chingada madre! Tan fácil que es soltar doscientos pesos y seguir su camino, ahorrarle tiempo a él y a ellos mismos. Encima tiene que aguantar el tráfico todos los días y a los nuevos mandos que traen de todos lados en lugar de ascenderlo a él, todo por no querer estudiar, pero cómo se va a meter a la escuela a sus cuarenta años, ya para qué, mejor aguantar otro rato más y jubilarse. Lo que sí mantuvo fue lo de no arriesgar la vida. Cuando le reportan robo, asalto o armas de fuego, apaga la radio, se para en una calle sin mucho tránsito y se duerme. Que lloren en la casa de otro, se dice. Le gusta más patrullar de noche, los borrachos siempre se desprenden del dinero rápido con tal de librarse de él, ni siquiera tiene que esforzarse.

A las tres, Rodrigo decide que no quiere ver más pacientes y le ordena a su secretaria que cancele las citas de la tarde; está harto. Saca el whisky, que ya tiene menos de un cuarto; mete la mano al fondo del cajón para ver si tiene otra botella, se topa con una caja que lleva ahí un año más o menos. Había olvidado que la tenía, pero inmediatamente recuerda que es el revólver, un Smith & Wesson 38 mm., de cuando pensó suicidarse. Los tres meses del trámite para adquirirlo terminaron por disuadirlo, pero lo compró de todas formas. Está cargado, aunque nunca lo usó.

Decide llevarse el revólver y se dirige al bar; lo deja en la caja, debajo de su asiento. Escoge una mesa en la esquina y al fondo para que nadie lo moleste. Ordena más whisky y repasa su libreta de notas, aunque de los últimos días más que notas contiene insultos y caricaturas de las diversas formas en las que asesinaría a sus pacientes. Le da risa la última página, que muestra a un hombre de traje negro y corbata al que la explosión de su computadora le acaba de volar la cabeza. No entiende por qué nunca lo escuchan. Transcurren un par de horas hasta que la mesera se acerca a decirle que no puede servirle más. Molesto, se levanta tambaleándose y sale sin pagar la cuenta. Conduce sin rumbo.

David no ha terminado de juntar la cuota de la semana; ha estado patrullando todo el día sin suerte. En cuanto detiene algún auto el conductor saca el celular y comienza a grabarlo, lo que le impide llevar a cabo la rutina usual. Está hasta la madre, cada uno lo irrita más que el anterior, lo que no ayuda para nada; pierde el control y ese es el peor error, lo sabe. En la noche me desquito, se dice. Después de algunas horas, emplea su recurso más efectivo, apagar las luces de la patrulla. No tarda en ubicar a su próximo blanco: un auto va zigzagueando a 20 km/h, se coloca detrás y enciende la sirena y la torreta. El auto se detiene. Al llegar a la ventana, el conductor está agachado buscando algo debajo de su asiento.

El Smith & Wesson 38 mm. tiene casi ciento veinte años. Cuando lo compró le dijeron que era uno de los revólveres más populares, pero uno de los más inefectivos; que las municiones son escasas; y que las piezas también. Pero a Rogelio le gusta cómo se siente en su mano. Las luces y la sirena de la patrulla lo sorprenden. Le ordenan que se detenga y lo hace. Siente la luz de una linterna tratando de iluminar su rostro. Sus dedos rozan la caja debajo del asiento. Escucha los gritos de un oficial que le ordena que salga del auto; pero él sigue tratando de alcanzar la caja, la pone en sus piernas y la destapa. El oficial continúa gritándole. Rogelio sale del auto, el revólver se siente más ligero de lo normal. La luz de la linterna lo deslumbra. Levanta el brazo y dispara sin ver. Funciona perfecto, piensa.

León Felipe Cuenca Mejía. Es Licenciado en Comunicación por la Universidad Autónoma del Estado de México. Dice que estudió un diplomado en Cinematografía, pero a nadie le consta. Es integrante del taller de narrativa de la revista Grafógrafxs.

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