Daniela Albarrán

“Finalmente, decidí dejar el título “Cómo hablar con tu perrx” […] esa X en el título es un posicionamiento político: hay otros modos de ser, aunque la norma los obvie o los invisibilice”

Cecilia Juárez

Hace algunos días, Santiago Muñoz Machado, el señor que dirige la Real Academia Española, dio algunas declaraciones sobre el lenguaje incluyente, siendo tajante: la RAE jamás lo va a aceptar, porque claro, un jurista, cuya especialidad es el derecho administrativo y constitucional tiene injerencia en la lengua.

No culpo a este jurista de estar en desacuerdo con el lenguaje inclusivo, ni a nadie que lo esté, ya que entiendo sus razones; hace algunos meses yo tampoco estaba de acuerdo y me parecía algo abominable. Destrozar la lengua, abusarla, violarla, ultrajarla, ¿pero cómo sería eso posible? Si la lengua no tiene género, si para eso está el genérico masculino: ¡escándalo!

Y es que no recordaba mis clases de latín, donde mi profesor, un sacerdote, lingüista y con formación en literatura clásica, nos mencionaba que el latín jamás sería una lengua muerta, pues siempre estaría viva en todas las lenguas romances, el español, el italiano, el francés, etc. ya que la lengua está viva, y como tal, es maleable, movible y por supuesto, susceptible a los ultrajes de sus hablantes.

Pero sobre todo, la lengua (cualquiera que sea) es el código con el que se comunican las personas en un determinado tiempo histórico, es decir, utilizamos las palabras que nos son necesarias en cierto momento; Cervantes jamás hubiese concebido la palabra internet, impresora, computadora, etc. porque son palabras que no pertenecen a su tiempo, y yo no hablo utilizando “desta” en vez “de esta”; ni “sacáredes” en lugar de “sacar” o “mesmo” en vez de “mismo”, porque utilizo las palabras que se me hacen prácticas para nombrar el mundo en el que vivo.

Me gusta mucho la idea de que la lengua es de quien la habla, porque somos los hablantes quienes la construimos y la hacemos nuestra, nos la apropiamos y la utilizamos conforme la necesitamos; también es el hablante quien crea las palabras en el momento en que las necesita, porque el lenguaje es quien escribe la historia, como la palabra “sanitizar” que refiere exactamente a la limpieza exhaustiva en tiempos del covid, por poner un ejemplo.

De igual forma, la lengua es la que marca las diferencias sociales, sus desigualdades y sus brechas, pues cuando uno habla, también está expresando una forma de vida y de ver el mundo, como cuando las personas sesean se piensa, de forma clasista y absurda, que no tuvieron una educación académica (como si eso fuera importante) o  marca las desigualdades cuando se habla (o no) inglés o una lengua indígena; el lenguaje que utilizamos es el reflejo de nuestro pensamiento, nuestro contexto histórico, cultural y, por desgracia, económico. 

Por eso no me extraña que durante toda mi vida haya intentado hablar “correctamente” el español; al tener una formación en la que me enseñaron a respetar la rae como si fuera una diosa, estaba obligada ( o al menos así me sentía) a honrarla, y respetarla por los siglos de los siglos, amén; pero ya no pienso así, porque ahora entiendo que la academia que dirige este jurista utiliza un lenguaje mayormente androcéntrico (por no decir machista y patriarcal); y no había entendido que este androcentrismo es la invisibilización de otras formas de ser que no sean ser un hombre, o sea, ser mujer, ser no binario, etc.

La mejor forma de visibilizar la existencia del otro es nombrarle, nombrarnos, nombrarse, así que hoy, más que nunca, es necesario reconocer la otredad porque hemos vivido, ¡DURANTE SIGLOS! en la invisibilidad, en la inexistencia, y lo peor, hemos existido en referencia de un hombre: Mary Shelly se llama Mary Wollstonecraft Godwin y ninguna editorial se ha puesto a pensar que al ponerle el “Shelly” están lesionando su legítimo derecho de autora a ser nombrada, reconocida y leída sin el yugo de su marido, y así todas las mujeres de siglos pasados y del nuestro también.

Tenemos la fortuna de ser hablantes del español porque es una lengua rica en posibilidades, es plástica, maleable y se puede modificar de la forma que queramos usarla porque está viva, y como tal, debemos convivir con ella; también, hay que reconocer que la lengua se tiene que hablar, es decir, es fónica, emitimos sonidos al usarla, es por eso que usar la “x” o el “@” como genéricos, podría no funcionar, (aunque gráficamente es posible) pero hay otras formas de hablar donde se nos visibilice y no se use el masculino genérico, (este texto fue escrito sin utilizar ni un sólo masculino genérico) porque al asumir que es genérico, también se está asumiendo que es lo más importante, que es la mayoría y lo único que merece ser nombrado.

Cabe resaltar que, en los últimos años, las instituciones, la política y la universidad pública, utilizan el femenino y masculino (ejemplo: las psicólogas y los psicólogos)  para decir tipo: miren, nosotros les reconocemos, sí existen, y les nombramos, pero eso, en realidad es una forma hipócrita de utilizar el lenguaje, porque no lo están haciendo como un posicionamiento político, sino como una forma paternalista de decirnos “ya está bien, sí existen” pero en realidad, sus acciones, dicen todo lo contrario: siguen sin permitir ni reconocer la otredad.

Vivimos, afortunadamente, un momento histórico donde urge que se caigan los símbolos que nos han regido durante toda nuestra vida, que han sido creados por y para hombres, como las estatuas, los himnos, las palabras, y la misma lengua. Es urgente asumir que hay otras formas de ser y de estar en el mundo, pero, sobre todo, que como hablantes de ESTE SIGLO y no otro, es necesario reconocer que la historia también la hace la lengua.

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