Miguel Alvarado

Tenancingo, México; 18 de febrero de 2020. Ese domingo hubo una feria en el centro de Tenancingo, frente al palacio municipal, pero no habían llegado las carpas y las lonas para la función de lucha libre que se presentaría al rato. Los propios gladiadores las iban a armar, pero un rumor recorría el muro de aficionados diciéndoles que estaban retrasados pues su camioneta se había averiado. De todas maneras la gente se arremolinaba, aunque faltaran cuatro horas para el comienzo.

Junto al palacio municipal estaba la cárcel, apenas un reducto cuya puerta se había abierto y cerrado todo el tiempo porque ese domingo de septiembre de 2015 era el día de las visitas y algunos podrían ver a sus presos, encerrados ahí porque eran pobres, sin dinero para pagar la defensa necesaria ni tramitar amparos o pagar las fianzas. La de Tenancingo era una cárcel diseñada para quienes no podían defenderse, pero no por eso dejaba de ser un lugar peligroso.

Hasta hace poco estaba controlado por sicarios del cártel de la Familia Michoacana, y en abril del 2010 se fugaron ocho reos, a quienes se les relacionaba con esa organización. Esa fuga incluyó un agujero en la pared, que les abrió paso por un hotel vecino, en construcción, y de ahí a la salida, donde los esperaban tres autos.

Pero evadirse no era una opción para todos, y ahora menos, cuando en 2019 entró en funcionamiento el nuevo Centro de Readaptación Social de Tenancingo Sur, en el Estado de México, con capacidad para mil 40 espacios, que han ido llenando con reos provenientes de toda la entidad.

La cárcel, pues.

Pero en 2015 la antigua cárcel de Tenancingo era vecina del palacio municipal. En realidad, presos y empleados públicos compartían la misma construcción. Los reos, todos, eran pobres y casi nadie tenía para pagar un abogado. Casi el 80 por ciento debe resignarse a la defensoría de oficio, que en condiciones de miseria significa la pérdida del caso o todavía peor, seguir para siempre sin obtener sentencia, a la deriva entre un juez y otro. El restante 20 por ciento ni siquiera pensaba en un lujo como ese.

Ahí, en esa cárcel estaban dos hermanas haciendo fila para entrar a ver a un amigo. No le llevaban nada, sólo conversación para enterarlo de lo que pasaba afuera. Cuando salieron volví a verlas, sentadas en una banca mientras esperaban la función de lucha libre. En la plaza central de Tenancingo se reunían los familiares de los presos para descansar un momento antes de plantarse a las puertas de la cárcel. Quienes iban a verlos revisaban por enésima vez la comida que llevaban a sus reos, preparaban credenciales y los permisos. Era un día de fiesta porque los verían. El penal tenía una capacidad para 120 usuarios, y desde el 2010 el gobierno del Edomex reportaba una sobrepoblación del 68 por ciento.


Dos palabras daban identidad a los cerca de 200 reos que habitaron en este penal: la tortura.

Eso, porque a los que eran inocentes jamás los acusó nadie. Fue la misma policía que los usó para justificar crímenes de otros: les fabricaban escenas poniendo todos los elementos, con todo y falsos agraviados. Los familiares que se arriesgaban a contratar un defensor terminaron estafados y así ninguno salió con ayuda de un abogado hasta 2015.

A la cárcel se entraba por una puerta verde que conducía a un patio enclavado en el centro de aquellos muros. Antes se pasaban los controles, fronteras salvajes que pretenden ser civilizados pero no. Respeto es lo único que no se conseguía cuando el policía que tomaba los datos, la mujer que revisaba a los visitantes, tocaban, miraban y olían todo. ¿Qué podía meterse, que no se dieran cuenta? Prácticamente cualquier cosa, si uno pagaba el precio, que era, para casi todo, de 200 pesos.

Afuera, en medio de la feria, los comerciantes gritaban, armaban, vendían en los puestos la ropa y las banderas o los sombreros, los autos de juguete y las pinturas para las mujeres o las niñas.

