Miguel Alvarado

Toluca, México; 6 de abril de 2020. Todavía no se sienten con fuerza los efectos del coronavirus pero ya hay un temor fundado, en todos los sectores del país, debido a la crisis económica y al mecanismo que, parece, llevará a la recesión a México. Las recesiones en una economía a como la nuestra han estado presentes en casi todos los sexenios y han generado crisis enormes. En realidad, las recesiones impulsaron parte de la quiebra de empresarios, los dueños de la iniciativa privada cuyo mayor volumen de negocios lo realizaban con dependencias públicas. Tras la crisis vinieron las quiebras, y tras las quiebras, los rescates financieros que se pagaron con dinero público. Esto es, los excesos y malas administraciones de las empresas las pagaron los ciudadanos de a pie desde programas disfrazados como ayuda para ese sector, la cual empujaría a la estancada economía de los empresarios, porque se trata del motor que mueve a México.

Nada más falso que eso. Programas como el Fondo Bancario de Protección al Ahorro, creado en 1990 tras la debacle del empresariado, no eran sino eso: un fondo de dinero público que se repartió a bancos privados para rescatarlos del cierre, de la ruina. Todavía en diciembre de 2019 se pagaron 51 mil millones de pesos relacionados con ese programa, que se vendió al público como un mecanismo de protección en caso de crisis. Y lo era, sólo que este mecanismo estaba destinado a proteger a los dueños de los bancos, no a los usuarios. Estos últimos perdieron todo, o casi todo. Sin embargo, ese Fobaproa dejó algunas enseñanzas, entre ellas las más infames: que el gobierno haría todo lo posible por ayudar al empresariado y que estos empresarios no eran los genios financieros ni los grandes vendedores, de éxito internacional y genios de las casas de bolsa. Eran, solamente, personas de inteligencia muy mediana y muy abusiva con contactos suficientes para obtener contratos de la función pública, lo cuales ejecutaban como querían o no ejecutaban en todo caso. Sólo tenían un cliente de peso, y ese cliente era el gobierno. El caso más reciente que ilustra lo anterior es el del empresario Ricardo Salinas Pliego, un ricachón que se benefició cuando Imevisión, Canal 13, fue prácticamente subastado y se lo entregaron a él. Hoy está convertido en el empresario consentido de Andrés Manuel López Obrador, junto con Carlos Slim. A cambio de la exención de impuestos, y a cambio de contratos por licitación directa, sin competidores, Salinas, el dueño de la mediocre TV Azteca ha comenzado una campaña publicitaria a favor del presidente, cuya imagen y actividades serán ensalzadas en los próximos meses con la intención de convertirlo en el héroe mediático que tanto busca ser.

Pero sigamos.

Recesión significa que las actividades económicas de un país o una región, en su conjunto general, se detienen, se desaceleran por un periodo de tiempo amplio, y esto afecta de manera significativa a esa economía, pero siempre desde los más pobres, pues es el sector que más resiente la falta de dinero, que literalmente, escaseará porque no circulará. Aunque hay otro tipo de moneda, como la electrónica, que circula desde tarjetas de crédito, depende de un fondo que la respalde, es decir, dinero contante guardado en cuentas de banco, que también terminará si no hay manera de alimentarla. La clase media, pobre y pauperizada, usa tarjetas de crédito para algunas cosas, incluso para el pago de impuestos. Los estratos más altos también las usan y las empresas lo mismo. Ese dinero electrónico no existe de facto, pero sí en un registro que indica montos, deudas, entradas, salidas, cobros y pagos que estrecha, cada vez más, a Hacienda con las transacciones monetarias en bancos y tiendas comerciales. Una recesión impacta al Producto Interno Bruto de un país de manera directa, lo cual significa más pobreza o menos riqueza, según sea el caso.

México, inserto en el sistema neoliberal desde siempre, parecería que intenta cambios estructurales, evidentemente significativos con AMLO a la cabeza. Pero no. El sistema es tan globalizado que no se puede. No es un cambio de gerente, sino un cambio de modelo, lo que generará un movimiento distinto, hacia otras direcciones, y nadie sabe si será mejor o no. Lo que se sabe es que, hoy 6 de abril de 2020, la mexicana es una sociedad injusta que aún padece de un gobierno injusto, letal, que sigue siendo neoliberal.

Y, con todo eso, el coronavirus.

El gobierno de México puede hacer bien poco ante la infección del coronavirus, que aunque ya ha provocado la muerte de 8 en el Estado de México y de 125 en todo el país, parece más una infección cuya potencia radica en el miedo. Algunas escenas narradas en redes sociales indican el inicio de la satanización de quienes pueden estar infectados, como enfermeras y médicos, a los que en la calle el vulgo lo golpea y aísla, creyendo que son portadores. Eso quiere decir que esta sociedad es frágil, pero también malévola. Es ignorante y a todas luces inoperante cuando se requiere de la comunidad. Porque, aunque lo parezca, no es lo mismo ayudar en un desastre por sismos, por inundaciones, que por un virus cuya definición de invisible, primer, y después mortal dados los casos fatales que se conocen.

