Marcos T. Águila y Raúl Rojas

Toluca, México; 21 de mayo de 2020. John Maynard Keynes (1883-1946) es uno de los economistas más celebrados, pero también más denigrados del siglo XX. Su obra clave es la Teoría General de la Ocupación, el Interés y el Dinero, publicada en 1936, y preparada y discutida en su círculo más cercano de Cambridge al calor de la Gran Depresión de 1929-1932. El libro propone que el estado debe inmiscuirse activamente en la contención y superación de las crisis económicas. Keynes piensa, acertadamente, que el capitalismo no es capaz de solventar las crisis cíclicas por sus propios medios. De hecho este sistema se encarga de producirlas. Las crisis no desaparecen a partir de los mecanismos inconscientes y automáticos del mercado: la supuesta “mano invisible”, de Adam Smith. El estado debe intervenir, nos dice Keynes, precisamente cuando los empresarios frenan los negocios, por voluntad o por fuerza. Franklin D. Roosevelt, a quien el Presidente López Obrador gusta citar, aplicó una política keynesiana durante la Gran Depresión, antes de la aparición de la Teoría General. Paul Krugman, Premio Nobel y seguidor moderno de Keynes, ha recomendado fuertes incrementos del gasto estatal durante las crisis recientes, como en la del 2008-2009 y la actual.

Curiosamente, son los neoliberales y algunos economistas radicales los que han rechazado a Keynes. Desde la presidencia de Ronald Reagan y el sospechoso acceso de Trump a la presidencia, hablan de reducir el tamaño del estado y proponen grandes recortes a los impuestos de los grupos más ricos, para que, mediante sus opciones ampliadas de inversión privada, sostienen, se reactiven las economías. Lo único que demuestra la historia reciente es que la desigualdad social se dispara con los recortes fiscales, como han documentado Thommas Piketty y Emmanuel Sáez, dentro y fuera de los EU. Los activistas de la austeridad presupuestal son los mismos que durante la crisis de 2008 querían dejar quebrar a General Motors y Chrysler, sin pensar en los miles de trabajadores que se quedarían sin empleo. Se opusieron furiosamente a la inyección económica que significaron las inversiones estatales implementadas por el gobierno de Barack Obama, quien rescató no solo a General Motors, sino a muchas otras empresas. Obama las nacionalizó en parte, pero la mayoría de ellas pudo pagar los créditos destinados para su rescate unos años después.

Curiosamente, es un gobierno mexicano con intenciones de izquierda el que se inclina durante la crisis actual por el anti-keynesianismo, anclado en la idea fija de no endeudar más al país: el estado se lava las manos de lo que ocurra con miles de medianas y grandes empresas hoy al borde del colapso. Si quiebran, es su problema porque “ya no es como antes”. No se incrementará la inversión estatal, al contrario, se recrudece la política de austeridad “republicana”. Se critica la inyección de recursos financieros al sistema bancario por parte de Banxico y hasta se califica de “corrupción” un acuerdo entre un banco privado y empresas mexicanas para proveer de liquidez a aquellas empresas que la pueden transferir, a través del pago oportuno de facturas, a miles de sus proveedores. Qué paradoja: un gobierno que se proclama defensor del pueblo trabajador, facilita las condiciones para enviarlos al desempleo.

Por eso pensamos que las altas esferas gubernamentales deberían leer y aplicar a Keynes, especialmente su teoría del multiplicador económico. En la teoría de Keynes, la variable fundamental del crecimiento económico es la “demanda efectiva”, que no es otra cosa que la suma del consumo y la inversión totales. Del número de personas empleadas en la economía se deriva la función de consumo de bienes y servicios, que aumenta proporcionalmente con el empleo. Sin embargo, por diversas razones, incluidos los bajos salarios, el consumo se tiende a estancar en un nivel que no garantiza el pleno empleo. De hecho, en México apenas la mitad de la fuerza laboral se emplea formalmente. La inversión privada es abrumadoramente insuficiente. Por eso, sólo la inversión pública puede contribuir a cerrar la brecha entre lo que la sociedad podría producir y lo que puede adquirir momentáneamente. Si la inversión se reduce, la economía no moviliza recursos ociosos y se acrecienta el desempleo existente, corazón del subdesarrollo.

