Todo comenzó cuando Emilio Lozoya Austin conoció a Luis Alberto de Meneses Weyll, que representaba en 2009 a la empresa brasileña Odebrecht en México y buscaba ampliar sus negocios en el campo de la construcción. A Lozoya, que en ese entonces apenas fraguaba la campaña presidencial que llevaría a Peña Nieto al poder, se le hizo fácil acceder a la petición que su nuevo conocido le hiciera para entregarle contactos empresariales nacionales y extranjeros, así como consejos que pudieran posicionar a esa compañía como la mejor opción. Así pues, fungió como gurú de altos vuelos para De Meneses y le abrió un gigantesco ventanal de oportunidades.

Miguel Alvarado/ Primera parte
Toluca, México; 3 de septiembre de 2020. El quebranto del erario federal en la administración de Enrique Peña Nieto fue fraguado por mexiquenses y operado por mexiquenses en los niveles más altos. Pero la idea original no fue gestada por el Grupo Atlacomulco porque algunas de estas operaciones fueron complejas y superaban al equipo del ex presidente. Además, necesitaban tiempo para cuajar. La propuesta de privatización de los bienes del país y de sus recursos naturales sigue siendo una idea fija de Carlos Salinas de Gortari, el primero en impulsar una política económica neoliberal desde el Estado que consiguió precisamente con Peña terminar de entregar sectores enteros como los de la minería y el petróleo a trasnacionales. El caso de sobornos que la empresa brasileña Odebrecht ejecutó durante los mandatos de Felipe Calderón y Enrique Peña revela que esas administraciones compartían el mismo interés por quebrantar Petróleos Mexicanos y beneficiar a compañías privadas en todos los sectores. Peña, ex gobernador del Estado de México; Luis Videgaray, su ex secretario de Finanzas en Toluca; Luis Vega, ex secretario de Finanzas del PRI mexiquense; Juan Armando Hinojosa, dueño de Grupo Higa, compadre de Peña y con permiso de picaporte en el despacho del ex presidente, conforman el primer círculo de beneficiarios y operadores que llevaron a cabo una agenda de corrupción y negocios personales con el dinero público.

Además de desvalijar Pemex, el ex mandatario también se ocupaba de un proyecto muy personal al que le llamó la Egoteca y que no era otra cosa que un muy privado Museo del Presidente, en donde exhibiría vida y obra para su propio solaz. Para eso contrató a Juan Armando Hinojosa y hasta a un fotógrafo que terminó cobrándole al erario público 3 millones de pesos mensuales.

Esa es una de las historias que narra Emilio Lozoya Austin, el ex director de Petróleos Mexicanos, que se encuentra en la declaración de hechos rendida ante la Fiscalía de la República, instancia que deberá judicializarla si quiere que los culpables de la eterna bancarrota del país sean castigados. Ese será el reto de Alejandro Gertz Manero y de su equipo, que según palabras de trabajadores de la Fiscalía, se halla infiltrado aún por antiguos leales al depuesto Genaro García Luna. De cualquier manera, el relato de Lozoya es una mezcla de horror, risa y tragicomedia que describe demasiado bien la política mexicana y a sus protagonistas.

“[…] Yo no conocía bien a Enrique Peña ni a Luis Videgaray Caso”, declaró Lozoya ante la Fiscalía, pero aun así aceptó la invitación que le hicieron para dirigir Petróleos Mexicanos, una vez que el PRI había ganado las elecciones de 2012. Pero eso de que no los conociera bien, como dice el ahora aprehendido ex director de la paraestatal no es tan cierto porque con Peña y Videgaray había trabado amistad años atrás, y si había alguien que conocía a ese par era Lozoya. Ya en el poder, la confianza era tal que su esposa, la poderosa empresaria Marielle Helena Eckes, de nacionalidad alemana, cabildeó con el ex presidente Peña para conseguirle a su marido una secretaría de Estado. No lo logró, pero en cambio consiguió otras cosas.

La declaración de hechos del ex director de Pemex narra la secuencia de cómo Peña y su primer círculo idearon un mecanismo de sobornos y lavado de dinero.

Todo comenzó cuando Emilio Lozoya Austin conoció a Luis Alberto de Meneses Weyll, que representaba en 2009 a la empresa brasileña Odebrecht en México y buscaba ampliar sus negocios en el campo de la construcción.

A Lozoya, que en ese entonces apenas fraguaba la campaña presidencial que llevaría a Peña Nieto al poder, se le hizo fácil acceder a la petición que su nuevo conocido le hiciera para entregarle contactos empresariales nacionales y extranjeros, así como consejos que pudieran posicionar a esa compañía como la mejor opción. Así pues, fungió como gurú de altos vuelos para De Meneses y le abrió un gigantesco ventanal de oportunidades. Como habría sucedido en una historia de ficción, poco después y durante la precampaña presidencial de Peña, volvieron a reunirse casi casualmente pero la diferencia entre su primer encuentro y éste era que Lozoya ya estaba junto a quien podía obtener el control de uno de los poderes fácticos más importantes en el país.

