Luis Leobardo Hernández Sánchez

Toluca, México; 25 de febrero de 2020. En los últimos días la actividad estudiantil de protesta ha crecido, no sin motivo, y diversas coyunturas convergen para que detone el disgusto de los jóvenes. La UAEMéx se ha visto impedida, por no decir negada, al diálogo; el rector acude a reuniones con estudiantes y dice, promete, “informa” siempre poniendo la cara menos peor de disgusto y afirma con presteza que se hará justicia, que la institución es de los jóvenes, que esto y que lo otro.

Lo cierto es que en estos momentos se visibiliza la ruptura y simplemente no hay conjunción. Unos aprovechan para ganar “un poco de dinero extra”, otros para cometer delitos al amparo de las autoridades universitarias y los más se ocupan en protegerse como pueden de los primeros dos grupos. Al final, ninguno va a lo que debe: estudiar (considerando que quienes así lo desean son el grupo más vulnerable).

En este aspecto hay un nexo perdido, el que debería conectar al estudiante con sus autoridades: los consejeros, jóvenes brillantes, sin mancha en el historial académico, cuyos principios deben ser la lealtad a los compañeros y la misión conciliadora o demandante (según lo marque la circunstancia), la voz del estudiante en la universidad, el pensamiento crítico que asume compromiso con sus representados.

Mas el mundo no es perfecto y hay lo que hay: jóvenes buscando un puesto con la finalidad de acrecentar su currícula, serviles y comprometidos con Rectoría porque se tuvo el buen tino y gracia de elegirlos como parte de la corte del rector. Claro está que generalizar es injusto y no todo aquel que busca ser consejero es así. No, hay quienes con legítimos ideales buscan ser electos y llevar las ideas del alumnado a las autoridades. Sin embargo, y lo he visto, estos mismos terminan de pronto frustrados por la ineptitud, falta de voluntad y compromiso de los otros miembros del consejo.

Un par de años atrás, en la Facultad de Humanidades, tras un lamentable caso de feminicidio, se dio otro suceso prolongado de acoso. Un sujeto entraba a la facultad y seguía a varias estudiantes, hostigándolas incluso dentro de la biblioteca. Un grupo de afectadas, en colaboración con algunas ex consejeras egresadas, buscó la vía para que esto se denunciara, sin embargo, los consejeros en turno, por omisión, falta de compromiso o cualquier cosa, decidieron bloquearlo con la vieja estrategia de “estamos trabajando en eso”, “ya hablamos con…”, etcétera.

Hoy por hoy, los consejeros lanzan una sentencia inverosímil: “la Asamblea de la Facultad de Humanidades no me representa”, afirmando que no se conforma por estudiantes. Sin embargo, la Asamblea de Humanidades, creada algunas generaciones atrás, siempre se ha conformado por estudiantes en turno y algunos egresados. Los alumnos de la facultad han puesto en gran medida su voz y voluntad en este grupo debido a la falta de representatividad en los representantes oficiales.

Los consejeros se desmarcan de una parte importante del estudiantado de la facultad, síntoma inadmisible de la falta de voluntad de diálogo con su comunidad. El consejo separa por cuenta propia la responsabilidad que tiene y afirma, de forma categórica, que sólo representa a quienes piensan igual (que en Rectoría). Queda manifiesto nítidamente: hoy los consejeros alumnos representan al rector y no al estudiante.

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