Miguel Alvarado

Tixtla, Guerrero; 23 de septiembre de 2020.

-¿Quién se quedó con la plaza?- pregunta el que maneja mientras le da al carro para el centro. Ahí con él van cuatro personas y es la una de la tarde, un tiempo casi detenido, como enrollado, se parece a una alfombra que nadie quiere extender. Aunque está uno adentro, Tixtla ni siquiera se ve porque sus calles están como inclinadas, se van hacia las personas que pasan o esperan y las paredes no dan sombra. Por eso nadie se detiene y nadie mira.

Así que se levantan sus caretas, y es que en ellas se imprime el vaho de todo el día, el agua tersa de su saliva trasminada desde su boca y su olor es el olor de las cloacas. Lo que los policías municipales hacen es vigilar las calles de Tixtla durante el día y por la noche se dedican a matar, a cuidar las espaldas de los jefes por otro sueldo. Antes eran policías y sicarios, pero ahora son matones de tiempo completo y todos trabajan para los Rojos. No es la culpa de ellos, o no de todos, porque cuando llegan les dicen lo que tienen que hacer y si están de acuerdo, entonces le entran y se ponen a trabajar.

-Aquí siguen los Rojos- le dicen al que preguntó por la plaza, mientras el coche va pa’l centro porque unos quieren ir a conocer y porque quieren ir a verlo de nuevo. Ya habían estado ahí, cuando Lenin Mondragón comenzaba a buscar a su hermano Julio César. Buscar dónde había estado y con quiénes. Los lugares donde comía, en cuáles bancas del parque público se había sentado, con quiénes había ido, quiénes eran sus amigos y cómo era la normal rural de Ayotzinapa, quiénes eran los dirigentes que lo habían enviado a Iguala a secuestrar camiones y finalmente quiénes lo habían ejecutado y por qué.

A su hermano lo mataron en Iguala el 26 de septiembre de 2014 y desde entonces las cosas son así.

Seis años después, de todas esas preguntas, las más importantes no tienen respuesta todavía y por eso cada vez que puede, Lenin se lanza a Guerrero para ir viendo poco a poco. También ha ido a otros lados, pero Guerrero es el lugar que tiene más respuestas, aunque a veces se le aparezcan como un derrumbe de lodo.

Porque aquí, aunque se ríe y come con apetito, y tiene sed y a veces se avienta una chela, a Lenin Mondragón le duele todo. Todos los pasos que da le duelen y nosotros vemos que le duelen. Es como si a sus piernas le pusieran clavos. Y eso no lo olvidamos, como tampoco olvidamos por qué andamos por acá. Esta es también la tierra de las parcas y de los falsos sobrevivientes, de las cosas que no duran mucho aunque digan que son eternas. Es la tierra de los chaneques y de los fantasmas de la normal, porque quienes han muerto se siguen apareciendo en los pasillos de la escuela. O eso dicen los alumnos que ahora se quedan ahí.

Cuán viva es Ayotzinapa, y qué mala suerte que le haya tocado estar a un ladito de Tixtla.

Entonces el carro se mete por las callecitas de Tixtla y ya todos saben que los halcones-policías los van a radiar, aunque esperan que no los paren. El error es mirar a los ojos a los policías, porque entonces se sienten retados, como si uno fuera más fuerte que ellos y por eso reaccionan más duramente. Pero eso puede que sea en otra parte, aquí no hace falta mirar a nadie a los ojos para que te levanten.

Entonces el Aveo se mete por las callecitas buscando el centro o el mercado que está junto. Ya dijimos que esas calles están llenas de policías, uno o dos en cada esquina, y que llevan sus caretas y se ponen cubrebocas como si se estuvieran haciéndose una señal. En alguna mano cargan los radios, a los que están pegados todo el tiempo. Y se visten de azul, pero de un azul oscuro que al final es tan negro como una fosa. Entonces el Aveo apenas puede pasar y avanza muy despacio.


-Ya nos vieron. Ya nos van a radiar- dice alguien como si estuviera esperando eso.

