Miguel Alvarado

Toluca, México; 10 de febrero de 2020. Es uno de los municipios más boyantes del país, junto con Huixquilucan y Coacalco, coincidentemente también dos zonas infestadas por el narco. Huixquilucan, gobernado por Alfredo de Mazo en los momentos en que jefes narcos y cárteles del narco se asentaban ahí, en los superexclusivos fraccionamientos que siguen desarrollándose todavía, cobró fama por la protección que la policía les brindó a los criminales.
Coacalco, Narcoacalco para el resto del Estado de México, fue asentamiento de grupos criminales y narcos protegidos, sobre todo, por el alcalde priista David Sánchez Isidoro, en 2009.
A pesar de la violencia que arropaban, esos municipios crecieron aceleradamente aunque los beneficios no sean para todos. Una enorme desigualdad social y económica que puede verse a simple vista corrobora lo anterior. La llegada del narco a esos lugares, entre el 2008 y 2009, coincide también con ese crecimiento y con la construcción de plazas comerciales, los mismos desarrollos inmobiliarios.
El caso de Metepec, en el valle de Toluca, es muy similar. Casi siempre bajo administración priista, el municipio cambió su denominación de “rural” desde 1985, cuando el terremoto de ese año expulsó a cientos de capitalinos hacia las provincias. Metepec acogió a muchos de ellos. Les dio trabajo, que encontraron en la zona industrial de Lerma- Toluca, y les dio casa, cuando construyó para esos emigrados los conjuntos habitacionales conocidos como Izcalli, de interés social bajo. Hoy, esos conjuntos forman el cinturón de la clase media empobrecida a punto de explotar hacia abajo, porque en este país siempre es posible ser más pobre.
Esa primera oleada migrante tuvo sus efectos sociales y económicos. El pueblo de Metepec cambió totalmente y aunque superviven los trazos principales, su fisonomía es otra. La cabecera vive un proceso de gentrificación permanente que no terminará sino hasta que lo originario desaparezca.
Un segundo sismo cimbró a Metepec cuando el penal federal de La Palma abrió sus puertas, en Almoloya de Juárez.
La construcción de fraccionamientos de lujo coincide en Metepec con el arribo de gobiernos panistas. En 2004 resultaba evidente la presencia de escoltas, sicarios y familiares de narcos o secuestradores, pero alcaldes como Joaquín Robles decían que no habían visto nada y que sólo se trataban de rumores. No, no eran rumores. Una estela de muertos, cuyo rastro comenzaba en el valle de México y terminaba en Metepec podía decir lo contrario. La presencia del ejército y el cateo de algunas mansiones también decían que algo estaba pasando.
La verdad es que Metepec siguió creciendo, y el desarrollo, disfrazado de centros comerciales, agencias de autos y restoranes de diseñador, se ha enquistado como un falso faro de progreso.


Ahora Metepec se desliza por un tobogán de violencia que poco a poco se ha incubado en aquellas calles y cuyo origen es una disputa narcotraficante, sus ramificaciones, las cuales alcanzan a todo el valle de Toluca. Relacionada con el paso, con la circulación, hace apenas seis años que Metepec y Toluca se han conectado de manera directa con Guerrero, la cruenta Iguala, la silenciosa pero mortal Taxco y los sureños municipios del Edoméx.


Este enero los vientos del sur se manifestaron en Metepec: ejecuciones y agresiones por bala se registraron en ese municipio, de por sí de profundo arraigo narco. También secuestradores y ladrones han encontrado ahí su mina de oro.



Esa de Metepec es la misma violencia que asola a otros municipios. La diferencia, sin embargo, radica en que la alcaldía encabezada por la morenista-panista Gabriela Gamboa, ha decidido que nada de eso existe. El uso faccioso de la información por parte de la alcaldía hace ver a Metepec como algo que no es, y que no ayuda a nadie. Que de hecho se intenten invisibilizar los muertos, los heridos influyendo en las publicaciones de medios no llevará a ninguna parte. Que la Guardia Nacional no se instale en ese municipio no significa que el crimen organizado haya obtenido luz verde. No. Con Guardia o sin ella, la violencia sucede de manera cotidiana en Metepec.
Apenas va un mes y medio y en ese municipio ha pasado de todo, y eso que solamente se trata de lo público, de la información que consigue publicarse.
En Metepec está pasando algo que rebasa la capacidad de las fuerzas de seguridad públicas, pero también la inteligencia de la alcaldesa, quien cree que por no mencionar lo que sucede en su territorio, ya, de facto, no existe.

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