Miguel Alvarado

Toluca, México; 31 de agosto de 2019. El diarismo es una expresión muy particular, y no me refiero al oficio de reportear o escribir para un medio de comunicación, cualquiera que sea la forma de la palabra elegida, sino la actividad de llevar un diario. Conocemos de sobra el cliché con el que algunos trataron esa idea, aprovechando la tele y las películas de enamorados y le dieron el matiz de superficial, arrogante y por otro lado de inútil. El “querido diario” era esa entrada, la llave que daba la oportunidad para abordar cualquier tipo de temas. Todavía abundan las libretas con ingeniosos diseños fabricadas expresamente. Hubo algunas que incorporaban una especie de seguro para evitar que ojos profanos las leyeran y trataran vanamente a nuestros pensamientos más profundos.

Quizá aquello que se encontraba en esos diarios no era lo mejor dicho ni tampoco lo más reflexionado, pero para algunos representó el inicio de la búsqueda de algo, un estilo, un mecanismo, una excusa para ponerse a escribir, no importaba si era en libretas, hojas sueltas o formatos electrónicos, estos últimos compartidos ya con desafortunados navegantes o maravillados exploradores del azar, porque el ciberespacio casi siempre ha estado repleto de joyas literarias anónimas que merecerían un espacio físico y tangible.

A principios de este siglo los blogs en internet fueron formatos muy usados y apreciados porque permitían la difusión de un montón de cosas interesantes y algunas hasta importantes, pues muchos superaban en calidad a los enormes portales web que en su momento acapararon la pluma de algunos brillantes literatos. Blogs había de todos tipos: intimistas, que narraban el día a día desde alguna circunstancia que transformaba la rutina en algo casi alquímico. Otros difundían música a la cual jamás habríamos accedido debido a los límites que nos imponían los costos de los discos y nuestra propia ignorancia y algunos más contaban historias de secuestros, de la guerrilla, de la vida después de la muerte y los relacionaban con temas como el futbol o las recetas de cocina. Las posibilidades eran y siguen siendo exponenciales. Recuerdo uno, el blog de una joven a quien solo se le conocía como Automedusa Maravilla, creo que originaria de León y que -creo- terminó viviendo en Canadá. En realidad eso no importa. Su blog se volvió con el tiempo un poco como la cueva de Alí Babá y el personaje que ella representaba -quizá ella misma, no sé- una voz con peso e influencia en las decisiones musicales de quienes la seguimos. Eso tal vez nunca lo supo, y qué bueno porque uno no sabe cómo se reaccionará cuando la serpiente de la sobreexposición lo alcanza, lo levanta y después de unas cuantas vueltas en el aire, lo tira de boca, con las manos amarradas. Ella era una cronista de algo, en principio de la música y después del mundo que le tocó entrever porque hablaba de una sustancia importante entre cada una de las líneas que acompañaban a la música, la cual era un pretexto para escribir, porque a la escritura la convirtió en la excusa para escuchar.

El sitio automedusamaravilla.com no existe más y el automedusamaravilla.wordpress.com no deja acceder sin permiso. Quizá esté ahí, pero no importa, de cualquier manera yo no querría hacerlo ya. Tenía una lista de canciones a la que llamaba Exploración indie y había de todo, había textos como este, excusas para comentar una canción:

El tiempo vuela

* Hace demasiado frío

* tengo que salir al frío

* no quiero salir al frío

* el tiempo vuela y es hora de salir.

Hay otros diarios, entrañables y profundos como el de Pedro Valtierra, uno de los fotorreporteros mexicanos de elite que ha cubierto todo en su vida, y que además fundó la revista Cuartoscuro, la envidia de nosotros. En el número de febrero-marzo de 2018, Valtierra publicó las fotos que tomó hace 35 años cuando fue enviado a cubrir las actividades de la guerrilla en Guatemala. Ahí, además de las imágenes, escribió una hoja de ruta en la cual ponía los acontecimientos del día: “Íbamos aún en territorio mexicano. Ahora empezaba una gran subida. La montaña dejaba escuchar sus ruidos de agua y pájaros. Veíamos luciérnagas por todos lados. Miles tal vez. (…) Casi sin ruido, unos 12 campesinos indígenas de origen guatemalteco nos alcanzaron ya antes de que nos pudieran detectar nos hicimos a un lado del camino apagando las linternas. Ellos pasaron cargando sus costales y bolsas con víveres comprados del lado mexicano con dinero ganado en las duras jornadas de trabajo en las fincas cafetaleras”. Después están las fotos, que consiguen que el diario de Valtierra adquiera la dimensión adecuada porque, aunque las fotos no requieren sino las explicaciones de tiempo y lugar, el texto las reviste del contraluz que no solamente refleja lo periodístico, sino el poder de un rifle y su bala.

Los diarios, que nadie sabe si deben clasificarse como un género literario, pueden ser muy personales en tanto no eludan lo que hace quien los escribe. Hay otros que se ocupan de la realidad más inmediata, y que por regla general son los más poderosos porque resultan ser los más realistas a fuerza de ir encontrando relaciones. Adquieren su condición de diario pero lo vuelven literatura. Eso es lo que ha sucedido con la editora Stella Cuéllar, quien escribe en el espacio de Facebook (stella.cuellar.52) acerca de su madre y su camino en la niebla del Alzheimer. Cuéllar no solo cuenta lo que está viendo, pues entreteje, de alguna manera que solo la literatura permite, su propia historia rescatada para hacerse actualidad. Ella frente a su madre, eso es el diario que ha bordado en pocas semanas, y que resulta algo que duele aunque alivia de alguna manera desconocida. O quizá no y lo que dice ahí se quede de otra manera, siempre incrustado: “Cómo me gustaría que su mamá pasara por ella y en su ruta hacia Veracruz recogieran a mi tía Prisca en Xalapa. Si eso sucediera, mi tía podría levantarse de esa cama que la tiene presa, volvería a ser la más guapa, la más arreglada. Recuperaría su capacidad de hablar. Volvería a ser la más platicadora, la de las mil anécdotas, la gran cocinera, la más coqueta. Se alistaría para el viaje, y las tres estarían en un lugar mejor que en el que hoy se encuentran, y no tendría que llegar el momento de decirle: Ma, no tengas miedo, todo va a estar bien”.

Acercarse a los diarios es explorar en la vida del otro. Los hay también de famosos, como el Libro del Desasosiego de Fernando Pessoa o el denso legajo que resulta El Oficio de Vivir, del italiano Pavese, obras maestras de algo que no siempre resulta literatura pero que se parece mucho a un ser vivo o que incluso es más. Hay otros como el del explorador Amudsen durante su estancia en la Antártica, y en el cual narró su victoria sobre el capitán Scott cuando ambos competían por ser los primeros en llegar al sur definitivo. También los rockeros suicidas han visto publicadas sus memorias, como Kurt Cobain, que al final de su vida concibió un manojo ininteligible que se cuela en nosotros como un ruido, un descenso que nos acompaña siempre, como todo diario que se precie de serlo.

Deja un comentario