Stella Cuéllar

Toluca, México; 1 de julio de 2020. Mi desacuerdo con AMLO no se encuentra tanto en el diagnóstico de algunos problemas importantes del país, sino en las soluciones que propone. No tolero su fe inamovible en el estatismo del nacionalismo revolucionario en el que se políticamente se firmó, ni su voluntarismo personalista. Para él, la solución está, en buena medida, en su persona y en quienes lo sigan sin crítica ni señalamiento alguno, y esto también le viene de su cultural política de caudillo personalista. Su desdén, llevado en algunos casos al desprecio absoluto por las instituciones -no son nada más a las instituciones, que innegablemente son disfuncionales y requieren limpieza, reajustes, auditorías- se ha generalizado. México requiere ciertamente un cambio institucional profundo, pero no sostenido en personalidades como la de él o la de quien sea. Creo, como muchos, que se necesitan estadistas comprometidos con las reformas, con un agudo sentido de realidad y que estén dedicados a la construcción de instituciones legales efectivas. Este no es el caso de AMLO, tristemente.

No se necesitan salvadores iluminados, demagogos y maniqueos.

AMLO alaba a Madero, pero hace ponderaciones desproporcionada sobre él. Carranza también fue derrocado y también fue asesinado, pero aportó más al cambio institucional que Madero, era más un estadista que un redentor.

Yo pugno por un cambio estadista y realista. No creo que necesitemos una redención moral.

En efecto, se congelaron algunas cuentas de huachicoleros, y ciertamente el Poder Judicial federal es el Gran Cártel. Cierto, la gasolina bajó porque el precio del petróleo bajó, y eso AMLO lo sabe, por lo cual no debió adjudicarse esa bajada de precio como un logro personal, como lo hizo. Está subiendo el precio del petróleo nuevamente, y de nuevo aumentan los precios de las gasolinas.

No necesito que se recuerde que en el 2009 y 2012 bajó el precio del petróleo y nunca bajó la gasolina, como no tendría que aclarar que AMLO no es quien controla eso. Calderón enfrentó la crisis subiendo el IVA del 15 al 16 por ciento, y AMLO desmantelando las instituciones del Estado, además de préstamos, no tan onerosos como los de sus antecesores, quizá. Ambas soluciones han sido un fracaso. Calderón subió el ISR de 28 al 32 % y AMLO no ha reajustado impuestos, aunque Morena propone nuevos.

Y sí, los números no son apreciaciones, 2 + 2 son 4 y no hay vuelta de hoja. Por lo que, siguiendo esa lógica, hay que sumar los muertos, los feminicidios, las extorsiones, los levantamientos y los asesinatos también.

Hace dos años voté por el cambio, por la 4T, porque me parecía, y aún me parece, que los gobiernos del PRI y del PAN llevaron a México a una situación insostenible de inequidad, violencia, muerte, corrupción e impunidad. AMLO arrasó en las elecciones y en verdad festejé su triunfo, que creí se traduciría en el inicio de un mejor estado de las cosas. No creí que fuera un mago, un mesías o un dios. Esperaba que fuera congruente con sus muchos años de lucha como oposición. Muy pronto demostró que no es capaz siquiera de sentar las bases para que este país comience el larguísimo proceso que lo lleve a un cambio. Rebautizó la política violenta y militarista de Calderón y Peña, y los resultados son los que podían esperarse de esa continuidad: mayor violencia, más muertos, más descontrol.


Aplaudo que se quieran limpiar las instituciones del Estado, los institutos autónomos, que sin duda tenían y tienen fallas muy graves, en algunos casos siniestras, pero no puedo estar de acuerdo en su desmantelamiento. Qué bueno que señale a los corruptos y las triquiñuelas si a la par de todos los señalamientos hay investigaciones, pruebas, detenidos, procesos judiciales iniciados y limpios, juicios y sentencias.

Sigue habiendo corrupción; sigue el ejército en las calles y con mayores atribuciones; siguen los funcionarios corruptos a la cabeza; siguen repartiéndose los recursos de manera discrecional; siguen los abusos judiciales; siguen los ricos sin pagar impuestos y cuando se logra que algunos (muy poquitos) lo hagan, se celebra como si fueran todos; sigue habiendo empresarios consentidos e impunes (Salinas Pliego es solamente un ejemplo); siguen sin tolerar la crítica a la actuación del Estado; sigue el Ejecutivo quitando a quienes se manifiestan en su contra; sigue la impunidad, aunque habrá que ver qué pasa con Lozoya. Pero Calderón, Peña y sus secuaces (la mayoría) siguen libres, gozando de lo robado; siguen imponiéndose proyectos que el Ejecutivo quiere, tal como los anteriores presidentes hicieron con los proyectos que impulsaron. Sigue la demagogia, pero ahora tiene un tono moralizador y adoctrinador, rasgo que no mostró durante sus muchos años de ser oposición. Entonces, sí, en mucho creo que sigue igual. Y lo peor es que AMLO representaba a la oposición. Hoy no hay contrapeso.

Por supuesto, aplaudo que AMLO quiera ver por los más pobres y desprotegidos del país, pero no creo que con becas, ayudas y donaciones de ínfimos recursos se solucionen sus problemas. Mejor que meta al orden a quienes les roban sus tierras y recursos (mineras, gobiernos estatales, municipales; cuerpos policiales, fuerzas armadas); a quienes les pagan nada por su trabajo; a quienes los reclutan para que sirvan a la delincuencia organizada. A muchos de estos miserables les ha dado recursos que en algo mitigan cada mes sus desgracias, pero a otros muchos campesinos se los quitó. No hay orden ni claridad en lo que da y quita.

Golpear a los sectores de cultura, ciencia, investigación, salud, entre otros, no me parece que haya sido certero, ni le encuentro sentido.

En fin. Hace dos años celebré el abarrotamiento en las urnas.

Yo no estoy satisfecha con el actual gobierno. No. Y reitero, no es que no esté de acuerdo con sus metas, que siguen siendo mías, pero sí, y totalmente, me refiero a sus modos. Y eso no quiere decir que aplauda o extrañe los sórdidos años del prianismo, no. Yo voté por AMLO, y eso me obliga a ser crítica y señalar lo que no me parece, que ciertamente es mucho.

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