Miguel Alvarado

Toluca, México; 30 de octubre de 2020. A lo mejor los aparecidos no existen. Es decir, que alguien dejara un pendiente y ya muerto quisiera ser escuchado y por eso volviera. Esta es la historia de un improbable retorno a la vida, truncada de golpe por el mazazo de lo que en efecto se trata la muerte. Es la mínima historia de alguien que regresó para ver si podía ser amado, tomado en cuenta por unas horas.

Se trata de un fantasma que no parecía que lo era.

II

La ciudad se iba quedando atrás y su resplandor era ya del tamaño de una caja de luciérnagas. Yo decía que también era el contorno iluminado de los sueños, rodeados de un vacío colérico e impronunciable, la hemorragia fugada de lo oscuro. El cielo, que así se ve desde la carretera hacia México, tiene la forma de una herida que no supura pero tiembla, demasiado llena de sí misma.

No recuerdo bien si era 1998 o 1997.

En ese entonces vivíamos por la colonia Independencia en Toluca, pero si hubiéramos estado en otro lado de todas maneras habríamos coincidido. Nuestros mundos tarde o temprano se cruzarían y así sucedió. Nos vimos en la calle y nos dimos cuenta que íbamos para el mismo sitio. 

-Yo -me dijo muy serio, como si sus setenta o más años no se le notaran y su olor a reptil, a tierra yerma no se embarrara en uno- yo tuve un accidente donde la mayoría murió quemada porque el camión en el que íbamos explotó en la México-Toluca.

Eso dijo mientras se estiraba, alzaba sus manos secas, arrugadas por el efecto de alguna hoguera. Yo lo miraba cínica, epilépticamente porque en ese entonces mis puntos de vista cavaban pozos de cuyas bocas no salía nada.

– ¿Mmmh?- le dije, observándolo entretenido. Estábamos sentados en la sala de espera de alguien que ya no recuerdo quién era porque esta historia tiene la vejez de un árbol, la ventaja o lo contrario del efecto que hace una piedra arrojada al vacío.

-Sí- me dijo, casi entusiasmado- Veníamos en un Flecha Roja. Éramos como 45 ó 50 pasajeros e incluso me acuerdo de cómo se veía la carretera. Creo que era el mediodía y veníamos de vuelta del Distrito Federal. El camino apenas tenía un carril para los dos sentidos y en Toluca le decían la carretera de la muerte.

No sé por qué por qué vuelvo a acordarme de lo que dijo, de su boca rancia y seca surcada de rayas que la tejían toscamente. De sus ojos que de tanto en tanto reflejaban una luz que nunca supe de dónde vino. Hace tanto que no lo hacía, pero lo hago ahora, a las 15:40 del 31 de octubre de 2020 cuando una campana tañe. El aullido de los perros acompaña el paso del sol. Los patos y las palomas atraviesan las milpas buscando el estanque. Allí se posan cuando lo encuentran, en el agua que los refresca y distorsiona y por eso -no, no por eso- algo a lo lejos parece moverse.

Las hojas de las revistas se movieron en aquella sala en la que estábamos cuando una ráfaga entró y dio vueltas en la mesa, expulsando el agua de los vasos que estaban ahí. Vi las gotas y su salto, el líquido espasmo provocado por ese aire, esa furia visible que era el viento.

Algo en los ojos de aquel hombre me distrajo porque brillaron de golpe. Lo hicieron como inicia un dolor que será para siempre, que uno sabe que no se irá.

-Todavía me acuerdo- dijo entonces- que el camión venía fallando y a la altura de la curva de La Escondida el chofer se detuvo para revisar el motor. Primero se bajó un pasajero que llevaba una cámara Súper 8 y comenzó a filmar a los que iban saliendo para estirar las piernas y ver si podían ayudar. Y todavía me acuerdo que yo iba bajando cuando los gritos de alguien me pararon en seco. Alcancé a ver al de la cámara, que me decía que me apurara, que corriera, pero yo volteé a las ventanillas porque ahora salía una humareda amarilla, que luego se hizo negra como el color de una llanta. Luego vi un fogonazo y una cosa blanca se quedó en mis ojos, que tallé hasta que les saltaron las lágrimas. En eso estaba cuando vino la explosión. Todavía no entiendo cómo no me morí, porque el camión se llenó de fuego y mi cara se calentó de golpe. Sentí que me quemaba y levanté los brazos para protegerme. Y me acuerdo que los que gritaban dejaron de hacerlo. Me hice a un lado y me dije que mi suerte no la había tenido nadie, porque estaba en pie y no me dolían mis quemaduras. Me acuerdo del silencio que se hizo y del zumbido en mis oídos, pero ese ruidito era la cámara del tipo que seguía filmado. Me acuerdo que a mí me filmó mucho tiempo, antes de que el camión en llamas lo distrajera. Yo miraba el fuego. Miraba a los que se estaban quemando.

Después de decirme eso se quedó callado y puso los brazos en su regazo. Así estuvo un momento, mientras la sala donde estábamos se llenaba de gente que parecía no verlo. Entonces, acercándose a mí, dijo:

-¿Quieres ir a donde pasó?

III

Por eso estábamos en la autopista. Pasamos Ocoyoacac y vimos el hoyo profundo que era entonces, la interminable línea de los trenes de carga que bordean el pueblo. El hombre iba sentado junto a mí, mirando la carretera como si la conociera en toda su extensión. De vez en cuando miraba la hora. Las once, las once y diez, las once y cuarto. Eran las once y media cuando llegamos al monumento al Caminero, una mole de acero y roca incrustada en la enorme franja de campo que dividía a las autopistas. Se trata de un hombre montado sobre un mundo hueco formado por aros meridianos y un ecuador. Su cuerpo se contorsiona triunfante sobre eso, porque ha conquistado la ruta. La figura representa a los miles de obreros que construyeron la autopista. Levantaba la pierna izquierda y así parecía la acrobacia de un futbolista que se apresta a lanzarse. En la mano tiene algo, una herramienta que nunca vi lo que era.

