Miguel Alvarado

Metepec, México; 2 de julio de 2020. Tiene en los ojos el color de la tierra y mientras un cubano le corta el pelo, el señor Alvarado dice que se tuvo que venir de Colombia porque no les quedaban opciones contra la violencia. Suspira, pues sí, mientras el cubano termina su trabajo.

Está sentado a la mitad del taller mecánico habilitado como refugio de migrantes en Metepec, y que hace años administra, procura y alienta Armando Vilchis, que ha dedicado parte de su vida a ayudar a migrantes que atraviesan México, y que mientras deciden si llegan a Estados o se quedan, puede quedarse con él porque, como él dice “este es un refugio de puertas abiertas”, y aunque así lo denomina, el coronavirus lo respetó. Hasta ahora, no hay contagiados ahí.

El albergue sobrevive y ahora más que nunca se nota que algo está mal, que desde las políticas públicas de la Federación algo está mal o alguien no ha interpretado bien las órdenes. Pero si uno retrocede un poco, se verá por qué. La Federación debió negociar el año pasado un acuerdo con Estados Unidos para firmar de nueva cuenta el Tratado de Libre Comercio de América del Norte, a principios de julio de 2019. El gobierno de México, que se había declarado humanitario y favor de ayudar a quienes cruzaran por el país tratándolos de manera adecuada, fue a esa reunión sabiendo de antemano la posición que encontraría del gobierno de Trump. Así con una especie de mesa puesta: se habían aumentado los controles migratorios en la frontera sur y se había impedido la entrada de 250 mil migrantes cuyo destino sería Estados Unidos.

Para un país cuya migración interna ocasionada por la violencia del crimen organizado es, desde el sexenio de Vicente Fox, de 350 mil desplazados y de hasta un millón de personas contando las que han podido volver a sus hogares, el drama de quienes se quedan sin país no debería ser objeto de ningún intercambio.

Pero lo es.

Eso los migrantes no lo saben aunque ya han padecido la violencia de las fuerzas armadas en los puntos de cruce, en el violento sur mexicano.

El trato que consiguió Ebrard y que aplaudió el gobierno federal como un logro, incluyó además la instalación de más filtros migratorios, lo cual se consiguió militarizando esa frontera. Inmediatamente después de la reunión de Ebrard, México desplegó 21 mil efectivos, seis mil de los cuales irían al sur y el resto a la línea del norte.

El canje de migrantes por impuestos comenzó a trabajarse y se convirtió en uno de los trabajos más importantes de la recién creada Guardia Nacional. Un reporte de la organización no gubernamental Avispa dice lo siguiente: “en tan solo los cinco primeros meses de este 2019, el INM detuvo a 74 mil 031 migrantes, un 36% más que el año pasado, y un 105% más que en 2017, siendo abril y mayo cuando se produjo la escalada de intensidad en el control migratorio, como lo prueba otro dato: entre enero y mayo de este año, las capturas se dispararon 175%. Mientras que, en el mismo periodo del año pasado, solo aumentó 12%. Casi el 50 por ciento de los detenidos proceden de Honduras, país donde el régimen autoritario de Juan Orlando Hernández se mantiene apoyado por EEUU pese al descontento popular, al mismo tiempo que se agudizan las condiciones de violencia y pobreza, principales motores de la migración forzada”.

Pero esto no lo saben quienes migran. Para ellos, la violencia es la misma y por ahora no importa quiénes la genera.

Lo que importa, pero no lo dicen, es mantenerse con vida.

*

Al señor Alvarado no terminan de cortarle el cabello. Y mientras su improvisado peluquero se apura -le mete velocidad a la maquinita, se aferra a la esponja que le pasa por la cabeza, le limpia lo que ya está limpio- junto a ellos pasan otros hombres, y todos preguntan por Armando Vilchis, que ha dejado de trabajar en un auto para atender a las visitas. Llevan la comida, porque hoy los migrantes no han cocinado. Desde la última vez, hace un año, el espacio en donde se alojan los migrantes ha cambiado.

– Empezamos con algunos trabajos que nos iban a mejorar el lugar. Hubo algunos que se acercaron y ofrecieron recabar dinero para el albergue. Y lo consiguieron, el problema es que también cobraron ellos una parte y al final nos dejaron peor, porque quitaron el baño que enviamos, que era uno solo pero funcionaba muy bien. Lo quitaron y no lo rehabilitaron. Luego otra organización Talento 33, también consiguió dinero pero lo mismo, quitaron las canaletas de los techos y nos desprotegieron y tampoco hicieron nada.

Armando Vilchis se acomoda en un silla de verde de plástico, entre el espacio de la cocina y la improvisada peluquería y dice que ahora el número de refugiados ha subido y que hay entre 64 y 68 personas. “La mitad de ellas es cubana, nos las mandaron”.

Al fondo, en un rincón, un migrante escoge las verduras que se almacenan en cajas de plástico de distintos colores. Mientras lo hace, Neslie Washington, una emigrante hondureña, cuenta que salió de su país por la violencia que se vive allá. Viene con una niña y saben hablar misquita, que es el idioma del departamento de Gracia de Dios. Ellas conversan un poco para que se oiga cómo suena, y o que se oye es como un murmullo deslizándose en la pared. Las verduras ya están separadas y ahora hay que tirar el bagazo.


– El que era mi marido me golpeada. Primero poco y luego cada vez más. Me escapé de él- dice Nelsie, que sabe trabajar en restoranes.