El concepto del “multiplicador económico” de Keynes condensa una idea relativamente sencilla: el nivel de consumo prevaleciente y una inversión inicial provocan que aumente el empleo y con ello la “demanda efectiva” de la sociedad. El punto de equilibrio de la economía se desplaza entonces hacia más empleo, que a su vez aumenta el consumo. De inmediato esa misma inversión tiene un efecto de segundo orden (una demanda inducida). Si todavía hay recursos ociosos, una segunda ola de contrataciones eleva de nuevo el empleo y con ello otra vez el consumo. Y así sucesivamente: cada nueva ola de contrataciones es un poco menor que la precedente, pero la suma de todas ellas hace que una inversión inicial actúe como estímulo para producir un incremento final del producto y del empleo más que proporcional a lo invertido. Si, por ejemplo, el multiplicador tiene el valor numérico de tres, una inversión que inicialmente conduce a contratar a mil trabajadores termina por convertirse en un aumento del empleo para tres mil, una vez que se propagan todos los efectos económicos derivados. Buena parte del empleo adicional corresponde a lo que se conoce comúnmente como empleos indirectos.

Para Keynes, una manera de aumentar incluso la inversión inicial, que a través del multiplicador se traducirá en mayor empleo, es a través de la reducción de la tasa de interés. El Banco Central puede aumentar la liquidez de la economía reduciendo la tasa de interés para estimular la inversión. Eso es exactamente lo que hizo Banxico en días pasados, lo que paradójicamente ocasionó la molestia presidencial.

En México se podría invertir en infraestructura por todo el país, por ejemplo, en energías limpias, o la ampliación del servicio de carga y la recuperación del pasaje de trenes entre ciudades que garantizan su demanda (Querétaro, Guadalajara, Nuevo León, Oaxaca, Acapulco). Sin embargo, el Ejecutivo se ha negado sistemáticamente a siquiera considerar la posibilidad de recurrir a la línea de crédito del FMI que México tiene disponible con esa institución. En aras de evitar un mayor endeudamiento se cierra los ojos al hecho de que la caída de la paridad cambiaria por sí sola, más la caída del producto, ya aumentó la relación deuda/PIB. De hecho, la Secretaria de Hacienda recientemente colocó deuda externa por seis mil millones de dólares que, claro, se necesitan, pero no cuentan “porque ya estaban en el presupuesto” (posiblemente estén etiquetados para el petróleo y otros proyectos considerados prioritarios). Basta revisar las estadísticas de la OECD para constatar que todos sus países miembros aumentaron su endeudamiento para poder salir del hoyo de 2008-2009. Fue también el caso de México en aquella ocasión.

Las políticas del gobierno federal para aumentar la demanda se concentran en la distribución de becas, ayudas y minicréditos, los que ciertamente contribuyen a elevar la demanda, pero no tienen un efecto multiplicador de largo plazo, como sí lo tienen las inversiones que inciden directamente en el empleo formal. El peligro que corremos actualmente es que desaparezcan millones de empleos en ese sector (con seguro médico y prestaciones) que no tendrán contrapartida. Es importante destacar además que empleos temporales, para sembrar árboles o tender una vía del tren, son relevantes, mas no sustituyen a los empleos estructurales, permanentes, integrados al aparato productivo y con efectos multiplicadores. Al final del día de lo que se trata es de mantener funcionando a las empresas y conservar y ampliar los empleos formales. Ambos, empresas y trabajadores, pagarán mañana impuestos (idealmente progresivos, como recomendaba Keynes), que servirán para saldar deudas, y sufragar los gastos y las inversiones gubernamentales.

Y si nuestros gobernantes no quieren escuchar a Keynes, pues a la mejor le hacen caso a Marx, quien explicó el multiplicador en una versión popular: “Un criminal produce crímenes … y con ello la jurisprudencia … además produce a la policía y a la justicia, sus cómplices, los jueces, verdugos, los jurados. Todas estas categorías del trabajo crean nuevas necesidades y nuevas maneras de satisfacerlas (…) le dan un empujón a las fuerzas productivas (…) combatirlo le da empleo a buena parte de la población”.

Si las empresas formales en México comienzan a quebrar una tras otra, si se generaliza el desempleo, se llegará a lo contrario de lo que busca el actual gobierno (el bienestar), por un mayor empobrecimiento de la población. Entre más profunda sea la crisis, más empeorará la distribución del ingreso hacia las capas más bajas de la población. Si el gobierno sigue subejerciendo sus recursos, si le apuesta a la pobreza franciscana y si no se preocupa suficientemente por la suerte de las medianas y grandes empresas, quizás el único multiplicador que tendrá efectos duraderos sobre el empleo será precisamente el mencionado por Marx.

* Marcos T. Águila (UAM) y Raúl Rojas (Universidad Libre de Berlín). Este artículo fue publicado inicialmente el 21 de mayo en el diario El Universal. Se reproduce con la autorización expresa de sus autores en esta plataforma.

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