Pudiera ser que el lenguaje fuera una enfermedad para el silencio
Sergio Loo

Orlando Mondragón
1.
“Del uno al diez, ¿qué tanto le duele?”, le pregunto. El paciente mira hacia abajo, como tratando de meter su dolor en las apretadas casillas de los números. “Es que no sé, es como un vacío aquí en el centro del estómago”, me responde.
En la labor detectivesca de la medicina hay dos herramientas para establecer un diagnóstico: el signo y el síntoma. El signo es toda manifestación objetiva de la enfermedad; por lo tanto, resulta medible, homologable. El dolor pertenece a la esfera de los síntomas, de lo subjetivo: la sensación única e irrepetible de cómo percibimos lo que nos rodea.
La palabra síntoma proviene del prefijo syn (con, juntamente, a la vez), del verbo piptein (caer) y del sufijo ma (que indica resultado). La palabra significa “coincidencia”, un hecho fortuito que ocurre junto con otro. Los médicos griegos utilizaban dicha palabra para referirse a todos los fenómenos que acompañaban una enfermedad pero que no podían observar. La enfermedad forma parte del plano físico; el dolor, del inmaterial.
El lenguaje técnico de la medicina resulta insuficiente para atrapar y reproducir esta sensación, pues existen tantas experiencias de lo doloroso como personas en el mundo. Sin saberlo, mi paciente ha encontrado una manera más adecuada de comunicarse: a través de la metáfora. El lenguaje es el único artefacto que le es útil para transmitir su experiencia. El único puente entre él y yo. Mi paciente dice: “el vacío duele”. Y le creo.
Ningún dolor se asemeja a otro, dado que yo no soy alguien más. Se trata de una sensación que, a pesar de ser corporal, no puede situarse en el terreno físico; no se puede medir, palpar, oler, mirar. Escribe Sergio Loo (Ciudad de México, 1982-2014): “Me llamo cuerpo: la contradicción entre lo que ves y desde donde hablo”. Una metáfora también implica una imposibilidad: no existe en el mundo tangible. Quizá por eso, la poesía es el instrumento que con mayor destreza nombra lo que duele.

2.
Operación al cuerpo enfermo (Universidad Autónoma de Nuevo León / Ediciones Acapulco, 2015) es una especie de bitácora. Loo nos hace partícipes de su convalecencia, nos toma la mano (como Jesús lo hizo con Tomás) para hacernos tocar su llaga. No se trata propiamente de un diario. En él se mezclan las vivencias durante su internamiento, su memoria biográfica, su sexualidad, sus conflictos familiares y relaciones amorosas, el abuso… Pero también hay espacio para la invención imaginativa y la recreación de los recuerdos. Los temas tienen una aparente distancia, pero se van entretejiendo con cuidado al avanzar por sus páginas. Entre sus hilos conductores encontramos el cuerpo, el amor, la enfermedad y el dolor.
Operación… está escrito en prosa poética. Los fragmentos que conforman el libro tienen por nombre diversas partes del cuerpo: esternocleidomastoideo, bulbo raquídeo, vesícula biliar, mandíbula, glúteo derecho, etc. Pareciera que Loo nos trata de decir que estas historias-poemas también son partes de él mismo: tanto nuestro cuerpo como lo que nos contamos configuran nuestra presencia material en el mundo.
Los fragmentos no se corresponden con las zonas anatómicas que llevan por título (en “Clavícula” habla de la historia de su fémur; en “Hígado”, de la inducción anestésica). Cuando un doctor emplea el lenguaje técnico para nombrar nuestros órganos internos, no sabemos bien en dónde o de qué manera esas partes se ligan dentro de nosotros, pero las reconocemos como propias aunque sean, por momentos, desconocidas. Así los fragmentos de Loo: aunque parezca que tienen un orden aleatorio, se intuyen sus vasos comunicantes, redes nerviosas que nos transmiten sensaciones y un latido oculto.
Loo escribe acerca de su enfermedad a través del lenguaje y del cuerpo. Lo intangible y lo material. Las dos cosas que cualquiera utiliza para experimentar lo que existe. El cuerpo, receptor de sensaciones. El lenguaje, transmisor. Ambos imperfectos, deformables. El poeta escribe: “Érase una vez un cuerpo: el mío”, y en esta sentencia se puede intuir la traición de sus propios huesos. lo que ha dejado de ser porque la enfermedad lo ha transformado en otra persona —tal vez con el mismo cuerpo y la misma memoria—. Y es que convertirse en un paciente modifica la forma de percibir la realidad: “Estar enfermo es ser un enfermo”, dice el poeta. Ser un enfermo es no ser completamente uno mismo. Los sentidos se agudizan, nuestro cuerpo recobra importancia, cada latido retumba, cada hormigueo se multiplica; cada movimiento intestinal, cada dolor y ahogo parecen acentuarse y acarrear un presagio sobre nuestra muerte. En el momento en que nos percibimos como pacientes, nuestra mirada se vuelca al interior. Loo se pregunta: “¿Pero estar enfermo no es la reiteración de estar vivo, doblemente vivo?”