En ese entonces nadie era nada, excepto De Meneses, quien ya operaba en tres países de América Latina directamente en los despachos presidenciales, representando a la salvaje Odebrecht, que muy pronto fue capaz de competir contra capitales estadounidenses, los cuales veían azorados cómo perdían contratos cuando se enfrentaban a los brasileños. En México, esos que no eran nada apenas llegaban a ayudantes de Enrique Peña, con quien trabajaban con el objetivo de que el PRI lo nombrara candidato para las elecciones del 2012. Que no fueran nada resultaba un eufemismo, porque la mayoría en realidad se había desocupado recientemente de encargos públicos como Luis Videgaray Caso, cuyo último empleo había sido el de secretario de Finanzas del gobierno del Estado de México. Invitado por Peña, se encargaba de dirigir esa precampaña presidencial, que ya comenzaba con augurios de la peor especie cuando el ex gobernador del Estado de México se presentó en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, el 3 de diciembre de 2011, promocionando un libro que no había escrito para hacer un ridículo que perfiló que algo no encajaba nada bien en él. En esa Feria le preguntaron cuáles eran los tres libros que lo habían marcado y lo que respondió quedó atesorado para siempre entre las historias más chapuceras de la política nacional. Peña, además de joven, estaba considerado como líder y triunfador. Se había rodeado de un grupo de tecnócratas que ya había arrasado con todo en territorio mexiquense. A ellos se les conocía como los Golden Boy’s aunque no eran ni lo uno ni lo otro, y lo que los unía, con Peña como el poder concentrador, era su amor desmedido por el dinero, su demasiada ambición por los erarios públicos.

El actual diputado federal priista Luis Miranda y Luis Videgaray se encontraban en esa primera línea de operadores que después fue engrosándose hasta acaparar los principales cargos en el gobierno federal, en el Estado de México y en otras entidades y dependencias.

La tarde del 3 de diciembre de 2011 será inolvidable porque Peña respondía, con los ademanes de un estadista, a la inquietante duda de un reportero español que lo cuestionaba por los libros que lo habían marcado a lo largo de su vida.

– La Biblia es uno –atajaba el presidenciable con gesto certero-. La Biblia en algún momento de mi vida y algunos pasajes bíblicos, porque no leí toda la Biblia pero sí leí algunas partes de la Biblia, sin duda en una etapa de mi vida fue importante… eeeeh… sobre todo en la etapa de la adolescencia… eeeh… leía algo que seguramente mi vocación por la política alentaba este espíritu por la política… fueron los libros… varios… alguno… La Silla del Águila… de Krauze que… eeeh… y hay otro libro… de él mismo…

Un ejercicio común en las ruedas de prensa es criticar al que habla. No importa su fama o peso público y tampoco que aquello no salga a la luz pública. Los reporteros están acostumbrados a eso. Una risa renovada se dejó oír mientras el priista trata de recordar las obras de Krauze.

– …que quiero recordar el nombre… es sobre caudillos, sobre… no recuerdo el título exacto… eeeh… estamos hablando de, de la descripción que él hace de, del México y de cómo transitamos del México de los caudillos al México institucional y… creo que además… eeehh… además con gran sustento histórico, un libro que me gustó. Leí incluso el otro, la antítesis de ese libro… las mentiras sobre… eeeh… eeeh… era… es que quiero acordarme del nombre del título del libro, pero era de Krauze, la Silla del Águila… tú debes acordarte más cuál es el…

Peña se tocaba la nariz, se concentraba en ello. Sabía que el público se daba cuenta de la desmemoria o de que no le gusta leer y por alguna razón consideraba que era importante exhibir lo contrario. De pronto, le dijo a un reportero: “tú debes acordarte más cuál es”, le dijo, haciéndose el simpático, en espera de un salvavidas que nunca llegó.

– No sé cuál leyó usted –respondió el interpelado y más risas, esta vez menos discretas, se alcanzaron a escuchar. Pero Peña no se arredraba y trataba él mismo de salir del atolladero.

– Hay uno que después salió que eran las mentiras…

– …Pinocho –deslizaron algunos desde las gradas.

En primera fila, en ese aquelarre literario, estaba Luis Videgaray, que sudoroso y temblando le hacía señas a su amigo Peña y con los dedos cortaba el aire, como si se trataran de tijeras fantásticas. Pero el “ya párale” que Videgaray suplicaba no surtió efecto y Peña terminó por desbarrancarse para siempre en el médano del ridículo, porque esa fue la imagen que se le quedó en su sexenio, a la cual se fueron añadiendo otros adjetivos: corrupto, genocida, voraz, inepto, inculto y hasta tonto. Era todo eso, pero sobre todo era un depredador que encabezaba a un equipo que lo imitaba en eso a la perfección.

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