Detrás de esa figura había otras tres, colosos que empujaban un engranaje misterioso y ciclópeo. Son los hombres torturados por el trabajo, que al final consiguen el objetivo de concluir algo, pero que no logran dejar de trabajar. A las estatuas creadas por el artista Luis A. Sanguino sólo les faltaba hablar y decir que los únicos que ganaban con esa autopista eran los dueños. Pero en ese momento no importaba. Lo que importaba era que habíamos llegado y ahora el hombre me decía que me pegara a la izquierda.

– Pégate más -dijo, cerrando los ojos como si se enfrentara a algo parecido a un estertor.


Así lo hice y encontré una desviación, un camino, una curva que llevaba a los pies del monumento y que también era el retorno para volver a Toluca. Entonces me pidió que me detuviera.

-Aquí hay un espacio, junto a las estatuas- dijo.

Apaga el motor, dijo.

Apaga las luces.

Vente, te voy a enseñar dónde pasó el accidente.

El frío era filoso y carroñero y congelaba de inmediato. Más que iluminarnos, las luces de los autos nos quebraban, nos daban la apariencia de fantasmas que de pronto se borraban por efecto de algún oculto estrobo.

Prendió un cigarro y yo también tomé uno. Era un Del Prado rancio y deshebrado que por lo menos nos distrajo el frío. Entonces comenzó a caminar y se dirigió hacia la carretera. Se metió por el borde y se detuvo al pie de 44 cruces clavadas en la tierra, fijadas a la roca. Las conté después, una noche que regresé acompañado de un grupo de ebrios escandalosos para confirmar que ese cenotafio existía, que esa marca de la muerte estaba allí y que no me habían engañado.

– Me llamo Fernando Martínez García- me dijo por fin, tocando una de las cruces- y desde el accidente no he podido hablar con mis familiares. Ese día a mí nadie me atendió porque no tenía nada y cuando terminaron de recoger a los muertos y a los heridos se fueron y me dejaron. Me dejaron, hicieron como que no me miraban y por eso tuve que caminar a la ciudad para regresar a mi casa. Pero ya no había nadie y nadie me abrió, y las lámparas nunca volvieron a encenderse. He tocado a la puerta desde entonces pero nadie abre y por las ventanas apenas se ven los muebles que dejaron- dijo, sin dejar de tocar la cruz en la que se había recargado y en la que apenas se veía un nombre, ya desgastado, ya corroído, ya literalmente muerto.

Entonces me pidió que me acercara y echándome el humo me señaló para atrás.

– Vamos acá abajo, por acá quedaron otros y hay que ir a verlos -me dijo. Y lo que me gritó después no lo entendí porque un tráiler pasó a un lado y su aullido nos silenció un momento, lo cual bastó para que Fernando Martínez García diera la vuelta y echara a caminar. Yo me quedé parado, esperando a que se me pasara la sordera que se me había metido. Por eso, porque no caminé con él, pude verlo de lejos y me pareció que con esas luces, a las 12 de la noche, parecía un hombre calcinado, cómo decirlo, los restos de una tea, la definida negrura del carbón. Iba yo a decírselo cuando vi que doblaba hacia un camino que no había visto cuando llegamos, y que se abría paso entre los árboles. Era una bajada como al acecho.

Fernando Martínez se metió por ahí y yo reaccioné cuando ya iba muy adelante. Volteó y me hizo una seña para que lo siguiera, pero continuó caminando. Ya nada más se escuchaban sus pisadas, quebrando uniformes las hojas en el suelo y que al principio, antes de que la oscuridad se lo tragara, levantaban un polvo que le envolvía los pies, como una serpiente blanca y elástica.

Me quedé ahí, viéndolo desaparecer en ese negro camino, en esa boca entreabierta de lobo. Lo vi pasar la frontera de lo oscuro y dejé de escucharlo poco después, cuando el rugido de otro tráiler me sacudió. Fernando Martínez se había diluido en ese poso profundo que era el camino.

Estuve esperándolo más de una hora, pero no volvió. Me di otra vuelta a donde estaban los cenotafios que recordaban a los que habían muerto y me acerqué a la cruz en la que se había recargado. “Fernando Martínez García”, decían las astillas de aquella reliquia.

Yo cómo iba a saber que se trataba de él.

Volví a Toluca a contarle a todos que había descubierto un camino fantasma, que se tragaba a quienes se atrevían a andar por él. Y aunque fuimos varias veces, con alcohol y cigarros suficientes, nadie se atrevió a bajar nunca por ahí. Nadie, excepto una vez, que lo recorrimos a las doce de la noche y vimos cosas que no puedo contar ahora.

Pero la nueva autopista de cuota barrió con las cruces y las memorias mortuorias, de una palada las mandó al diablo y encima de ellas recompuso las curvas, vació chapopote, pintó flechas y rayas, puso arcos innecesarios. El monumento al Caminero sigue ahí, encerrado por el campamento de quienes construyen el tren interurbano y también por los dueños de las tierras a los que nadie quiere pagarles por el daño del tren. Ahí deberían estar las cruces y el camino en el cual se desvaneció la sombra que era Fernando Martínez García. A él y a su olor a sepultura se los tragó la tierra con todo y sus ojos deslumbrados, que me mostraron por un momento la llamarada en la que él y otros 44 pasajeros perdieron la vida, hace 45 años.

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