3.
La enfermedad de Loo es el sarcoma de Ewing, un tipo de cáncer con especial predilección por los pacientes jóvenes y los huesos largos. En el caso de Loo, su fémur. Pocas enfermedades tienen las relaciones simbólicas del cáncer. Susan Sontag describe cómo este vino a ocupar el lugar de la tuberculosis, a instalarse y modificar sus metáforas. Tan solo el hecho de pronunciar en voz alta este diagnóstico, tiene un peso. Escribe Sontag: “No es el hecho de nombrar, de por sí, lo peyorativo o condenatorio, sino específicamente la palabra cáncer”. Resulta difícil que un paciente acepte su condición de enfermo, sobre todo si la enfermedad, en sus primeros estadios, no tiene síntomas; ahora bien, la palabra cáncer conlleva no solo un diagnóstico que tratar, sino un calvario. “A los pacientes de cáncer se les miente no simplemente porque la enfermedad es (o se piensa que sea) una condena a muerte, sino porque se la considera obscena, en el sentido original de la palabra, es decir: de mal augurio, abominable, repugnante para los sentidos”, escribe la autora. Este miedo a la palabra está presente en Operación al cuerpo enfermo: “El doctor tiene miedo de decirme que tengo cáncer. Convierte la palabra en silencio. Atrofia en el lenguaje”. En “Costilla fija”, el poeta escribe:
Mi madre no dice cáncer, por pudor, por pánico, por la misma razón por la que Pedro no dice sida, por la misma razón que Cecilia no dice probable infección, por la misma razón que yo cada vez hablo menos, por la misma razón que mi padre podrido ya no dice. No nombrar para que el cáncer, el sida, la infección no vengan. Como si no estuviesen aquí, como si no fueran parte de la familia.
Otra de las metáforas comunes en los pacientes con cáncer es que esta enfermedad significa el “precio de la represión”. No es raro escuchar a los pacientes decir que el diagnóstico lo adquirieron por “guardarse el sentimiento” o por “quedarse el coraje dentro”. En “Puente de Varolio” encontramos lo siguiente:
Mi enfermedad es lenguaje. Se contrae mediante la palabra. Se propaga mediante la palabra al receptor: comunicación: infección. Solté los hechos: tengo un sarcoma a punto de romperme el fémur de la pierna izquierda, le dije a mi familiar: infectados. Lo mejor es hablar, aseveran…
En otras palabras, el cáncer es una expiación que debe sufrirse por no saber comunicar los afectos o no saber decirlos a tiempo. Por ello, en Loo, la palabra es terapéutica. Nombrar ayuda a mantenerse a flote, a sobrellevar la convalecencia, a perdonarse. Aunque esto signifique arremeter contra los médicos, los padres, la pareja o, más severamente, uno mismo: “La enfermedad es inocente. Yo no”.

4.
Es sencillo hablar de la enfermedad cuando no se la padece. Es fácil preguntar: “del uno al diez, ¿cuánto le duele?, ¿cuándo comenzó?, ¿le arde o le punza?, ¿es constante o va y viene?” Pero cuando el dolor es indescriptible, las palabras apenas nos sirven para comunicarlo. La importancia de la literatura radica en que nos otorga herramientas para experimentar y nombrar nuestras propias sensaciones.
Loo hizo de su convalecencia un recorrido transparente. Nos permitió mirar las vicisitudes de su internamiento de manera descarnada. Quizá esto es lo que buscaba el libro: una disección de su cuerpo y de su biografía en carne viva. El libro explora su memoria y sus vivencias por medio de un lenguaje metafórico e imaginativo, pero también crudamente real. Operación… es el camino de un poeta a través de la enfermedad. Nos recuerda que la experiencia de ser un enfermo es ineludible. En “Píloro” leemos lo siguiente:
Ésta es la historia de mi enfermedad. Apropiación del enemigo. Acogimiento. ésta es mi historia estando enfermo: soy un enfermo. El doctor de blanco salvaje, alto, de mirada generosa, localiza y marca el tumor. Mi tumor, tan mío como mi cabeza o mis pulmones, que quizá más lentamente, pero también me quieren matar.
Aunque preferimos usar el pasaporte de los sanos, en algún momento —como decía Sontag— todos nos veremos obligados a identificarnos, al menos por un tiempo, como pacientes. Cuando existen tantas enfermedades “silenciosas”, estar “sano” resulta engañoso. Aunque la OMS defina a la salud como “no solamente la ausencia de afecciones o enfermedades”, estar sano es, más bien, una contradicción, una pausa entre enfermedad y enfermedad. O, en palabras de Sergio Loo, estar sano es estar “inconmensurable, bizarramente, deformemente vivos”.

  • Orlando Mondragón nació en Ciudad Altamirano, Guerrero, 1993. Es médico cirujano por la UAM-Xochimilco. Ganador del IV Premio de Poesía Joven Alejandro Aura por Epicedio al padre (2017), su primer libro. Ha sido becario en diversos programas de creación literaria, entre ellos Interfaz ISSSTE-Cultura en 2017, el Programa de Estímulo a la Creación y al Desarrollo Artístico del estado de Guerrero (PECDAG) en 2018, y el de la Fundación para las Letras Mexicanas en 2019. Actualmente cursa la especialidad en Psiquiatría.
  • Originalmente publicado en Periódico de Poesía. https://periodicodepoesia.unam.mx/texto/operacion-al-cuerpo-y-al-lenguaje/

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