 Tres minutos después una pick-up cargada de personas armadas los alcanza por detrás y les marca una señal para detenerse. Pararse significa aquí cualquier cosa, pero se bajan los hombres armados, que son policías por el día y por la noche matan a nombre de los Rojos. No son cuatro. Son quince y todos aherrojan sus metralletas. Entonces rodean el carro y cinco de ellos apuntan a los tripulantes mientras el comandante se acerca, con la fusca de fuera, a una ventanilla, para gritarles a los cinco.

-¿Por dónde entraron?- dice, acomodándose a una distancia desde la que no se le podría tocar.

Lleva en la cara una máscara, pero se le salen los pelos grises de un mostacho al que le da muchas vueltas. Entonces se lleva la mano y se lo acomoda, mientras apunta en su libreta y dice por el radio.

-Cinco cabrones. Cuatro chavos y un grande. Auto blanco, placas del Estado de México. No se sabe por dónde entraron.

-Venimos de Ayotzinapa- dice Lenin y así decimos todos. Y eso, como una palabra encriptada, como una pócima del mal, ha conseguido que otros cinco policías suban sus armas.

¿Y eso? ¿Y eso?

Entonces otro grupo de hombre armados apareció por la parte delantera, y otra camioneta pick-up, se puso enfrente del Aveo. Otros 20 agentes rodearon el auto y sacaron las armas. Ora sí, paisa, ya nadie se va a escapar.

Pero hace mucho que nadie se escapa, ni siquiera jefes de los Rojos como La Gringa, que se llamaba en realidad José Luis Ortega, y que se paseaba del brazo de todos porque podía hacerlo y porque quería. En esa legión de abrazados estaba también un personaje relacionado con la normal de Ayotzinapa, uno o dos años antes de que pasara lo que pasó en Iguala. La Gringa iba a plantarse hasta las puertas de la escuela nomás para acompañarlo, y para que el resto de la normal se diera cuenta de quién se trataba. Luego, a la Gringa lo mataron, le dieron baje con su cargo de jefe y con la vida que llevaba y todo siguió como siempre. Otros tuvieron que conciliar el asunto de la Gringa hasta que dejaron de matar y levantar como venganza y por fin en Tixtla entró la razón, dos años después y 44 muertos contando. La Gringa había sido un jefe violento pero político, y había dejado cuentas pendientes y ejemplos, casi todos inversos, de lo que hace un capo si tiene de su lado el poder de las armas.

A la Gringa lo mataron cuando andaba viendo a su novia, o a una muchacha que trabajaba en el PRI y que la pretendía aunque estaba casado.

Se suponía que después de Iguala, las cosas en Guerrero estaban cambiando. La verdad es que desde Iguala uno sabe que no y por eso hay pasarse rápido por todos esos lugares. O eso dicen. Por eso, el pequeño Aveo se vio rodeado por los sicarios de la policía municipal, que antes de levantar a los que tripulaban el auto les recogió las identificaciones.

Toluca. Tecomatlán. Tres de Tixtla. Tres estudiantes, el hermano de Julio César. El reportero que dijo que era maestro. Los círculos terminan por cerrarse y este cerco armado también. Ya encima del auto, los policías esperaron la orden de abrir las puertas y bajarlos, pero quién sabe qué pasó que los radios de los policías tronaron al mismo tiempo y les dijeron que se abrieran, que dejaran pasar al Aveo para que se metiera a la escuela. Entonces se quitaron de en medio y la pick-up que estaba cerrando el paso se echó en reversa, los policías guardaron las armas y el Aveo pudo salir al principio muy lento y después lo más rápido que pudo, para meterse a Ayotzinapa, una escuela casi vacía porque en esos días se realizaban los círculos de estudio para determinar quiénes se iban a quedar.

Yo digo que lo que pasó en la noche, cuando la policía estatal rodeó la escuela, no tenía nada que ver con los que iban en el Aveo, aunque todos pensaron que iban por ellos.

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