Miguel Alvarado

Toluca, México; 31 de marzo de 2020. Una sensación de pérdida parecida a las auras de la epilepsia parece cubrir los minutos de estos últimos días. Se trata de algo que no tiene que ver con lo que somos, sino con la creencia de que la suerte existe como un destino manifiesto.

Estos son los días y las noches de la tos y el dolor de pecho, de la inquietante resequedad en la garganta. Una gran parte de la población en México considera que el contagio tiene que ver con la suerte, con esa clase de astucia que le ha permitido vivir al paria, al pobre, al que va al día y cuyo efecto se parece a la buena estrella porque el mal, cualquiera que sea, como se llame o se pronuncie, anida lejos y camina en otra dirección. Esa suerte también tiene que ver con los antivalores del rico, del aprovechado, del incapaz de ponerse en los zapatos del otro, de la lucha de clases y la pigmentocracia.

No, el coronavirus no es para todos porque el mal, lo concreto que significa, puede compararse a la orilla del mar lamiendo los pies. No a todos los ahogará el agua. 

Toluca, una ciudad pequeña aunque concentradora del herrumbre, es como el agua que irá subiendo para inundarlo todo de alguna manera. Y no, no sobra la buena suerte, aunque no por eso deja de implorarse.

Esta ciudad ha desoído los llamados a la cuarentena, al encierro voluntario y al medio metro de la sana distancia que pregona el gobierno federal y su campaña de publicidad relacionada con el coronavirus. Una ciudad como esta mide su actividad por la densidad del tráfico de la avenida Del Mazo, o los expendio de tortas que hay por todas partes. La saturación de los centros comerciales es otra de los síntomas de que todo está bien: en tiempos del coronavirus, familias enteras organizan partidas de caza para comprar un tornillo, unas pilas o las conchas para la merienda.

El metro y medio que ha recomendado el subsecretario de Salud, Hugo López, se va haciendo cada vez más corto conforme la fila se acercan a la puerta del banco. Veinte horas después de que el gobierno federal anunciara otras medidas para prevenir el contagio por coronavirus, en Toluca el acatamiento no se nota.

Hoy ha sido un día más de coronavirus, de mensajes por televisión o redes sociales en los que se advierte el desastre que se viene y que hoy, según todos los gobernantes, puede prevenirse. Este es un país acostumbrado a creer todo, excepto la verdad, y por eso a Hugo López le cuesta tanto responder en la sesión informativa de todas las noches las inocentes preguntas de reporteros que repiten, cada 24 horas, las mismas dudas, las cuales, en este punto, han pasado al plano de lo existencial. ¿Seremos más pobres después del coronavirus, subsecretario? ¿Cómo nos puede explicar lo que nos acaba de explicar? Todo parece entrar a una zona de trance. Primero pregunta Milenio y enseguida Notimex. El juego de gráficas que tanto gustan a los medios estará ahí, a disposición de todos los que las quieran, pero antes el conteo funesto: cuántos muertos, cuántos infectados y cuántas personas bajo sospecha, pues este virus es también la medición de la discriminación, aunque por ahora sólo sea sanitaria.

Una vez explicada la curva de la crisis y hasta que la desgracia graficada no diga otra cosa, Hugo López se mantendrá como el más popular, el más querido del país, incluso aunque los insumos no lleguen a tiempo o de plano nunca lleguen a los hospitales que reclaman el abasto.


México es realmente esa curva de muertos y vivos numerados.

En Toluca el fenómeno de las colas afecta sobre todo el trabajo de los bancos, aunque también a farmacias como la de San Pablo, en Paseo Colón, que organiza la fila de sus clientes en la calle porque adentro nada que no sea la distancia está permitido. Lo mismo pasa en la sucursal CitiBanamex, ubicada también en Colón, donde dos señoritas, como les dice el anciano de suéter verde, dos únicas señoritas hacen frente a la kilométrica serpiente que ya es la fila para entrar.

Viejos y solos, grita a todos el viejo de verde que se ha quedado a hacer fila mientras su esposa regresa al auto, derrotada por el sol. Viejo y solo, no le queda más remedio que pararse en la calle, a 27 grados centígrados, bajo el cielo sin contrastes de un marzo que ha durado lo que abril y lo que mayo juntos, y que en la escala del coronavirus ha resultado de una gran virulencia.

Así, así, la gente se va juntando y cada vez es más porque los bancos no perdonan los atrasos. Las filas de hasta 400 metros lo corroboran. Uno se encuentra aquí porque debe.

Lo que se ha anunciado para México tiene un nombre y se llama emergencia sanitaria. No es un todavía un Estado de Excepción porque nuestra guerra interna y los 260 mil muertos a lo largo de 12 años de violencia no son excepcionales. Tampoco lo es el año 2019, que rompió todos los récords homicidas. Lo que pasa en México en el ladrido de un perro, el profundo aullido de los lobos solos.

A estas alturas, uno se pregunta qué harán los empleados de centros comerciales como Liverpool, que oficialmente cerraba hoy sus puertas, y mañana no abrirá ni siquiera para ser trapeado. ¿Les pagarán sin trabajar? ¿Firmarán los trabajadores una hoja de conformidad en la que renuncian a sus derechos? ¿Pueden los empleados de Liverpool renunciar a esos derechos? ¿Existen aún esos derechos?

