Marco Antonio Rodríguez

Toluca, México; 23 de febrero de 2020.

Deambulaba. Su concentración estaba en sus pies, en su ritmo y en ese texto que aún no conseguía crear, principalmente en lo último. Ignoraba su entorno mas iba con pasos atinados: dos largos y luego dos cortos, como bailando un tema popular de Popòvsky, un músico de la región.

Aquel era uno de esos días en que la lluvia muerde el concreto con amor celeste mientras entona una orquesta incierta de chipichipi. La tierra hacía lo propio aunque percutía música sin sentido, pues sus compases no lograban inspirarle.

Nada ni nadie de los de alrededor podía captar su mirada y en cambio sus ojos perseguían las piedras pequeñas del concreto lastimado y las esporádicas hojas color café de los ficus y arrayanes marchitos del rumbo. Era zona agreste, libre de ideas.

Caminó tanto como pudo, siempre con la cabeza gacha; había decidido no erguirla pues buscaba en su mente la imagen precisa que le permitiese agrupar palabras dentro de una oración por ahora inexistente. Escuchaba voces pero las ignoraba y evitaba -a toda costa- la ingrata distracción con pláticas ajenas. Sabía que, consecuentemente, inundaría su cabeza de aspectos innecesarios para su ambicioso proyecto creativo.

Caminó una hora y caminó dos. El cansancio y sus pies llagados daban origen a las letras que apenas germinaban en un salón recóndito de su crisma, un lugar misterioso. Sintió paulatinamente dolor y entonces sus labios dibujaron una curvatura en forma de u, pues a medida que el dolor acrecentaba, cierta cosquilla estomacal le daba por fin palabras sólidas a su mente. Empezó con un par de ellas: falso amor.

Recurrió luego a las reminiscencias de tiempos aciagos en la juventud mientras sentía cómo de a poco se clavaban cada vez más hondo sus pies en el lodo áspero del camino. Gran recurso el de las memorias, pensó.

Ahora libraba también una lucha por no enterrarse; sentía que al hacerlo se extinguirían también las escasas imágenes y paupérrimas fuerzas que le restaban. Se detuvo un tiempo, rascó su sien deseando pellizcar alguna frase, aunque no consiguió mucho, apenas la primera línea que decía así: En el lienzo de tu piel solo escribí ficciones.

A mayor dolor también más inspiración. Bufaba ahora como un toro en el ruedo, pero sentía placer. Pasaron los minutos y quizás un par de horas hasta que un ave negra de aspecto humano le llevó por fin a escribir. Tomó ágilmente su pluma, le chupó la punta y entonces escribió con una letra perfectamente legible:

Falso amor
En el lienzo de tu piel sólo escribí ficciones.
Eyaculé mi alma y hendiste mi cariño;
tu desdén abrasó el ensueño de un amor infinito
y se volvió cenizas.

Puso punto final y firmó con un alias absurdo. Sonrió de pronto con una mueca incierta y nerviosa. Leyó y releyó sus frases pero en la última revisión ya sintáctica u ortográfica de súbito lloró con gritos desesperados. Lloró como un niño hambreado. Las líneas, que para entonces se desdibujaban en comunión con la lluvia, no convencían a sus exigencias.

Sintió de pronto un vacío interior. Sintió también cómo sus pies hundidos en el lodo áspero se llevaban consigo sus ganas, sus ideas y su fe. Rompió la hoja y secándose la fuente que era su rostro, volvió a bajar la mirada recordando confusamente aquel ave negra de aspecto humano. Volvió a caminar. Caminó tanto como pudo. Caminó sin rumbo.

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