Redacción VcV

Toluca, México; 14 de septiembre de 2020. Secundino Mendoza no puede dejar de trabajar, aunque apenas tiene 73 años. Y lo que hace es un oficio milenario a pesar de que él apenas tiene 22 años haciendo sombreros. Entonces se sienta ante su máquina de coser y la manipula como el experto que es. Lo hace así, con una máquina porque es más fácil que tejer la palma a mano. Un señor le enseñó, como pasa en los ensueños, y poco a poco fue haciéndose experto, como pasa en la realidad. Tejer a mano lo hacía cuando era chico pero ya no. Entonces se sienta ante la máquina y con sus manos sostiene una canasta a la que algo le hace porque es de palma, mientras la vista se le va en las vueltas que le da. Se sienta, decimos, se sienta ante la máquina que en realidad se oye como una picadora, un monstruo de metal que nunca creció aunque su aguja sea una garra.

-Pero orita todo se detuvo- dice el tejedor con su voz bronca y muy directa- y las cosas de las fiestas patrias no tienen cabida porque no hay ventas, no hay ventas y el señor que venía para que le cosiera en estas fechas ya no vino- dice, muy concentrado en las cosas que le rodean porque no oye tan bien como quisiera. De todas maneras, perder el oído no le impidió vender sus trabajos en México ni llevarlos a Toluca, donde recorría locales y las calles y a donde lo llevara su instinto de creador de objetos. Todavía el año pasado las cosas que hace y sus sombreros se vendieron.

-Un poquito, sí- dice, como si el milagro que es la palabra lo resarciera y al mismo tiempo pusiera en resguardo la vida que le falta. Ahora lo que no tiene son los dos mil sombreros que dice que hacía y vendía para estas fechas y no sabe qué pasará si la necesidad arrecia. Que San Cristóbal Huichochitlán sea la tierra de las gorras no significa que no haya sido antes la tierra de otras cosas pero eso tampoco es nada cuando estos son los tiempos del covid. Es que el reflejo de una pandemia que ha cobrado la vida de más de 70 mil personas a alguien como Saturnino Santiago le ha costado mil 500 de sus piezas, porque esas son las que ya no se venderán.

-Todavía hay un chorro que nos dedicamos al tejido de la palma- dice el artesano, que no sabe lo que pasará con él si no se vende.

No hay venta, no hay nada y tampoco la invitación en otomí que lanza para que vayan a comprar.

La verdad es que la infección inentendible le puso un cubrebocas a los productos de Secundino. Para que no se vendieran.

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