Durante algunos años me ha interesado esa noción de simultaneidad implícita en la traducción, la he llevado (o me ha llevado) al exceso sintiendo que en el contrabando de una sintaxis ajena existía una forma radical de desaparición. He disfrutado el contraste de ver en la poesía brasileña una fortuna crítica de lo que en México serían los eternos poetas jóvenes eternos. La mirada caciquil necesita una cadena alimenticia y hay pocas superficies en esa charca del lugar común del centro (la gran capital) ensimismado & pasmado, con más leyes mercantiles que gustos, pactos que excentricidades. Pensaba que Dickens era un cursi cuando decía que un año infernal al mismo tiempo era uno hermoso. No he vivido peores días que los del 2020, y nunca había leído y traducido más poesía brasileña que ahora. Tengo muchas preguntas. Comienzo una serie de entrevistas a poetas brasileñas y los invito a buscar las traducciones que son el otro hemisferio de este trabajo, en Viceversa.

SER: Por tradición, al menos para los lectores foráneos la poesía brasileña es coloquial, divertida y sencilla; pero en tus poemas hay otra vía, son poemas duros, herméticos, sobre el dolor, y justo buscan hablar del dolor, la duda, juntar palabras en imágenes y asociaciones nuevas. ¿Puedes contarnos un poco de esto?

RG: Siempre es curioso pensar en una tradición, me parece importante y necesario reflexionar y cuestionar los sistemas, los mecanismos e instrumentos que vuelven una vía/vertiente/forma más visible, y por lo tanto más leída que otras. ¿Quién dispone qué cosa para ser leído/circular? ¿Dónde? Cuando una vertiente tiende a representar un panorama encuentro esto problemático porque cae en una aparente homogenización que no existe. Todos los cortes serán siempre precarios, así como las lecturas. Digo esto porque la literatura brasileña contemporánea es vasta, hay muchos procesos que no salen a la luz por innumerables factores, como políticas públicas, inseguridad, elegibilidad, entre otros. Me gustaría mencionar poetas brasileños contemporáneos que escriben desde una vía que tal vez sea poco conocida: Roberta Tostes Daniel, Mar Becker, Priscilla Menezes, Bruna Mitrano, Isadora Krieger, Carla Carbatti, Amanda Vital, Mariana Basílio, Anna Apolinário, Cíntia Faria, Wanda Monteiro, Raissa Correia, Marcus Groza, Carlos Orfeu, Diogo Cardoso, Augusto Meneghin, Jefferson Dias, entre muchos otros. Creo que mis poemas sugieren ese dolor, como mencionaste, tal vez porque escribo con la herida y no necesariamente herida. Creo que mi poética se mueve por el desposeerse, espanto, asombro que muchas veces siento delante de lo impronunciable y de lo ineludible. Estoy rota, intento dar alguna espesura al desierto, al animal inmenso que me atraviesa.

SER: Creo que esta poética “herida” va acompañada de cierto tono espiritual, la extrañeza y la idea de nombrar de nuevo las cosas, imágenes sin explicación, las preguntas a contramano del sentido, del engranaje de la máquina. ¿Piensas en el poema como un tipo de trance, visión?

RG: Ciertamente a contramano de la máquina. Puedo decir que el poema es una especie de trance trabajado, es necesario el tiempo y escuchar, lo que muchas veces nos falta debido al engranaje de la vida impuesta. Siento que mi cuerpo necesita estar abierto y atento a su propia escucha, a sus lecturas y precariedades, y eso envuelve su desgaste con el mundo, con lo indomesticable. Creo que es en este sentido que trabajo el lenguaje, intentando crear una comunicación posible hacia aquello que nos rodea y escapa.

SER: Siendo también artista visual, ¿cuáles son las diferencias y semejanzas entre una fotografía y un poema para ti?

RG: Tanto en la fotografía como en la escritura busco la dimensión de lo poético, de lo invisible, en un intento de atrapar alguna imagen que está oculta, investigando en el cuerpo y en los objetos sus formas y texturas, abriendo así otros paisajes y profundidades. La imagen fotográfica es una forma de experimentarme, de “ficcionar” el mundo; hay una escritura ahí, la del gesto, del estremecimiento. En ese sentido, no hay separación entre los lenguajes, pero sí en la forma de mostrarlos al mundo, en la configuración interna de cada cosa, en sus códigos, aunque yo no domine ninguno.

SER: ¿Cuál fue el contexto en el que creciste? ¿La ciudad y la familia tienen alguna relación en tu búsqueda en el arte?

