Miguel Ángel Díaz

Córdoba, Veracruz; 13 de julio de 2020. Marcela Zurita es pequeña, apenas mide un metro con 51 centímetros y pesa 52 kilos, eso le permitirá introducirse fácilmente al pozo de 15 metros de profundidad y 90 centímetros de diámetro. Ha llovido y se pone con cuidado botas de hule porque en el fondo hay que extraer la abundante agua con cubetas. Llueve y sus acompañantes colocan rápidamente una carpa, la polea y la cuerda.

Suspira y se coloca el overol blanco para no ensuciar la zona, porque forma parte de una investigación ministerial, pero en realidad quienes están alrededor de este pozo, en medio de un denso cañaveral, son solo ella, su hijo, Francisco, Don Marco y Artemia, quien lleva la bitácora.

Marcela termina de colocarse el traje, se amarra la cuerda a la cintura, suspira, espera no encontrar esta vez alacranes o víboras coralillos. Duda en bajar pero se acuerda de Dorian, su hijo desaparecido en octubre de 2012 y empieza a descender poco a poco.

Arriba Francisco sujeta fuerte la cuerda, el aire se hace más denso y el olor es fétido. Llega al espejo de agua a unos 10 metros y empieza a llenar la cubeta, sabe que tiene que sacar toda el agua para ver si hay restos humanos en el fondo.

Mientras hace eso piensa en Dorian, y los otros hijos desaparecidos, reza para hallar más restos, como los encontrados en otros pozos de los alrededores, aquí en la Comunidad de la Estación, sobre una parcela de caña y plátano, internada a un costado de la carretera Omealca a Tezonapa, a 40 minutos de Córdoba.

Para llegar hasta donde están trabajando las mujeres, hay que internarse unos 900 metros, sobre una rodada lodosa inmersa en un espeso cañaveral. Se llega a un claro de la parcela donde hay una colmena y algunos árboles frutales. En el suelo se observan zapatos, tenis viejos y alguna ropa enterrada. Aquí el resto del Colectivo se refugia en otra carpa donde colocan la comida para la “faena” (trabajo colectivo) de hoy. Entre el claro y el pozo hay que atravesar unos 100 metros de un angosto camino rodeado de matas de caña de dos metros de alto. La lluvia es ligera pero persistente.

En el claro también se encuentran los policías y elementos ministeriales quienes custodian a las madres hoy; son dos patrullas, una de la Fiscalía General de Veracruz, otra de la policía estatal y otra más, la unidad de Periciales, por si encuentran restos humanos. Unos acordonan la zona por la presencia de reporteros. Otros escuchan cumbias, ven el celular o intentan dormir dentro de las unidades.


Los pozos de la muerte

Desde la desaparición de su hijo Dorian Javier Rivera Zurita, de 31 años de edad, la mañana del 11 de octubre del 2012 en Córdoba, Marcela no ha parado de buscarlo en cárceles, hospitales, por donde se la ha ocurrido. Dos días después de la desaparición, le llamaron para un rescate pidiéndole 250 mil pesos para liberar a su hijo. Como pudo, consiguió esa cantidad y tres días después fue hasta El Seco, Puebla, a entregar el monto, como se lo indicaron los presuntos captores pero no hubo el contacto y a su hijo nunca se lo regresaron, los secuestradores no volvieron a comunicarse con ella.

Ahora está aquí, en medio del cañal, con una soga atada a la cintura a 10 metros de profundidad. Adentro no se ve casi nada, solo lo que le permite la poca luz de la lámpara que sostiene Artemia y la dirige al fondo del hoyo. Francisco hace esfuerzos por sostener el cuerpo de su madre con la cuerda. Marcela por fin ha llenado otra cubeta de agua y lanza la indicación para que sea subida, al parecer podría ser un hueso. El agua es vertida a una coladera artesanal de esas que usan los albañiles, pero solo contiene piedras y lodo. Por fin llega un forense de Periciales para corroborar lo sacado de la oquedad.

Al ver que no aparecía su hijo, Marcela presentó denuncia ante la Fiscalía de Veracruz la 1388/2012.

“Yo estaba devastada, todos los días acudía al ministerio público para  ver si tenían noticias de mi hijo, pero solo me decían que lo estaban buscando cosa que no fue así, eso me di cuenta semanas después”.