Ahí, en medio de todo estaban dos mujeres, que resultaron ser hermanas.

– Dígale que le cuente, ella se sabe la historia de María Belén –dijo entonces una de ellas, que sentada en la banca era del tamaño de un niño- Dígale que le cuente. O dígale que nos diga, porque ella estuvo… bueno, yo también, cuando la mataron, hace un año. Era nuestra prima y la queríamos mucho- dijo de nuevo.

Eran las 12 del día y los llamados a misa daban lo mismo. Alguien cantaba mirando allá, donde debía estar dios, pero si estaba no se veía. De este lado el diablo tampoco se había aparecido, aunque sí había algo muy similar.

– Fíjese, María Belén tenía 12 años y en su casa no la querían.

La que hablaba se llamaba Laura y en sus manos

no había nada

ni culpa

ni piedad.

La otra lleva los audífonos atravesándole las orejas y se toca las manos con el envés de un envase de unicel. Laura empieza a hablar, sorbiendo el agua de frutas que se había comprado un poco antes.

– Bueno, le voy a decir, pero no es que lo sepa todo.

II

María Belén era una niña muy grande de estatura, más que ellas, que cuentan lo que cuentan desde una pequeñez extraordinaria. María Belén era una niña y era tan grande que en 2014 apenas tenía 12 años.

– Esta niña iba a la escuela pero no le gustaba y cuando podía no iba, se iba de pinta y andaba en malos pasos.

– Pero yo digo –decía la otra hermana, interrumpiéndose al mismo tiempo- pero yo digo que la culpa la tenían los padres de ella, que sabiéndolo no le ponían atención.

– Eso tiene ya un año- dijo Laura adelantándose de nuevo a la hermana, mientras se acomodaba el pelo y se ajustaba el pants, la chamarra rosa de peluche.

– Ella venía a nuestra casa y estaba conmigo mucho tiempo. Su mamá decía que no le gustaba que estuviera conmigo y con el que ahora es mi pareja, y le empezaba a prohibir que se juntara con nosotros. Yo decía que…

– ¿En qué trabajas?- se le preguntó entonces.

– ¿Yo?, ¿yo? Pues hago de todo. Orita, por ejemplo, en un puesto haciendo quesadillas en el mercado, pero trabajo nomás media tarde. Recojo la basura de la cárcel. O sea que entro y me la llevo, y antes recogía latas pero luego ya no fue negocio porque empezó a recogerlas el gobierno, también, y ya no las compraban igual.

En una de las jardineras del centro de Tenancingo, un joven delgado se había sentado para observar a Laura. Ella dijo que él era su pareja. Junto a él, dos hombres y una mujer deshacían una bolsa de mandado y armaban un paquete de alimentos, cuidadosamente escogidos porque alguien entraría a la cárcel a visitar a un pariente.

Y ese abandono, el de Laura y el de su hermana, ellas mismas lo han ubicado en la más misteriosa de las normalidades. Para ellas no era posible que alguien viviera de otra forma en la que ellas vivían.

– Porque le digo… -dijo por fin Laura, mirando hacia acá de nuevo.

III

María Belén era una niña de 12 años a quien no le gustaba la escuela, pero iba en sexto grado de primaria en la escuela local José María Morelos. Iba cuando quería y los maestros alertaron a la familia de las inasistencias, pero nadie hizo nada por ella. La niña, además de no ir, comenzó a juntarse con adultos, con quienes se sentía identificada por alguna razón. Con ellos -decía- aprendió que el mundo tiene otras formas. Asistió a reuniones donde la ebriedad parecía una obligación y miraba cómo se terminaba casi siempre en la calle, tirado en la banqueta, sin llegar a ninguna parte.

Luego, dicen las hermanas casi a coro, alguien comenzó a llevarla con otras personas, unos eran policías, para que los conociera y les diera besos.

Les diera besos.

IV

La niña María Belén de 12 años se había transformado radicalmente. Una noche llegó a la casa de Laura con chupetones en el cuello.

– ¿Qué son esas marcas que tienes? –le preguntaron.