RG: Crecí en una familia de clase media baja, en la que nadie tenía relación con el arte o literatura, aunque yo entrara en contacto, por ejemplo, con la obra de Clarice Lispector a través de mi padre al encontrar un libro de ella en su armario; sin embargo, nunca hablamos sobre eso de forma consciente. Pero crecí con acceso a los libros, espacios culturales, lo que es un privilegio para quien vive en una ciudad tan desigual como es Río de Janeiro.

La familia, la intimidad y la memoria son instrumentos poéticos evidentes en mi oficio, tanto en la poesía como en las artes visuales. En mi caso, en mi familia siempre hubo dificultades de comunicación en diversas esferas, tal vez por mirar las cosas por el sesgo de lo sensible, lo que está visto como algo alienante o como una tontería debido a la lógica de la sociedad en la cual vivimos, que hace que tengamos mucho cansancio y poca atención de nuestros cuerpos o incluso elaboraciones de experiencias que vivimos.

Estas dificultades de comunicación generaron muchos conflictos, lo que me hizo percibir más claramente y a lo largo del tiempo que mi poética estaba/está vinculada a lo doméstico y a lo que circunda, a lo primordial de los cuerpos, a la composición de una voz.

SER: ¿Tienes algún recuerdo determinante sobre tus comienzos en la poesía?

RG: No recuerdo algún hecho determinante, creo que fui negando el sistema que me ronda, sintiendo que las posibilidades de vidas no deberían ser apáticas y repetitivas, lo que lleva a un sistema de mortificación de nuestros cuerpos. Entonces a través del cuestionamiento, del espanto, del sentimiento de desplazamiento y de la precariedad de lo que soy, comencé a tensar mi cuerpo en el mundo, volviéndome una mujer abismo, intentando construir en él y con él fracturas y desvíos. Es cierto que, aun así, me mortifica de diversas formas, pero siento que el trabajo creativo es mi sustento y mi salud en esta geografía árida.

Traducción de Sergio Ernesto Ríos.

Raquel Gaio (Río de Janeiro, 1981). Es poeta y artista visual. Escribió los libros “manchar a memória do fogo” (Uratau, 2019) y “das chagas que você não consegue deter ou a manada de rinocerontes que te atravessam pela manhã” (Editora Patuá, 2018). Desarrolla trabajos entre la fotografía, performance e instalación para dialogar con lo perecedero, el tiempo, la memoria y la fragilidad.

Sergio Ernesto Ríos  (Toluca, 1981). Es director de Grafógrafxs revista de literatura de la Universidad Autónoma del Estado de México. Publicó “Larga oda a la salvación de Osvaldo” (UANL, 2019), en coautoría con Minerva Reynosa, “El ganador del primer premio del centro de estudios interplanetarios” (Periferia de escribidores forasteros, 2019), “máquina portadora de cabezas” (edición digital, 2018) “Quienquiera que seas” (FOEM, 2015), “Brazuca“(Palacio de la fatalidad, 2015), “Obras Cumbres” (Bongobooks, 2014), “La czarigüeya escribe” (Editorial Analfabeta, 2014), en coautoría con Diana Garza Islas, “Muerte del dandysmo a quemarropa” (Universidad Autónoma de Nuevo León, 2012) y “Mi nombre de guerra es albión” (Fondo Editorial Tierra Adentro, 2010).

Tradujo del portugués “Boa sorte, 7 poetas brasileñas” (Grafógrafxs, 2020), “Bruno Brum a ritmo de aventura” de Bruno Brum (Palacio de la fatalidad, 2017); “Droguería de éter y de sombra” (Palacio de la Fatalidad, 2014) de Luís Aranha; “Oda a Fernando Pessoa” (Palacio de la Fatalidad, 2017), “Paranoia» (Palacio de la Fatalidad, 2013) y “Voy a moler tu cerebro” (Red de los poetas salvajes, 2010) de Roberto Piva; la antología de poetas brasileños nacidos en los ochentas “Escuela Brasileña de Antropofagia” (Kodama Cartonera, 2011). Tradujo del inglés, con Diana Garza Islas, “Una noche, senté a Donald J. Trump en mis rodillas/Y otras teorías estéticas del siglo XXI” (Oficina Perambulante y Palacio de la Fatalidad, 2017), a partir de un ejercicio de Chris Rodley.

Fotografía de la imagen: Raquel Gaio

Título: A imagem corrói

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