La Fiscalía de Veracruz perdió por varios años el expediente de Dorian Javier. Marcela buscó ayuda y fue cuando conoció a las madres del Puerto de Veracruz que como ella, buscaban a sus hijos desaparecidos, agrupadas en el Colectivo Solecito. Tomó talleres de antropología forense y en febrero de 2014 empezó a buscar restos en fosas clandestinas de Veracruz y de otros estados de la República.

“A partir de ahí me di cuenta que solo nosotras las madres podríamos buscar a nuestros hijos, porque las autoridades solo simulaban buscarlos, empecé a tomar talleres de antropología forense y sobre protocolos de búsqueda, que en ese entonces desconocía. Solo preparándonos podíamos exigir nuestros derechos y buscar por nuestra cuenta a los nuestros”, compartió Marcela.

La lluvia empieza a arreciar, pero Marcela no lo distingue porque sigue en el fondo de pozo, ha sacado ya seis cubetas llenas de agua con piedras. Está tranquila porque en esta ocasión no se encontró con insectos ponzoñosos, como la primera vez que se metió a un pozo hace un año. El riesgo ha valido la pena, pues en cuatro pozos han encontrados 12 restos humanos: tres cráneos y varios huesos. Uno de ellos tenía restos de ropa y fue identificada por un familiar. Está en espera que las pruebas de ADN confirmen la identidad.

Hilaria Arzaba

En el claro de la parcela rodeada árboles de naranjo, limón y matas de café que con sus flores alimentan a la colmena, hay algunas palmeras y un árbol de aguacate gigante. Ahí fue instalada una carpa y una mesa, donde aguardan doña Hilaria y doña Marisela. Ellas se encargan de la comida. De vez en cuando platican o le dan café a quien regresa de los trabajos en el pozo o a los policías.

Ellas acompañan en esta ocasión a Marcela y son parte del colectivo Solecito- Córdoba, que junto con otras 40 madres, padres y hermanos, buscan a sus desaparecidos a manos de policías o bandas del crimen organizado, protegidos por las autoridades, durante el funesto gobierno de Javier Duarte.

Doña Hilaria, de 59 años de edad, busca a su hijo Jorge Contreras Arzaba, desaparecido el 22 de mayo de 2011, que en aquel entonces tenía 19 años y estudiaba la preparatoria en la Ciudad de México.

Es de las más calladas del grupo, es pequeña como Marcela y su voz es apagada. Cuando le pregunto sobre el día de la desaparición de su hijo hace una pausa muy prolongada y sus ojos se le humedecen. La carpa nos cubre de la gotas gruesas que caen y Hilaria observa el alto cañal como para ayudarse a recordar el dolor.

“Nosotras aparentamos estar contentas pero nuestro corazón está muerto, es tan profundo el dolor que cada vez que se acerca un mes más de la desaparición de mi hijo caigo en cama varios días”, cuenta Hilaria.

Hilaria observa las gotas que caen al suelo, su mirada alcanza los restos de lo que fue un tenis Converse, semienterrado en el lodo, esto le hace recordar a su José, a quien le gustaban usar tenis como esos, pero aleja rápidamente el pensamiento de que podría ser de él.

La desaparición de Óscar

Ese 22 de mayo de 2011 el cielo estaba nublado en Peñuelas, un poblado cerca de Córdoba de donde son originarios. Era las cinco de la tarde y habían regresado con su papá de una fiesta patronal en Puebla. Oscar le dijo a su madre que saldría con un amigo, al que luego descubrieron no lo era. Hilaria le respondió que no se tardara, ella sabía que eran tiempos peligrosos para los jóvenes, había escuchado noticias de que algunos eran levantados por policías en patrullas ‘clonadas’.

Jorge le prometió que regresaría antes de las nueve de la noche. A esa hora Hilaria le llamó por teléfono porque no llegaba, Jorge le contestó y le dijo que llegaría un poco más tarde y ese fue su último contacto.

No pudo salir a buscarlo porque tenía problemas con la vista y en la noche no veía nada. Despierta esperó en la sala, a las 6 de la mañana siguiente fue a buscar a su hija y emprendieron la búsqueda. Ese día descubrieron la camioneta que se llevó su hijo en un callejón. Tenía un golpe en la delantera. Los vecinos le dijeron que un Tránsito municipal los había parado y entregado a unos hombres que iban en una camioneta negra. A los pocos días el “amigo” de su hijo apareció pero Jorge no.

