El cálamo de Cibeles

Me había enterado de su visita a la ciudad, así que no dudé en escribirle. Le dije cuánto lo admiraba y que sería un gran honor que me concediera una entrevista. Para mi sorpresa, no sólo accedió, sino que también me prometió mostrarme su último ensayo inédito, El cálamo de Cibeles, para que le escribiera una reseña. Me explicó que recién lo había terminado, por lo que él era su único lector. Eso me halagó mucho, pues, sin duda, esta exclusiva nota me llevaría a la fama.

Acordamos vernos al mediodía del sábado 16 de octubre. Llegué muy puntual al café de Los Portales, con un ramo de astromelias y un libro de poesía americana para obsequiarle. Dieron las 12:30 y Paz no daba señales. Al llegar las tres de la tarde ya no tuve duda de que me había dejado plantada. Me sentí muy enojada y frustrada. ¿Cómo podía haberse burlado así de mí!

Pero pensé: quizá se ha perdido, quizá se retrasó por el tráfico, quizá está corrigiendo los últimos detalles del ensayo, quizá no encuentra el atuendo adecuado… hasta que dieron las seis de la tarde y con más rabia que incertidumbre me largué. Pero no a casa, decidí buscarlo, en una de esas sí se había perdido y yo como sin nada. 

Caminé alrededor de todo el Zócalo, golpeándome contra la gente, con las flores ya medio aplastadas y el libro… ¡Olvidé el pinche libro en el café! Ni modo, luego regreso por él. Fui a todas las bibliotecas del centro, nada. Entré a las librerías, nada. Le llamé, nada. Le escribí y nada de nada.

¿Dónde estarás viejo embustero? 

Me dieron las doce de la noche y yo ya estaba al borde del delirio, tanto que en cada esquina me parecía verlo con su traje tan limpio, los zapatos lustrados, la corbata en su lugar, su aire de grandeza. Pero ninguno era él.

Pasado un tiempo, me rendí. Ya las calles empezaban a quedarse vacías, así que no tenía sentido continuar.

Caminé a casa, pero antes me dirigí al café donde había olvidado el libro. Un mesero me lo dio de muy mala gana. Lo abrí por automatismo, y cuál fue mi sorpresa al ver en la primera página una frase escrita que decía:

La conversación es un género volátil. Las palabras son aire y se las lleva el aire. Al caer en la cinta magnética, les cortamos las alas. Se vuelven irrevocables.

Octavio Paz.

Liah (Puebla, 1988). Cursa el segundo año de la maestría en Literatura Hispanoamericana en la BUAP. Publicó algunos de sus poemas en el extinto periódico El mollete literario y en el blog El toro de barro; así como minificciones en el Diario de Campeche. Fue antologada en 2017 en un libro de cuentos fantásticos para la Editorial Fondo Blanco. En 2019 obtuvo mención honorífica en el Primer Concurso Estatal Universitario de Haikú “Iliana Godoy”. Tiene un blog y un canal de Youtube, Macabro destino, en los que se encuentran algunos de sus textos. Es integrante de los talleres de poesía y narrativa de la revista grafógrafxs.

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