 Recomendar aislamiento a un país en el cual una cantidad significativa de sus habitantes vive en la informalidad, funcionará apenas a pesar de los múltiples cuidados que se han tenido. La información fidedigna acerca de lo que debe hacerse no llega de manera adecuada a toda la población. En colonias marginales, como la Aviación, de San Pablo Autopan, por ejemplo, donde viven cerca de 3 mil personas, la mayoría obreros, campesinos y comerciantes informales, nadie deja de realizar sus actividades en público. Los niños juegan en las calles, las bodas y fiestas religiosas continúan y nadie cierra sus locales o deja de ofrecer la materia de su trabajo. Tampoco las empresas ubicadas sobre la carretera hacia Ixtlahuaca han cerrado, no todas y la actividad es tanta o más que antes de la pandemia. La realidad es que se encierran los que pueden encerrarse, se informan los que pueden hacerlo y muy pocos siguen normas de higiene adecuadas.

Poco a poco, las calles de Toluca se pintan con los distintos tonos de azul o verde de los cubrebocas.


¿Los 261 infectados mexiquenses pertenecen, entonces, a un estrato incomprensible para comunidades como la de la colonia Aviación en Autopan?

La desaceleración parece estar diseñada de antemano para necesitar de dinero que provenga del del exterior. Algunos países han sido acorralados para pedir préstamos al Fondo Monetario Internacional, lo cual sólo significa adquisición de deuda. México hasta el momento no ha contratado más, y según el gobierno federal, se podrá salir adelante gracias a los fondos de fideicomisos, que fueron cancelados recientemente, lo cual generó una ola de reclamos pero también aplausos. Cada fideicomiso tenía una función y si bien se abusaba de ellos, también era n necesarios para que dependencias como el CONACyT, incluso, pudieran financiar a entidades como la Marina en investigaciones propias de su ramo.

Por ahora, el plan económico de la Federación transita por el terreno de la abstracción, de las buenas intenciones como defender los empleos con apoyos a las PyMES, de garantizar que enfermos en situación de desamparo tengan ingresos dignos. ¿Cómo se hará eso cuando en todas la ciudades con brotes de coronavirus los propios médicos y enfermeras denuncian que los casos positivos no se registran?

También los empresarios, que tanto exigieron y suplicaron, tendrán exenciones fiscales para sus negocios. Que se consiga que apoyos a familias lleguen a quienes más lo necesitan para pagar agua, luz y otros servicios también está por verse, aunque eso ya se encuentra incluido en un plan de salvamento del gobierno. ¿De qué nos va a salvar el gobierno, entonces? ¿Cuál es el costo del embate del coronavirus? La pandemia, según el IMSS, matará a poco más de 300 mexicanos, si todo va bien. Pero si no, el fantasmal ejemplo de España estará acechando. Ahí, más de 13 mil muertos se han presentado como consecuencia no sólo de la desobediencia civil, sino de una serie de estructuras que dieron como resultado lo anterior. Con todo, la mortandad en México, no sería, ni con toda su terrible fuerza, como la de 1737, una peste que mató a 40 mil habitantes de la Ciudad de México, la cuarta parte de su población en aquel entonces. ¿Estamos seguros de que así será? La revista Contralínea le preguntó al matemático Víctor Ricardo Ruiz, quien a partir de un modelo estadístico construyó tres posibles escenarios. El primero de ellos es la réplica de lo que pasó en China. El segundo es como dicen las autoridades mexicanas que el coronavirus evolucionará. El tercer escenario se trata del ejemplo italiano. En todos los casos, dice Ruiz, los servicios de salud pública se verán rebasados.

Entonces, con un sistema de salud pública depauperado, que no podrá atender a los enfermos, los cuales, en la cresta de la epidemia, acudirán en masa a los hospitales, la verdadera catástrofe que se vislumbra será social y económica.

La otra epidemia es el encono. Poco a poco, la sociedad visibiliza sus grietas sempiternas, su lucha clasista, su condición de sumisión ante situaciones en las que no puede intervenir sino como mera espectadora, opinadora, señaladora, acusadora pero no actuante. En lo práctico se retrae. Se encierra. Se sigue agrietando. Ya dijimos que no es lo mismo una contingencia por terremotos que un ataque del narco a una escuela o la llegada de un virus mortal. No se trata de hacer un llamado a la unidad. Esto que es la sociedad en México es también lo que hay y lo que habrá durante mucho tiempo. Nadie va a hacer lo que no sabe, lo que no puede, lo que no quiere y nadie va a ofrecer lo que no tiene ni lo que no quiere.

Un escenario similar sucede en otros países de Latinoamérica, como Colombia, donde se acusa a su gobierno de incompetente. Las tragedias que se ven a diario desde Guayaquil en Ecuador, con muertos incinerado en las calles o los entierros en Brasil, donde enormes terrenos han sido habilitados como panteones envían otros mensajes, que en México se leen pero no se decodifican.

Porque ahora será momento de no salir, pero después, si el tan anunciado rescate económico no funciona, las calles mostrarán la fuerza oculta del coronavirus, que es el hambre, la pobreza, la pérdida de los patrimonios.  

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