Hilaria me ofrece un café negro, sigue lloviendo y algunas gotas empiezan a filtrarse por la carpa, tenemos que moverla porque se está haciendo una laguna a nuestros pies. Marisela nos ayuda en mover la mesa, sillas y trastes.


“Él era muy generoso, quería estudiar medicina porque en la Ciudad de México veía que mucha gente pedía ayuda en la calle con su receta médica en la mano y me decía, mamá yo quiero ayudar a la gente que lo necesita”.

Hilaria tiene la esperanza de que algún día volverá a ver a su hijo. Cuando lo refiere siempre es en presente. Y es que a varios días de su desaparición, en su búsqueda incansable, lograron la ubicación de una casa de seguridad en la localidad de Berlín en el municipio de Córdoba. Una vecina de su madre le dijo que un albañil había visto a Óscar atado a un palo en una casa de esa localidad. Pidió un carro prestado y al llegar a Berlín, se metió por una calle en sentido contrario, se topó a lo lejos con una vivienda de dos pisos ubicada a un costado de un campo deportivo. En el balcón, cuatro hombres jóvenes con playera y gorra negra y armas, se paseaban de un lugar a otro.

Como no tenían confianza en los policías estatales y municipales que no hicieron nada para buscar a Jorge, tuvieron que pedir ayuda a los militares del cuartel Miguel Hidalgo de Orizaba.

El 25 de junio los militares lograron la captura de siete presuntos secuestradores y liberaron a una pareja que mantenían cautiva. El gobierno de Javier Duarte se adjudicó el logro.

“El teniente me dijo que en la casa de seguridad encontraron una libreta en donde aparecía el nombre de mi hijo, por eso tengo la esperanza de que está vivo y algún día lo volveré a ver”, dijo Hilaria.

Desde entonces lo ha buscado en hospitales, penales, y donde se pueda. Aún y cuando presentó la denuncia en Amatlán, la 603/2011/SS, le dijeron que no podían hacer nada, que el expediente se iría a la Unidad Antisecuestros en Xalapa y ahí lo perdieron por cinco años hasta que en febrero de 2016, cuando se integró al Colectivo Solecito y con la ayuda de Marcela Zurita, exigió que buscaran el expediente de su hijo y apareció.

Fiscalía de Veracruz prohíbe documentar fosas

Pese a que la ubicación de fosas clandestinas en Veracruz como las halladas en el predio Colinas de Santa Fe, en el Puerto de Veracruz, fueron descubiertas por las integrantes del Colectivo Solecito, la Fiscalía de Veracruz se ha apoderado prácticamente de ellas y no permite a ningún medio de comunicación acompañar a las madres en la búsqueda.

Los reporteros solo pudieron documentar en julio y agosto de 2016 cuando las madres iniciaron la búsqueda en fosas. Después, el fiscal veracruzano Jorge Winckler, no dejó ingresar a ningún reportero porque era parte “una investigación ministerial”, solo le dio exclusivas a Televisa presumiendo ‘la fosa más grande del mundo’ a mediados de 2017.

Desde entonces ha sido una proeza de reporteros documentar de cerca el trabajo que hacen las madres para encontrar a los suyos. Como en esta ocasión que tras insistir, la fiscal regional Martha Lidia Pérez Gumercindo, concedió el permiso antes de ser removida por el fiscal general Jorge Winckler, a la ciudad de Xalapa por “tener cercanías con el gobernador electo de Morena, Cuitláhuac García”. El día de la cita súbitamente fue cancelado el permiso a este reportero y a periodistas de Estados Unidos, pero Marcela hizo caso omiso y nos trasladó a Omealca en medio de la lluvia, incluso cuando llegamos al lugar la agente ministrial “Ana” ordenó acordonar la zona, (que nunca hacen) y con ministeriales armados intentó impedir la presencia de los comunicadores en el pozo, pero hicimos caso omiso.

Campesinos les dicen la ubicación de las fosas

Durante una marcha del 10 de mayo de 2016 en el puerto de Veracruz, una persona se acercó a las madres con un croquis en mano, “ahí hay cuerpos“ les dijo. Fue así como dieron con el predio Colinas de Santa Fe, la fosa más grande de México en donde se han encontrado hasta ahora más de 300 cuerpos y siguen apareciendo más.

