Daniela Albarrán
Leyendo literatura de Oriente, me encontré con un idioma que no sabía que existía: El nu shu. Este lenguaje fue creado hace muchos siglos en China para que las mujeres se pudieran comunicar entre ellas sin que los hombres se enteraran, podría pensarse que fue un idioma para practicar el “chisme”, pero no fue así, pues en un mundo donde las mujeres eran silenciadas, este idioma les dio la oportunidad de alzar la voz y comunicarse en secreto con sus laotangs.

La palabra Laotang se refiere a la relación que se da entre mujeres; cuando son niñas PUEDEN elegir a su mejor amiga, a su alma gemela; en el mundo occidental, elegir la amistad es algo muy natural, pero en China, donde te imponen al marido, poder elegir a tu laotang es algo sagrado porque incluso es una relación más fuerte que la de la pareja, o la de la familia.

Cuando supe eso no pude evitar pensar que ojalá pudiera tener un idioma que sólo pudiese utilizar con mi mejor amiga, pero pronto caí en la cuenta de que, aunque no teníamos un nu shu, claro que teníamos un idioma propio que también implica el secreto, pues, aunque tenemos más libertades que las mujeres de China en el siglo XIX, hay ciertas cosas que seguimos hablando entre voces. Pienso en que ella y yo, y todas las mujeres con las que convivo, nos hemos obligado a inventarnos un nu shu particular, utilizamos eufemismos, hacernos señas, o nos hablamos en secreto para que los hombres no nos entiendan.

El nu shu es un idioma de mujeres, y su valor lingüístico es innegable, pero pienso en que el lenguaje no le pertenece a nadie, no es exclusivo y que es injusto que muchas veces no pueda utilizar mi lengua materna para hablar de las cosas que yo quiero y que me obligue a utilizar señas; yo ya no quiero utilizar un nu shu, quiero usar mi lengua como yo quiera y poder comunicarme con mi Laotang sin miedo; quiero evocar las palabras que nos han sido prohibidas y luchar porque el uso de mi lengua jamás sea un secreto.

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