De los casi 69 migrantes que duermen en el refugio, la mayoría sale a las calles a buscar dinero. Otros tienen algún tipo de trabajo y acuden a cumplirlo. Pero Armado Vilchis atestigua que los primeros que los extorsionan son los policías, estatales y municipales. “Los esperan en la esquina, saliendo de aquí, y les quitan entre 200 o 300 pesos. Los policías saben que algunos migrantes tiene dinero y no les importa. Los usaron para repartir publicidad negra en las últimas elecciones y cuando los descubrieron los arrestaron. Yo los ayudé a salir del problema”, dice.

Neslie Washington dice que le gusta México, y que su intención es quedarse a vivir aquí, aunque todavía no sabe dónde. Monserrat, la niña del señor Alvarado, que es contandor y en Colombia se dedicaba a las ventas, juega con una silla y el azul del reflejo le pinta su cara. Ella es rubia y mete las manos al agua que hay en la silla para pintarse después. No quiere hablar con nadie. No quiere asomarse a ninguna parte. No quiere, no quiere. Ya tiene un año en México y ella y su familia están a punto de obtener su regulación migratoria.

Por eso Metepec se ha convertido en una ciudad importante para los migrantes. Porque desde aquí y con ayuda del albergue pueden regularizar su situación.

Montserrat se mira las manos y quién sabe de qué se acuerda. Si su madre no le llama la atención ella se queda para siempre a vivir en esa silla.

– No, ya quedarnos. Ya me aceptaron el refugio acá en México.

-¿Ya?

– Sí, como asilo político. Empecé allá, en México. Me gustan los dos lados. Aquí estuvimos encerrados sin salir. Yo trabajaba en una empresa que se llamaba Agunsa, trabajaba de vendedora, una tienda de ropa- dice su madre mientras prepara una tinaja para lavar algo de ropa. Montserrat la acompaña y se le enreda en las piernas cuando alguien se acerca para vaciar los restos de las verduras.

Luego se dirige a la cocina, donde pondrá una sartén al fuego y después abrirá una sopa Maruchan.

-Ese de allá que se está cortando el pelo es mi marido- dice antes, cuando va a pasar junto a él.

*

– Acabo de ir a Chiapas a traer migrantes porque estaban heridos y les había disparado la Guardia Nacional. Mis papeles de derechos humanos me permiten trasladarlos más fácilmente. Cada vez está peor para los migrantes. Yo no estoy en contra del gobierno de López Obrador, estoy en contra de las malas decisiones del gobierno. A lo mejor él ordena una cosa y a los que les toca hacer las cosas no saben cómo. Yo no sé, pero lo que sí sé es que las políticas migratorias de México están cada vez peores, hoy están peor que nunca- dice Armando Vilchis mientras voltea a ver la pila de libros que alguien ha ordenado en pilas. Hay de todo entre esos libros, en inglés y en español, pero nadie los lee. Está el Curso completo del vino y un Atlas del Asia Tropical  debajo de la Enciclopedia Médica Familiar. También hay diccionarios de todo tipo. Tres jóvenes cubanos están ocupados mirando sus celulares. También internet en el exilio interfiere de alguna forma, pero uno no sabe lo que están haciendo.

El paso mexicano en la ruta migrante de Centro y Sudamérica es obligado, no queda de otra si se quiere llegar a Estados Unidos por tierra. Sin papeles, es imposible viajar en avión. Por eso, la importancia estratégica -por decirlo de alguna manera- que significa el país para Estados Unidos, que lo ha involucrado en lo que los militares norteamericanos denominan Comando Norte, y que no es otra cosa que un burdo ejército continental, diseñado para que, en caso de amenaza regional, las fuerzas armadas mexicanas respondan a las estrategias gringas. La migración, para Estados Unidos, representa un problema de seguridad nacional y por utiliza a otros países como escudos, pues saber que la ola migratoria se diluye a cada paso. Los gringos tienen razón. El secretario Ebrard, él solo, ha dicho que el flujo migrante ha disminuido desde entonces en 70 por ciento. Eso conlleva otras implicaciones, que el gobierno mexicano no quiere ver porque ha decidido cambiar impuestos por migrantes.

Que uno sepa, esos aranceles no han mejorado la vida de Armado Vilchis ni del refugio Hermanos en el Camino.

El cubano que empareja el corte de pelo ha salido de su país por problemas políticos y económicos y dice que es abogado. No lo tiene que decir, pero ha decidido comenzar desde cero, desde abajo y su máquina cortapelo le señala que puede llegar a ser un buen peluquero. Al final, para eso solo necesita unas tijeras, una silla y una bata que proteja al cliente. “Todos nosotros nos fuimos por esos problemas políticos”, lo cual, en México, puede significar cualquier cosa.

– Yo tenía mi oficio en Cuba, soy trabajador social también. Soy licenciado, pero lo de cortar el pelo lo estoy aprendiendo por acá. Ya yo tenía algo de conocimiento. Todos los que estamos aquí pensamos quedarnos- dice el improvisado peluquero, y entonces se concentra una vez más. No se da cuenta de que a su costado hay dos fotos en la pared, abandonadas casi o que nadie les hace caso. Una es el rostro del Cristo, que mira barbudo y silencioso la escena de la peluquería. Y el otro es una foto de Enrique Peña, cuyo rostro está tapado por una hoja de papel. Peña no ve que Ailem Marín Estrada ya ha terminado y que ahora, lo único que resta, es barrer los cabellos, dejar todo como estaba. 

Deja un comentario