Miguel Alvarado

Toluca, México; 3 de agosto de 2020. Agotados por la imposibilidad de hacer las cosas -que no el encierro-, de trabajar, de continuar con lo que se canceló de pronto por la pandemia del coronavirus, esperamos aún que pase el peligro de los contagios. La torpeza de llamar “nueva normalidad” al escenario post-covid de ninguna manera ha podido impedir que la muerte de amigos y familiares ronde y haga efectivas las condiciones socioeconómicas, de debilidad y de desprotección para cebarse. Son los pobres los que más han padecido las muertes por coronavirus y en México más de la mitad de la población padece algún tipo de miseria.

Estamos en el ojo del huracán, dicen algunos especialistas en epidemiología, lo cual quiere decir que, como en una tormenta, atravesamos por el centro de su furia porque parece que mengua, como lo muestran algunos números recabados por el gobierno en México. En ese ojo de la tormenta no hay nada sino la calma chicha, que los marinos identifican como la quietud, la muerte del viento y la ausencia de olas mortíferas, lo cual ha llegado de golpe y permite a quienes han estado en la tormenta un espacio para recuperarse en el entendido de que aún falta atravesar la mitad del ciclón. Por lo menos para algunos municipios del Estado de México así ha sido. Los registros por contagios han bajado y los muertos también. Las flechas, los indicadores que a estas alturas la gran mayoría no entiende, en parte porque los escenarios previstos por el gobierno no se han cumplido y también por la incapacidad de la mayoría para ser críticos, van para abajo.


La capital del Estado de México es una romería. Al borde del colapso, la economía de los de a pie está a punto de experimentar otro tipo de cisma. No hay dinero y eso es una realidad que apenas comienza a aceptarse.

No solamente lo dicen los indicadores económicos, como la pérdida de cerca de un millón y medio de empleos, o el reciente anuncio que señala que la contracción será de 19.6 por ciento. En realidad lo dice el hambre, la inútil búsqueda de oportunidades laborales y la cada vez mayor masa que se aglomera en las esquinas pidiendo ayuda. Mientras, la tan anhelada vacuna parece estar lista en Rusia, cuya población sería vacunada de forma masiva en octubre. Se supone que Rusia entregará la vacuna a Sudáfrica y a algunos países latinoamericanos, pero eso tardará aún y con vacuna o sin ella el quebranto económico no podrá resolverse de manera inmediata.

En las calles de la capital abundan ejemplos de quienes necesitan ayuda económica y no la obtienen ni la van a obtener. Ya desde hace meses algunos salen a las calles en condiciones de indigencia y portando letreros en los que piden. Otros ponen puestos callejeros y cambian mercancía por comida. Se trata de la gestación de una serie de agujeros negros en los núcleos familiares que se irán comiendo las pocas oportunidades de sobrevivir.

El año próximo habrá elecciones intermedias en la entidad y entre la pandemia las operaciones políticas comenzaron hace un rato, las cuales necesitarán de dinero para funcionar. En un país en donde el Estado genera la mayor parte de los recursos económicos, la quiebra de éste no augura nada bueno para nadie.

Se acaban los recursos, se agotan los fondos y el ojo del huracán dará paso a la otra mitad del ciclón. Y cuando la tormenta llegue, es probable que su furia no pueda contenerse.  

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