Stella Cuéllar Valcárcel

Toluca, México; 27 de septiembre de 2019. Carlo Magno dijo: “Si espero, perderé la audacia de la juventud”. ¿Qué es la audacia? El término proviene del latín y se refiere a lo arriesgado, a lo osado, a lo atrevido, también a lo temerario e incluso a lo imprudente. La audacia, pues, con todos estos atributos que cito es uno de los elementos per se de la juventud, casi, casi es un sinónimo, aunque cierto es que algunos adultos gozan el haberla conservado.

Julio César Mondragón Fontes, así como los 43 desaparecidos son, sin lugar a dudas, audaces. Julio era muy joven cuando ocurrieron los hechos. Apenas sumaba 22 años, aunque para entonces ya vivía con su pareja y era padre de una nenita de 2 meses. Todo en él era impulso, vida, arriesgue y plenitud.

Julio César no fue un niño de esos quietecitos y bien portados, no. Él fue un muchacho atrevido, contestatario, incluso puedo decir que hasta imprudente, tanto que la escuela Isidro Burgos de Ayotzinapa representaba su última oportunidad para convertirse en maestro, pues antes de que llegara allá lo habían corrido de dos escuelas rurales más. Pero quería ser maestro. Provenía de una familia de profesores rurales, y él estaba seguro que podía llegar incluso a ser un líder en el gremio, además de continuar la tradición familiar.

Su tío, Cuitláhuac Mondragón, quien en realidad fungió siempre como su padre, fue quien lo preparaba y animaba para que cumpliera sus sueños. Él era su consejero. Le decía: “Julio, ya párale; Julio, no te metas en más líos. Julio, concéntrate, no increpes”. Y Julio prometía que lo haría, lo prometió muchas veces, más desde que entró a Ayotzinapa, pero la audacia le ganó y lo hizo romper sus promesas.

Además, él quería ser líder, y de hecho lo era. En Ayotzinapa cursaba el primer año, pero era mayor que el resto de sus compañeros de generación, porque ya había estado en otras normales. Por si fuera poco, era un muchacho guapo y carismático, y él lo sabía. Era era buen orador y aprovechó esas cualidades para darse a conocer entre sus compañeros, y por eso no sólo lo querían, sino que también lo seguían. Por supuesto que pesaba también que él ya la había rolado.

Los 43 chicos desaparecidos también eran muy jóvenes, también eran osados y también eran temerarios y valientes. Y los jóvenes estudiantes de Ayotzinapa, formados en la toma de conciencia, en la defensa de sus tierras, de sus aguas, de sus bienes, con facilidad se aventuran en proezas como pelear contra los megaproyectos; contra la opresión, contra la injusticia, contra el despojo. De por sí los jóvenes se indignan por las injusticias del mundo, y se manifiestan, mucho más éstos a los que la realidad los ha golpeado tanto y desde siempre. A estos muchachos les sobran razones para pelear por sus sueños, por su derecho a oportunidades, aunque también, como buenos jóvenes, en sus andares hacen locuras y cometen errores y excesos.

Julio César, al igual que los otros dos chicos muertos también esa noche, o aquel que quedó en coma desde ese día y hasta hoy, y los 43 desaparecidos, no eran unos santos, pero tampoco unos demonios. Su propia edad y circunstancias los hizo valientes y los dispuso a jugársela por lo que creían. Su audacia los hizo estar seguros de que juntos, en bola, no les podía pasar nada, o al menos nada grave. Además, ¡de cuántas no habían salido bien librados hasta entonces! ¡Cuántas veces se la habían rifado y no había habido mayor bronca! Estoy segura de que estaban convencidos de que la del 26 de septiembre sería una aventura riesgosa, y que regresarían para contarla. Pero se equivocaron, y se equivocaron en grande, como antes se han equivocado muchos jóvenes, ahí mismo, en su propia tierra guerrerense y en el país.

En 1960, por ejemplo, allá mismo en Guerrero, pero esa vez en Chilpancingo, los jóvenes profesores se equivocaron al pensar que el general Raúl Caballero Aburto, gobernador del estado, no les aventarían al ejército para acallar sus protestas y entonces, en la refriega, murieron más de 20.

También se equivocaron el 2 de octubre del 68, y fueron entre 100 y 500 los muertos en esa ocasión. Nunca sabremos la cifra exacta; y qué decir del 10 de junio de 1971, cuando de nueva cuenta los jóvenes se equivocaron, y en esa ocasión, ocurrida el jueves de Corpus (el Halconazo), aproximadamente 100 jóvenes murieron a manos de las fuerzas del Estado. Ya más cerca, en 2011, también en Ayotzinapa, los estudiantes volvieron a equivocarse cuando creyeron que regresarían bien a casa después de enfrentar a la policía que los obligó, con el uso de la fuerza, a levantar un plantón que mantenían en la Autopista del Sol, a manera de presión para destituir a Napoleón Anaya, director de la normal Raúl Isidro Burgos, y en su lugar se nombrara a Eugenio Hernández. En esa refriega dos estudiantes resultaron muertos y 50 más fueron detenidos. Y como decía, se equivocaron también, y en grande, la noche del viernes 26 de septiembre de 2014. Y esa tragedia aún no termina.

“Lo que quedó del cuerpo de Julio César, para el 12 de febrero de 2016, era lo que sus verdugos querían: una lección de terror visual”, dice en alguna parte el libro La Guerra que nos oculta, de Miguel Alvarado, Félix Santana y Francisco Cruz, pero yo creo que en su pecado los malditos que le hicieron eso a Julio y a sus compañeros también dejaron firmada su autoría del crimen.