Las revueltas populares, los peores escenarios que nadie quisiera, suceden desde hace años en Iguala, en Chilpancingo, en San Fernando, en Tlatlaya, donde los heroicos soldados han acudido para apaciguar al pueblo. Pero todo eso se verá cuando se tenga que ver.

En Toluca, nada de eso puede pasar. La última vez que se llamó a la insurrección la ciudad la dejó sola, la prensa la dejó sola y las familias de los revoltosos los dejaron solos. Hoy, de los alumnos en paro de la Universidad Autónoma del Estado de México no se acuerda nadie, aunque pasarán atrincherados lo peor de la pandemia en las facultades de Ciencias de la Conducta y Humanidades.

Ellos, los olvidados, estarán más seguros que todos los demás.

En la fila de clientes, a las puertas del CitiBanamex, uno de los sistemas bancarios más injustos y abusivos del mundo, todos tosen y todos han estornudado al menos una vez en esta hora y media de estar aquí parados. Uno, dos, tres, cuatro personas con cubrebocas se alejan asqueados cuando alguien tose. Uno reconoce las miradas, porque desde ahí se marcan las diferencias: ciudadanos enfermos, pobres, trabajadores sin más opciones que seguir laborando.

Por eso están aquí.

Nadie sabe quién está enfermo y quién no, pero un policía, el guardia de la puerta, se ha metido a la sucursal tan pronto escucha un estornudo. Adentro, detrás de los vidrios que protegen las ventanillas, se le ve toser y aunque todos se ríen, uno por uno de los que están con él se levantan y se dirigen al bote del gel, donde se untarán un poco en las manos.

A un costado de la fila, que se extiende por la acera de Colón, tan serpiente, tan frágil como el metro y medio que sugieren que haya entre unos y otros, se ha instalado un vendedor de mangos, que observa en silencio a la gente que lo ve.

-No se cubre las manos, ¿ya viste? Y corta la fruta con el cuchillo sucio de todas las frutas peladas- dice una mujer a otra, que luego gritar: “¡a metro y medio, a metro y medio!”.

Pero nadie le hace caso.

Qué duro debe ser alistarse para el quebranto. Porque eso pasará con el aparato de salud pública del país, una estructura saqueada y esquilmada, fracturada, violada día tras día.

– Hola, buenas tardes- dice una mujer que vende perfumes, y que hace rato ha dejado de insistir porque Dior, porque Klein, porque Boss no se venderán a las dos de la tarde. Ni Polo, ni Herrera, ni Rabane. Pero ella, en el centro de su oasis, no desmaya. No puede cerrar porque su negocio ni siquiera tiene paredes y se reduce a la amplitud de una mesa circular, donde pone una canasta de palma y en ella los perfumes.

Dos jóvenes con cubrebocas llegan a la fila, que para ese momento parece una serpiente incierta. Uno de ellos reparte un volante, impreso en un equipo casero, que dice: “¡URGENTE MEXICANOS”!, en letras rojas que después harán juego con el resto del texto para simular los colores de la bandera. En ese papel se describe la maldad del coronavirus, pero su importancia radica en que, aunque sea información callejera, para unos será la única que llegue a sus manos.

Foto: Miguel Alvarado.

Y dice: “se transmite de persona a persona, 1 de cada 2 infectados no tiene síntomas, la saliva expulsada infecta, el virus entra por ojos, nariz y boca, un infectado contagia de 1 a 4 personas, puede ser mortal”.

Y dice: “¡ENTRE TODOS SACAREMOS A TOLUCA, A MÉXICO ADELANTE!”. 

Con la fuerza de algo que sólo él tiene, otro de los jóvenes se planta enfrente de la fila del banco.

– ¡Ya saben lo del coronavirus, así que vamos a tomar distancias, para que nadie resulte infectado y puedan llegar a sus casa sin dificultades y seguros! ¡Aquí tengo un metro!

Así, con todos mirándole, saca una cinta métrica, la cual abre hasta que alcanza el tamaño de sus brazos extendidos

– ¡Aquí tengo la medida que va a salvarnos la vida! Voy a pasar junto a ustedes para indicarles dónde deben pararse respecto del que está adelante!

Joven y embozado con su cubrebocas, con la cinta métrica como medida de la salvación, el hombre pasa con quienes hacen la fila, uno por uno, y señala con diligencia, con paciencia de enfermo, las distancias que hay que respetar. Y esta, una cola de indolentes en una ciudad indolente, con miles de caldos de cultivo en su genética social, se reacomoda en silencio.

Entonces, aunque la hilera se alarga, se consigue la distancia.

Más tarde, a las siete de la noche, el subsecretario de Salud, Hugo López, anunciará que hay 29 muertos, mil 215 casos positivos y 3 mil 511 casos sospechosos. Eso significa que en 24 horas hubo un muerto más.

– Según- dice el fotoperiodista Ramsés Mercado, de Toluca.

– Afortunadamente- dice el periodista local Marco Antonio Rodríguez.

Serán necesarias otras 24 horas antes de tener un reporte actualizado, aunque las cifras más cruentas serán para mayo, dice Hugo López. La explosión del coronavirus estaba prevista para marzo, pero nadie sabe lo que significa un mes en casos de pandemias como este.

Nadie lo sabe.

¿Qué es esta extraña enfermedad?

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