Lo mismo ocurrió con los “pozos de la muerte” en la zona montañosa de Omealca. Un campesino se acercó a Marcela y le dijo que su pozo de riego había sido clausurado porque “olía a muerte” y sospechaba que habían tirado cuerpos ahí.

Por eso ahora Marcela se encuentra a 15 metros de profundidad, ya ha sacado 15 cubetas de agua y lodo y por fin llegó al fondo de la oquedad, por ahora no ha encontrado restos humanos y pide que la saquen. Su hijo Francisco de 22 años, hace esfuerzos por subir a su madre, atada a una soga. Por fin ha dejado de llover, Marcela le pide a Artemia, quien busca a su padre y lleva la bitácora, que le grabe con su celular el testimonio de la “faena” de hoy. Siempre lo hace cuando buscan cuerpos en los pozos o en fosas.

“Solo vigilan cuando hay prensa y observadores”

Mientras tanto, en el claro de la parcela los policías ocupantes de la Patrullas 007119 y la SP2961, quienes “vigilan” a las mujeres y “resguardan”, ven su celular, o escuchan la radio. Igual el chofer de la Unidad de Servicios Periciales con placas XU 55 458, escuchan cumbias. No ayudan a las madres, solo hacen que vigilan.

No siempre las acompañan, solo en esta ocasión por la presencia de reporteros. Marcela relata que casi siempre vienen solas o en compañía de una sola patrulla. Y tiene miedo porque esta zona es territorio de los huachicoleros, quienes las vigilan a distancia en camionetas o les dejan mensajes en cartulinas para que “dejen de buscar cuerpos en su territorio”.

Es hora de comer y las madres invitan a todos. Hay tortillas, salsa en chicharrón, huevos con ejotes, frijoles, pambazos de chorizo, pan y café. Solo así los policías y la agente ministerial “Ana”, acuden a comer un taco. Solo así se acercan a los exhaustos Francisco, don Marco, Artemia y Marcela.

Quizás por eso el fiscal Jorge Winckler de Veracruz no quiere que los reporteros documenten la búsqueda, porque quienes bajan al pozo escarban, cargan palas, picos, comida, agua, las carpas, en sus propios vehículos, son ellas y ellos, quienes buscan a los suyos. Nadie les ayuda, ni la Comisión Estatal de Atención a Víctimas les ha dado para la gasolina, pese a que este año el Congreso les autorizó un presupuesto de 8 millones de pesos.

Marisela Zayas Nájera

Marisela Zayas Nájera es una vendedora ambulante de Monterrey y está aquí porque el 2 de agosto de 2013 un convoy de 15 patrullas de la policía estatal se llevó a 19 personas de la localidad de Potrero Nuevo, entre ellas a su hija María Inés Sánchez Zayas, de 32 años y a su madre Carmen Zayas Rodríguez, de 75 años de edad.

Ella presentó la denuncia de la desaparición de sus familiares unos días después, la 443/2013, pero como eran policías quienes se las llevaron nadie le hizo caso.

“Ya tengo 4 años que me integré al Solecito porque solamente así hemos podido rescatar a personas desaparecidas y cuerpos porque hemos andado en penales y hemos andado en fosas y sí, gracias a Dios hemos rescatado a personas”.

Pero a sus familiares no.

Por fin ha dejado de llover definitivamente y Marisela e Hilaria se ponen a recoger los trastes y tirar la basura en bolsas negras. Los policías regresaron a sus patrullas, Marcela, don Marco, Artemia y Francisco vuelven al pozo para recoger todo.

Marisela es chiquita, de complexión robusta y tiene 58 años. Su cara es redonda y está tostada por sol, porque vende en las calles de Monterrey. Cada mes junta dinero para regresar a Veracruz y se integra al trabajo del Colectivo. Bajo su responsabilidad se encuentran los dos hijos adolescentes, hombre y mujer, que dejó su hija, María Inés que cuando desapareció vendía gelatinas y estudiaba belleza.

“No solo fueron ellas a quienes se las llevaron. Que nos diga el gobierno a dónde se las llevaron, ¿qué les hicieron?, ¿qué pasó con ellas? Es lo que nosotros pedimos”.

