Miguel Alvarado

Toluca, México; 7 de marzo de 2020. Siempre la poesía ha sido un terreno fangoso, sin guías ni equilibrios, ni tampoco razones. Casi nada, casi en blanco, o casi en negro, también ha sido casi todo, una zona de niebla que a lo largo de los años ha sido rectora de otro tipo de literatura, incluso rectora de cosas tan duras o llanas como el reporteo. La prosa de una nota periodística hace años ha dejado de ser una narrativa adecuada, que transmita, además de que informe.

En un país profundamente feminicida, una tierra asesina y exterminadora la poesía no sirve de mucho, excepto para saber que habrá un mejor momento para todos, cosas y personas, animales y vida. De lo anterior, tengo esa seguridad arraigada que me da la familia, mis amigos y mi trabajo, los cuales combinados conforman una poética sin par, a veces de ritmos fallidos o forzados pero que en conjunto estructuran la continuidad que un verso aceptablemente bueno tiene. Y a veces, como en todo poema que signifique poético, hay dos o tres líneas de gran calado en la vida que se vive, que modifican nuestros puntos de vista.

Hay una crisis excepcional de seguridad en el país desde hace años y ahora que resulta más visible la violencia contra los grupos más vulnerables, uno se horroriza y se pregunta cómo pudo suceder así, porque no se ve como parte de ese problema. En fin, una serena ola de sangre baña todos los días las rendijas de nuestras puertas y una tonelada de información, casi toda en crudo, la respalda, aunque no la explique o la profundice para que se entiendan sus raíces.

Pero decíamos de la poesía, una de cuyas funciones es permitir la expresión en libertad absoluta, a veces ininteligible. Hay una colección editada por Almadía en cuya portada se abre una ventana, practicada con un corte sobre el cartón, que permite ver una imagen, la cual hace juego con la ilustración principal. Como las casitas de papel que se dibujaban en la primaria, las cuales abrían sus puertas y ventanas para permitirnos ver a alguien asomado.

Esa colección de Almandía es preciosa y entre lo publicado hay un libro escrito por Luis Felipe Fabre llamado “Poemas de Terror y de misterio”, que aborda el tema de los asesinatos desde el punto de vista cinematográfico y tomando como excusa los monstruos de algunas películas o tomando los nombres de actores como Helena Bonham-Carter (la novia de Frankenstein, para más señas), que han aparecido en ellas.

Y tiene poemas como estos:

“Una chica desaparece en circunstancias misteriosas:

   otra

chica desaparece y luego

otra

y otra y otra y otra y otra: no

hay motivo de alarma, explica

el jefe de la policía: según las estadísticas,

es normal que en México algunas chicas

desaparezcan. Pero

una noche, un cuello, un alarido, unos colmillos

     ensangrentados:

hubo testigos:

¡las chicas han vuelto!: […]”.

 Y cosas así. El libro, un librito por cierto del tamaño de un cuarto de hoja carta y con 102 hojas foliadas, fue publicado en 2013, hace siete años, cuando en México ya habían sucedido algunas cosas dignas de una película de terror, pero faltaban todavía más, como las masacres de Tanhuato y Tlatlaya, y el levantamiento que hizo crisis para siempre de Ayotzinapa. Se difundía de manera metódica estudios acerca de feminicidios, sus causas y sus números y se conformaban frentes para denunciarlos primero y protestar después, cuando las autoridades de todos los niveles decidieron no hacer caso.

Hoy, que la visibilización de todo lo anterior es distinta y más cruel porque no se tenía idea del tamaño de los ocurrido, el poema de Fabre parece cualquier cosa menos poema. Y no digo que se desde ese escrito o desde ese cuerpo de textos se haga apología de algo. Sólo me hace pensar si los intelectuales de “gran calado” como Fabre, nacido en 1974, no tienen otras cosas que aportar en este periodo. Ganador de todos los premios posibles y también de todas las becas, Fabre hizo su librito pensando en monstruos e incluye además a Sor Juana y a los sorjuanistas. Que las mujeres sean las víctimas predilectas de estos monstruos de aserrín y papel, ¿es una coincidencia con el México feminicida de 2020?


El librito de Fabre, que es un juego literario, tiene cosas como esta:

“Señora ama de casa: ¿está harta

de tallar día y noche

coágulos de sangre imposibles de limpiar

en la ropa de toda su familia?

¿Las vísceras embarradas en las paredes de su casa

no le permiten dormir?”.

Este poema, al estilo de un infomercial, recomienda después, para solucionar el problema de las manchas, comprar el quitamanchas Lady Macbeth, porque está “compuesto a base de microorganismos carroñeros”, y me sigo preguntando cuál será la posición de quienes escriben cosas así en este momento, con respecto a los feminicidios, a los 43, a Tanhuato, al extractivismo canadiense, a AMLO y a otras cosas, y por qué no dedican su enorme capacidad académica para escribir, pero escribir y profundizar sobre eso que atraviesa al país.

Dice Fabre en algún lugar de ese libro que ya todos tienen su poema acerca de la violencia, lo cual es cierto, y también es cierto que no ayudarán a resolverla, aunque sí a expresarla, a ubicarla, a excretarla, a gritarla, entendiendo que no todo lo que se grita es poesía, sino rabia contenida. Es muy difícil hacer poemas acerca de la violencia, pero los buenos ejemplos sobran. También es muy difícil hacer poemas acerca de monstruos, quitamanchas y sorjuaniustas, y no sobran los buenos ejemplos. Me acuerdo de uno, que no es el de Fabre:

Es noche

velada,

profunda,

callada . . .

No se oyen

ruidos

la calma

turbar;

no tienen

acentos

las olas,

los vientos:

parecen

dormidos

el campo

y el mar.

II

Aun liviano,

débil, vano,

cual zumbido

muy lejano por el llano

nace un ruido…

no es acento

que alce el viento

ni el cercano

rudo aliento

del océano:

Un lamento

sobrehumano

parecido

ya al gemido

con que clama,

ya al aullido

con que brama

de horror llena

la alma en pena

sin abrigo,

que en castigo

sempiterno,

rauda sigue,

cruel persigue

roja llama

del infierno.

Se trata del larguísimo pero conmovedor Los Duendes, de Víctor Hugo, y que puede leerse completo aquí. Víctor Hugo, un activista de los derechos del hombre como se entendían en su tiempo, un combatiente de acción y palabra en el siglo XIX que le tocó vivir en París, sabía de la importancia de la palabra, de efecto que causa y de la importancia de expresarla inteligentemente. Sí, las comparaciones son injustas, sobre todo porque no hay comparación que valga.

Pero una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa.

Yo compré el librito de Fabre porque me gustó la portada y leí Los Duendes de Víctor Hugo porque me gustó el poema.

Deja un comentario