Miguel Alvarado

Toluca, México; 17 de febrero de 2020. “Yo no puedo criticar a la Cuarta T porque estoy dentro de ella”, fue la contestación de un funcionario estatal cuando le pidieron su opinión acerca del actual panorama en México de violencia, pobreza, educación y otras actividades. Después dijo otras cosas y defendió al actual régimen de gobierno prácticamente con las mismas palabras que el presidente Andrés Manuel López Obrador utiliza en sus mañaneras: “se ganó el poder por la vía democrática, eso significa que no puedes deshacerte de todos de un golpe. Una revolución habría fusilado a los oponentes. Se necesita tiempo. Respecto de las fuerzas armadas, se evitó un golpe de Estado con las decisiones que se han tomado. Hay cosas que suceden para beneficio de la población que no se publican en los medios. Los medios tergiversan todo porque hay una campaña contra el licenciado. Hay aún defensores poderosos de las anteriores administraciones que bloquean el trabajo del licenciado”.

Las formas de quienes antes eran oposición son las mismas que se usaban o se usan con gobiernos del PRI, del PAN y del PRD. Llamar licenciado a AMLO es una de las muletillas más encarecidamente utilizadas por los defensores a ultranza del actual gobierno federal. Que digan que no pueden criticarlo porque trabajan en la Cuarta T resulta, sin embargo, la prueba de la trasmutación del viejo régimen en esto amorfo que no deja de ser Morena. Pareciera que se viviera en el periodo del macartismo o en el del estalinismo, uno gringo y el otro soviético, pero ambos caracterizados por perseguir a comunistas y a aliados de los norteamericanos con singular letalidad y crueldad efectiva.

Pero con todo el significado que tiene lo anterior, solamente se trata de formas.

Lo verdaderamente terrible es el contenido que les da cuerpo a esas ideas que han enceguecido a la mayoría de los que trabajan para el gobierno de AMLO y sus aliados porque esas ideas parecen alucinaciones persecutorias y después porque eso mismo les impide actuar con la congruencia que se ha necesitado siempre y que siempre ha estado ausente.

Ese contenido es la realidad que vivimos, una realidad asesina e impune, que ha colocado a la población en un estado de paroxismo que puede reventar en brotes de violencia impulsados por eso, por el miedo exacerbado. No significa que se traten de intentos conscientes para cambiar las cosas y aunque en el camino se van encontrando articulaciones y liderazgos, no gobierna la razón sino el impulso. Esos movimientos estarían condenados a perder al final, como siempre.

Pero si ocurriera que la razón produjera un movimiento de protesta activa permanente, entonces se estaría gestando una revolución. Este régimen no puede ser distinto a los anteriores, pues fue el sistema que encumbró a aquellos el mismo que permitió l allegada de AMLO y su cambio prometido. Entonces, no tendría por qué cambiar lo sustancial: el despojo de la riqueza de México y el genocidio practicado contra mujeres, niños y grupos indígenas; el negocio de los desplazamientos forzados y del narco, así como el del transporte público, la posesión de la tierra, la construcción, el tráfico de armas y el negocio del terror.

La niña Fátima, de siete años, fue asesinada en circunstancias todavía poco claras. Que si fue un hombre llamado Alan Herrera, que ha matado a varios miembros de esa familia, o que la madre de la niña no era apta para cuidarla por motivos de salud no queda claro. Pero eso se esclarecerá al paso de los días.  La muerte de una niña que fue sacada de la escuela a donde iba porque los profesores no pudieron acompañarla hasta que llegara su madre, revela el tamaño del monstruo que es México. Otra parte de ese monstruo es la que le toca a los asesinos: torturada, violada, extirpados sus órganos, la niña fue encontrada dentro de una bolsa de plástico botada en Tulyehualco, en la ciudad de México.

Otra parte del monstruo le corresponde al gobierno en turno. Ya a Obrador se le había venido el mundo encima en los foros de la Reconciliación, en 2018, antes de asumir como presidente. Meter a todos los sobrevivientes de asesinatos, feminicidios, secuestros y otros delitos graves no era buena idea si no se tenía claro lo que se iba a decir. Obrador dijo: “perdonen”. Y los afectados le respondieron: “para perdonar necesitamos saber a quién vamos a perdonar”. Y entonces le exigieron justicia, la cual ha llegado a cuentagotas o ni siquiera ha llegado.

El enfermo asesinato de la niña Fátima -uno más y no será el último- parece opacar el resto de los problemas graves del país, y que se cuentan desde el desabasto nacional de medicamentos, la pérdida del valor adquisitivo, la pérdida de trabajos, la economía detenida.


La respuesta de Obrador ante la pregunta acerca de Fátima incluyó una petición: “por favor, no nos pinten las paredes ni los edificios”. Otro, en su lugar, habría tomado un balde de pintura para rayar el salón donde se realizan esas confusas conferencias presidenciales, cada vez más parecidas a un paredón.

A AMLO no se le pide que salga armado de Palacio Nacional como lo hizo Salvador Allende para defender su investidura antes de morir ejecutado por las fuerzas del general Pinochet en Santiago de Chile. Lo único que se le pide es que use su gran inteligencia, esa que, dicen, lo llevó a ganar las elecciones pasadas.

Porque si no la usa, el mensaje que envía es que no la tiene. Y, una vez más, nos habrán visto la cara.  

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