Miguel Alvarado

Toluca, México; 7 de septiembre de 2019. Sin embargo, era un payaso. No uno cualquiera, sino la encarnación del terror que acompaña a los comediantes que trabajan vestidos del embuste de lo que se considera gracioso aun cuando el ingenio falle.

Sin embargo, era un hombre angustiado por mantener a su esposa, a la familia reducida a la idea más elemental de los papeles de la proveeduría y el rol de la madre o del hijo débiles como lo concibe el matrimonio original. Como no pudo llevar alimento, como no pudo salvar la vida de su esposa ni la del hijo que recién nacía, dejó que la locura lo consumiera. Pero no era cualquier demencia la que eligió.

Se trata de Joker, la encarnación del mal para todos los universos de Batman y cuya caracterización ha pasado por todos los matices: en la tele, el ridículo pero entrañable César Romero y sus chistes contados en forma de artefactos alegremente explosivos, que nunca mataron a nadie. En el cine, encontró en Heath Ledger una especie de reflejo de cuerpo entero que cambió para siempre la hechura de este tipo de películas, tan manidas, tan vivamente bobas, tan absolutamente predecibles y aburridas que se contaban solas, incluso antes de que pudieran filmarse.   

Y es que el Joker de Ledger -un actor quien después se suicidó (o quizá no, pero nadie lo sabrá) cuando combinó todas los medicamentos que tomaba para la ansiedad, depresión y otras cosas- no era la encarnación del mal, como si se tratara de algo que no tuviera elementos humanos. Asustaba porque, precisamente, era más humano que quien estaba a un lado de nuestra butaca.

Batman, una sombra de su propio mundo desde que vio luz en los cómics, el 30 de marzo de 1939, ha conseguido opacar a casi todos los personajes del submundo heroico que tanto daño ha hecho al arte de la novela gráfica, pero no al Joker, un engendro cuyas razones para morir lo hacen más real que cualquiera de nosotros.

Hoy casi olvidada, la antigua película de El Hombre que ríe, basada en la novela del mismo nombre de Víctor Hugo, es el antecedente directo que dio forma a un personaje cuyo destino eran las páginas de los cómics y que gracias a la truculencia de su maldad logró primero sobrevivir a su antagonista implacable y después sobrepasarlo cuando demostró que no había nada que no pudiera conseguir, incluso convertirse en vampiro para alargarse como el viento hasta la eternidad.

El hombre que ríe es una película muda que se puede ver hasta en youtube si uno busca con cierta paciencia, y aborda no el tema de la risa o el de hacer reír, sino el problema de dejar de hacerlo, lo cual se convierte en el drama central de aquella narración cuando se va descubriendo la tragedia que significa la mutilación del rostro, cuya consecuencia es una parálisis facial que congela en una mueca todas las expresiones, incluso la de la misma felicidad.

Interpretado por Conrad Veidt, El hombre que ríe encuentra el horror en la risa de los demás, risa que también lo condena a buscar la muerte a pesar de hallar comprensión en una mujer que no se mofa de él porque ella, como el amor que le profesa al infeliz, es ciego y casi sordomudo.  

Gracias al rictus que Víctor Hugo logró pintar en aquel rostro, la incipiente industria de los cómics pudo crear uno de sus personajes más siniestros, y que al paso de los años pudo conseguirlo todo. Creado por Jerry Robinson y Bill Finger -aunque Bob Kane, el padre de Batman, le disputó siempre la autoría y hoy no se sabe a quién se le debe creer- Joker saltó a la escena de las viñetas en el número uno de Batman, en junio de 1940 y desde entonces ha estado presente en esa oscuridad en que a veces el hombre-murciélago se convierte.  

Más allá de que todos se enterarán de la llegada de Joker a México, -viernes 4 de octubre de 2019- y de que ya se sabe por todos los medios que al personaje lo interpreta Joaquín Phoenix, la película tiene su origen en un cómic, una obra maestra de la narrativa del universo de la empresa DC, cuya oferta general, igual que la de Marvel, es apenas más valiosa que un rayón medianamente bien dibujado en la pared de una tierra baldía.

Es casi imposible hallar novelas gráficas bien desarrolladas con el tema de los superhéroes. Son tantos los cómics como las ocurrencias de quienes los publican y por eso resulta fácil identificar aquellos que valen la pena. La broma mortal, de Alan Moore, Brian Bolland y John Higgins es ese origen del que hablamos y que da pie a la interpretación libre de Phoenix, por cierto hermano de River Phoenix, un hermoso joven actor que de verdad actuaba, pero que terminó matándose por una veleidad, en una discoteca de Los Ángeles propiedad de Johnnie Deep, con quien había filmado la entrañable My Own Private Idaho.

Con el paso de los años, a River todos lo olvidaron pero a Joker no y la verdad es que nadie debería ver la película sin antes leer el cómic, a la venta desde 1988, un ejemplo de lo que puede hacerse bien. La broma mortal es quizá una de las tres historias mejor logradas acerca de Joker que se han asomado en los últimos tiempos. Las otras son The Dark Knigth Returns, de Frank Miller y por último el Arkham Asylum, de Grant Morrison y Dave McKean. Hay otros relatos, por supuesto, pero ninguno alcanza, digamos, la maestría narrativa y gráfica de las obras mencionadas.

La película en la que Ledger participa tiene por lo menos dos escenas inolvidables, que estremecen porque quien las protagoniza es un hombre que se enfrenta por las razones más profundas a una sombra en mallas. El Joker de Ledger se asoma por la ventana de un auto y el aire le da en el rostro, como hacíamos de niños o jóvenes, a veces, cuando enfilábamos por las carreteras, sin recordar hacia dónde íbamos. El hombre cuyo rostro es acariciado por el viento es un monstruo arrugado, desfigurado, lleno de pintura, que abre la boca tan ampliamente como lo permiten los tajos mal cicatrizados de sus comisuras heridas. La otra muestra a un Joker travestido, enfundado en el uniforme de una enfermera. Mira de lejos el hospital que ha llenado de explosivos y que hará estallar apenas apriete el dispositivo que tiene en sus manos, pero cuando lo hace nada sucede. El aparato de destrucción ha fallado y Ledger, trasmutado en su propia interpretación, intenta hacerlo funcionar. En eso, y sin quererlo, todo estalla menos él, que algo murmura desde su pecho sin entraña mientras se aleja cojeando.

En este país en el que nos ha tocado vivir en el que asesinos como Enrique Peña o aprendices de gobernantes como AMLO pueden acceder al poder, que un payaso se convierta en homicida no tiene nada de extraordinario. Que el Joker nos mate de risa no significa nada pues ya otros lo están haciendo.

Así, entonces, el Joker suspira mientras observa la ventisca de las almas.

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