Me explico: unos días antes de los hechos, Julio compró a un compañero (uno de los desaparecidos, por cierto) un celular, y esa noche, como es obvio, en medio de la refriega, envió mensajes a su esposa. Por estos mensajes sabemos que los estaban persiguiendo, que les disparaban, que ya habían matado a otros, que se venía lo peor.

Su cuerpo desollado sí fue una amenaza clara para los chicos de Ayotzinapa: ¡esto les sucederá a ustedes!, pero también delató a los malditos, porque nos dejó saber que quien o quienes perpetraron algo así, no eran improvisados, y que el Estado y las instancias de autoridad que lo componen, que se supone deben cuidarnos, son el verdadero enemigo, y que su maldad no tiene ni límite ni escrúpulo.

Julio César Mondragón es el mapa para desandar los pasos hasta la tragedia de Iguala. Es un mapa de cuerpo entero, un mapa sin rostro… un mapa que en sus entrañas ocultaba incluso un ojo, uno de los ojos de Julio César. Los malvados, los asesinos, esos malditos, quizá creyeron que al arrancarle la lengua y los ojos al chico éste no volvería a ver nada más ni hablaría más de la cuenta, pero se equivocaron, porque fue entonces cuando miró más profundamente y gritó con mayor potencia y claridad que cuando estuvo vivo.

Ya desollado y muerto y arrojado a la ladera de un camino, siguió siendo atrevido y rebelde. Siguió desobedeciendo a su tío Cuitláhuac porque no frenó sus pasos ni calló sus gritos ni escuchó consejas. Ya muerto, desollado y arrojado a la ladera del camino ha seguido ayudando a revelar lo sucedido esa noche y los días anteriores y posteriores a esa noche siniestra de Iguala, y muy en específico a dilucidar lo que pasa en Guerrero, en el “Cinturón del Oro”, territorio que va desde Tlatlaya, en el Estado de México, hasta Acapulco, en la costa de Guerrero. Julio, pues, no se calla, y quizá no lo hará nunca.

Julio César Mondragón –el guía sin rostro– es la llave, o una de las tantas llaves para entrar al infierno que es Guerrero, pero la de él es una llave de oro, titanio y uranio, tesoros preciados del subsuelo de Guerrero, por el que las empresas extractoras están dispuestas a hacer lo que sea, lo más ruin, y a valerse de todo para alcanzar sus fines.

Julio César Mondragón representa a todos esos jóvenes mexicanos que, como él, pelean por la tierra y por el agua que les arrebata la industria extractiva, extranjera y mexicana, principalmente canadiense, y también por justicia, y claro, por eso son criminalizados.

Quienes le robaron el rostro, la voz sonora, la mirada vibrante y altiva y la vida a Julio César Mondragón, cometieron un error al robarle también su teléfono celular y, sobre todo, al usarlo, al usarlo muchas veces, pues gracias a ello, el temerario joven, ya muerto e incluso ya enterrado, pudo seguir dejando pistas, huellas para que se pudieran descifrar los horrores que se esconden tras la desaparición de los 43.

El caso Ayotzinapa da cuenta de lo más negro, lo más oscuro del gobierno mexicano hasta el día de hoy; de la corrupción, de la ambición desmedida de las empresas extractivas, las canadienses en primerísimos lugar, como la Gold Corp, entre otras. Su cuerpo desollado y abandonado devino en lámpara, en una bengala de alerta, que los mexicanos apenas estamos dispuestos a comenzar a ver.

En el libro mencionado se le devuelve a Julio su voz, su rostro, su potencia juvenil arrebatada. En ella comienza la persecución a los perseguidores hasta arrancarles la máscara, como ellos le arrancaron el rostro al chico. Gracias a eso sabemos que los malvados se escondieron o esconden aún en el Batallón 27, en el mismísimo CISEN y en el Campo Militar número 1. Se trató de un trabajo exhaustivo y profundo por el que nos enteramos, incluso, que se requirieron alrededor de 11 hombres para detener al joven, mientras otro le arrancaba el rostro con cortes precisos de bisturí. No cualquiera sabe cómo hacer esto, pero algunos del ejército sí.

El libro nos reveló que la “verdad histórica” es tan falsa como la honestidad de nuestras autoridades; que las intensiones de quienes se ven beneficiados con las multimillonarias ganancias que produce la industria extractiva son más negras que el petróleo; más oscuras que la tierra que escarban y envenenan para obtener un gramo de oro; que la violencia y muerte en Guerrero, al igual que sucede en Veracruz, en Tabasco, en la Sonda de Campeche o en Chiapas se debe a su riqueza, y casi puedo decir que más les valdría ser en verdad pobres… pobres en recursos naturales, que desde que los malditos descubren sólo les traen muerte.

El libro da luz y describe con puntualidad lo que se oculta en Ayotzinapa y entendemos que ahí está la clave que explica casi todos los magnicidios que suceden sin freno en nuestras tierras. Por momentos el volumen es grotesco, increíble por lo abominable de los hechos que narra. Es un relato de horror, que nos espeta lo que muchos prefieren no ver: los intereses mezquinos y ruines de las empresas extractivas, y los del gobierno mexicano y sus instituciones todas, y de todos los niveles.

Estamos obligados a contribuir y trabajar para recuperar y sanar a nuestra patria. No basta con sobrecogernos, debemos sumarnos a las acciones que se ofrezcan para resolver y evitar que hechos tan terribles como este y los que suceden día a día a lo largo y ancho de nuestro país sigan ocurriendo. Nuestro México está muy malherido, tanto que ya no se le reconoce; al igual que Julio César Mondragón, ha sido desollado, pero aunque se tambalea sigue en pie. De nosotros depende que no muera en manos de los sátrapas, abusadores y violentos que reinan y gobiernan aún ese México que para ellos es tan parecido al cielo, pero para la mayoría cada día es más el infierno.

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