Miguel Alvarado

Toluca, México; 15 de julio de 2020.Ya sabían dónde vivía el Mochomo. Lo sabían desde que Sidronio Casarrubias declaró a la extinta PGR que él y su hermano, Ángel Casarrubias, se había movido para Metepec, para salirse de Iguala, Guerrero. A Sidronio lo capturaron cuando iba al comer al restorán Fogón do Brasil, sobre la carretera México-Toluca, pero cuando ya se iba policías federales vieron que llevaba una pistola, porque la cacha se asomaba entre sus ropas y ya no lo dejaron ir. Lo llevaron a Toluca y en el camino Sidronio se quebró, aunque antes intentó zafarse ofreciendo dinero a sus captores.

Luego, en el interrogatorio, Casarrubias dio la dirección exacta de su casa, que compartía con el Mochomo: fraccionamiento LaJolla número 935 en Metepec, en la casa número 8. El lugar pasa casi inadvertido y se encuentra sobre la avenida Benito Juárez, casi enfrente del único City Market que hay en Metepec. Un negocio de colchones, Dormimundo, lo protege por un costado. Por fuera, sus puertas parecen las de una casa y no parece que exista toda una colonia, protegida por todos lados.

Informes acerca de la captura del Mochomo, el primero de julio de 2020, señalan que se trató de una labor de inteligencia militar lo que permitió detenerlo en la avenida Gobernadores de Metepec. La casa del Mochomo, el líder de los Guerreros Unidos cuando los 43 normalistas de Ayotzinapa fueron levantados, está a menos de 300 metros de la Torre Zero, que se levanta también sobre la misma avenida Benito Juárez, el edificio en donde Raúl Núñez Salgado, el Camperra, contador de los Guerreros Unidos, llegaba para pagar la nómina que los Casarrubias mantenían en el Estado de México. A Ángel Casarrubias no le costaba nada llegar al edificio porque hasta caminando podía llegar.

Otro sicario que venía regularmente a Toluca era Jesús López Lagunes, a quien le decían el Güero Mugres y según la carpeta de investigación de la Fiscalía General de la República, AP/PGR/SEIDOUE/ IDEMS/ 1017/201, coordinó la desaparición de los 43 normalistas en Iguala, el 26 y 27 de septiembre de 2014. Él, dice un reportaje del periodista Álvaro Delgado, movilizó a policías federales, estatales, municipales y soldados esa noche con solamente ordenarlo porque elementos de esas corporaciones estaba en la nómina de los narcotraficantes.

Pero si lo inculpan será demasiado tarde porque al Güero Mugres lo ejecutaron hace dos años y ni a su casa lo dejaron llegar, porque a 30 metros de su puerta, todavía circulando en su auto, le cerraron el paso y le aventaron la metralla de un AK-47. Nadie salió a auxiliarlo, pues quién lo haría, y tuvo que pasar una hora para que los asustados vecinos de la colonia El Carmen, en Tonatico, Estado de México, dieran aviso a los paramédicos, que sólo llegaron para corroborar su muerte. “Ejecutan a joven”, dijo la nota periodística que reportó su final, en un diario de nota roja. Y eso fue todo para él. Ni siquiera eran las dos de la tarde de ese 29 de marzo de 2018.

Que uno de los responsables directos en la nueva versión de Ayotzinapa esté muerto no es casualidad. Falta probar que el Güero Mugres sea quien dice la Fiscalía que es, y después reordenar el escalafón de mando de los Guerreros Unidos. Lo que sí es verdad es que al Güero ya lo habían atrapado dos veces, la última en Iguala, Guerrero, en 2017, después de una balacera en la perdió la vida Jocelyn, su esposa. El Mugres era el jefe de trasiego de los Guerreros Unidos de Iguala para las plazas de Ixtapan de la Sal, Tonatico y Toluca y usaba el único corredor disponible para el cártel, que atravesaba una zona controlada por la Familia Michoacana y los Rojos para llegar a la capital del Estado de México, en donde el Mochomo y otros capos recibieron protección por años.

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