Los sueños de la dicha

Marisela se pone contenta cuando le pregunto si ha soñado a su madre e hija desaparecidas hace cinco años.

– Uy claro que sí, las sueño seguido, dice.

Estas madres sueñan seguido a los suyos, arrancados de sus vidas por policías, los Zetas o las bandas de huachicoleros que operan con impunidad en esta zona central de Veracruz.

En el estado onírico rastrean pistas de dónde buscar, a dónde ir, a quién preguntar. Abrazan a sus hijos, madres y hermanos, platican con ellos, los sueñan en buen estado de salud, como los vieron por última vez.

Marisela relata que una vez soñó que su madre pedía limosna frente a una iglesia, ella se acercaba pero su madre le hacía una seña para que pasara desapercibida, que hiciera como si no la conociera. Su madre usaba ropa vieja y era vigilada por un hombre que la observaba de lejos. Marisela lograba reconocer al sujeto pero no sabía de dónde lo conocía. Disimuladamente daba un billete a su madre y le decía que la rescataría.

Por ese sueño Marisela ha visitado todas las iglesias de la zona de Córdoba pero no la ha encontrado. La imagen del edificio se lo grabó en su mente incluso lo ha buscado en Internet. Y cuando ve a una mujer que pide limosna o vende en la calle, se acerca para ver su rostro.

El sueño más hermoso de Hilaria

El sol se aparece a ratos en esta zona serrana del centro de Veracruz, algunos insectos salen de su escondite y revolotean en busca de comida. El cielo ya está despejado y a lo lejos se observa la cordillera de las Grandes Montañas del centro de Veracruz, Ya son más de las cinco de la tarde y el fin de la faena de búsqueda se acerca .

Hilaria sonríe cuando le pregunto si ha soñado con su hijo Oscar Contreras y me contesta que “casi a diario”.

“Hasta platico con él y le preparo la comida que más le gustaba, que eran los camarones con pulpo al mojo de ajo. Él me dice que todo va estar bien, que ya no me preocupe, que él está bien”.

Es la primera vez que la veo sonreír, sus ojos cafés le brillan. El sueño que más le ha impactado es cuando llegó a una casa de seguridad y vio a su hijo que estaba sentado comiendo con unos hombres que portaban armas largas. Hilaria entró a lo que parecía ser una sala y le dijo a Óscar, que se fueran con ella. Uno de los hombres que parecía ser el jefe de la banda, le preguntó a Óscar si Hilaria era su mamá. Óscar le contestó que sí y el hombre dijo: “señora se puede llevar a su hijo, creo que ya es tiempo que regreses con tu familia”.

“Fue el sueño más alegre que he tenido, donde finalmente encuentro a Óscar y me lo llevo. Yo no quiero despertar porque el respetar es para mi una pesadilla, una búsqueda interminable”.

Su sonrisa se apaga, sus ojos se humedecen y se limpia las lágrimas.

Marcela Zurita sueña poco a Dorian

Marcela por fin se quita el traje blanco y descubre su pantalón tipo militar, botas y un casaca también tipo militar y gorra, está visiblemente agotada. Ha estado bajando a los pozos casi todos los cinco días de la semana en el último mes.

Dice que solo ha soñado tres veces a Dorian desde que desapareció aquella mañana de octubre hace seis años.

“El sueño que más recuerdo lo tuve a dos años de su desaparición. Él llegaba a la casa vestido de blanco, brillaba como el sol y me abrazaba. Me decía que me amaba mucho y que él está conmigo”.

Marcela da la orden de subir todo a su vieja camioneta Expedition. Es su medio de transporte, con ella han viajado a varios puntos de Veracruz a buscar y explorar fosas clandestinas. Como pueden acomodan todo: palas, cubetas, carpas, sillas y los trastes. Está a punto de oscurecer y lo bueno es que ya no llueve. El camino es resbaloso y temen que las camionetas se atasquen. Mañana regresarán para seguir buscando en los pozos de la muerte.

* Miguel Ángel Diaz es un periodista y cine-documentalista freelance veracruzano. Es fundador del proyecto periodístico Plumas Libres. Ha trabajado en radio, prensa y TV. En 2005 apoyado por el CPJ sale del país apoyado debido a amenazas y hostigamiento del gobierno de Javier Duarte.

* https://adondevanlosdesaparecidos.org/2020/07/13/los-pozos-de-la-muerte/

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