– Nada, son marcas de la bufanda -dijo, mientras se cubría con alguna prenda.

– Una vez María Belén se cayó como un bulto a mitad de la calle, cuando llevaba de la mano a mi hija –dijo una de las hermanas- Ni siquiera metió las manos, como si se hubiera desmayado. Cuando pudo pararse, nos dijo eso, que se había desmayado porque no se había sentido bien los días anteriores.

V

Una noche Laura llegaba a su casa de trabajar, cerca de la medianoche. Allí la esperaba María Belén, quien tenía una maleta en la mano, la cual dejó para ayudar a Laura a acostar al bebé, con quien se quedó un largo rato, hasta que, al fin, dijo que ya se iba.

– Ya vete, porque luego te regañan y de paso me regañan a mí –dijo Laura.

María Belén se despidió, abrió la puerta y se perdió en la calle.

Al otro día, la hermana, la que no se llama Laura, fue a visitar a su tía y a ver también si se encontraba María Belén. La niña no estaba, pero la tía le ha pedido que barra el patio.

– ¿Por qué? 


– Si quisiste a María Belén como dices, barre el patio para que esté presentable para cuando vengan las personas. Van a traer el cuerpo de María Belén, porque amaneció muerta en la calle. Alguien la mató.

VI

A María Belén no sólo la habían matado. Torturada primero, había muerto ejecutada, de manera muy parecida al asesinato de un tratante de drogas que tenía problemas con los jefes del negocio en la región. A los familiares les explicaron después que ella nunca había llegado a su casa, y que estuvo con algunos hombres, en un paraje. Allí fue golpeada hasta el desmayo y después su cráneo atravesado con un taladro. Para terminar, dejaron caer una roca sobre su cabeza.

VII

El 26 de mayo de 2014 una manifestación de al menos 200 personas tomó el centro de Tenancingo para exigir que la muerte de María Belén Bustos Jardón se castigara. No quedara impune, como dicen. Su cuerpo masacrado fue hallado en el callejón de Matamoros, atrás de un templo administrado por testigos de Jehová, a la entrada de Tenancingo. Ella, que se dedicaba a vender postres en el centro de esa ciudad, fue reportada como desaparecida el 13 de mayo de 2014. La policía dijo que había sido raptada y violada.

Y eso fue todo.

VIII

En ese silencio de máscaras y capas, de tipos musculosos pero pequeños, de gritería de niños y campanas católicas, Laura sorbió el resto del agua de frutas. En su rostro no hay nada, ni siquiera arrugas. Ahora sí refleja su edad, 22 años, aunque un minuto antes pareciera de 30.

– Y luego llegó la policía para interrogarnos a todos –dijo por fin.

A Laura se la llevaron, después de una primera sesión de preguntas, porque algo no cuadraba. ¿Por qué Laura y su pareja se habían ido de casa, a la hora en que sucedía el crimen?

– Yo no debo nada -dijo ella de repente, ahora mirando hacia el palacio municipal.

No debía nada pero fue torturada, dijo. Fue golpeada para que contara lo que había ocurrido. Ella no dijo nada porque no sabía nada, afirmó entonces.

– Y también le tocó a mi pareja. Luego de que nos pegaron y nos preguntaron, nos dejaron ir y hasta nos dijeron en la Procuraduría que nos iban a convertir en testigos protegidos.

– ¿Por qué testigos protegidos?

– No sé, nosotros no vimos nada.

IX

Laura se fue como había llegado, a jalones, porque tenía que trabajar. La hermana se quedó un rato más, todavía. Ella comía dos garnachas y bebía un refresco, en el puesto de la esquina. Todo el tiempo, desde las 12 del día, había esperado estar sin su hermana para comer sola. La historia de su prima María Belén representaba para ella un abismo que la jalaba, que la ubicaba en los bordes de aquel conocimiento a medias y que la perseguía porque ella no sabía, aunque no era tonta.

Y a nadie engañaba. – Ella no le contó todo- dijo, mientras pedía la siguiente garnacha.

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