Miguel Alvarado

Toluca, México; 27 de agosto de 2019. A Sidronio Casarrubias lo agarraron el 16 de octubre de 2014, menos de un mes después de la desaparición de los 43 estudiantes de Ayotzinapa en Iguala, Guerrero. Lo capturó el superpolicía Tomás Zerón de Lucio, quien en ese momento tenía la suerte a su favor y hacía lo que quería con el caso de los normalistas. Después se arrepintió, aunque para él ya sería muy tarde. A Sidronio lo atraparon en la carretera México-Toluca por descuidado y le encontraron una libreta con nombres de sicarios y funcionarios públicos que podría haber incriminado a todos. Las declaraciones que hizo cuando lo interrogaron revelaron, o más bien, confirmaron que el sur del Estado de México es una de las capitales nacionales del narcotráfico y la extracción de metales preciosos su principal negocio. Fue Sidronio quien dio las primeras pistas concretas sobre la asociación entre el empresario argentino Carlos Ahumada y el jefe de la Familia Michoacana, Johnny Hurtado Olascoaga, en el negocio del uranio. También relató que la Familia Michoacana pelea el norte de Guerrero intentando anexárselo, que la aparentemente tranquila ciudad de Taxco es escenario de la violencia más incontrolable y los sindicatos mineros los objetivos más buscados.

A Sidronio lo perdió el poder y Ayotzinapa terminó por reventarlo a él y a sus hermanos los Casarrubias, sin embargo monstruos menores en la trama de Iguala. 

II

Este sur anfetamínico, cocainómano, mariguano no me deja en paz y aunque abre mis ojos también entiesa mis manos, las traba aunque también las ubica. ¿Qué quiero con este sur? ¿De verdad lo necesito y necesito saber de esa sangre y eso muertos y esas cosas que algunos me contaron gritando y otros también, desde su silencio?
Allí están Luvianos, Amatepec, Otzoloapan, Zacazonapan, Tlatlaya y Tejupilco. Esta es la frontera entre el Estado de México, Guerrero y Michoacán y se llama Triángulo de la Brecha. Luego de tanto tiempo, es diferente pero sigue siendo igual. Aquí está el país entero, volcándose encima para hacerse sangre.
Son las 4:19 de la noche y junto a la ventana pasa un arroyo pequeño pero inconmensurable.
Me levanto.
Este aquí se llama Otzoloapan y las cuijas cantan en las vigas mientras comen escarabajos, algunos del tamaño de mi puño. La niebla de este despertar no halla acomodo en su propia, inútil metamorfosis que me deja al lado de esta angustia que quiere decir la puerta abierta, los zapatos al pie de la cama, la ropa sucia, los cigarros que saben a todo lo podrido.
Los escarabajos juegan inmóviles en las vigas y las sombras los acunan para que nada los aprese.
¿Y entonces?
¿Cómo se atraviesa este día, todavía sin luz?

III

Más allá de Tejupilco y Luvianos hay otra tierra, que también es el sur, envuelta en silencios parecidos a la boca de una iglesia y desgarrada en los gritos que dan forma a las calles de Acapulco, Chilpancingo e Iguala, donde también matan periodistas pero no tanto como para que no puedan reportear. Muertos, también lo hacen aunque su voz se vuelva como el paso del agua sobre las piedras. A diferencia del sur del Estado de México, la muerte allá tiene otra sustancia, como si estuviera hecha de la materia de todos nosotros.
Hasta dónde llegamos por tratar de encontrar a nuestros desaparecidos. El tema de las fosas clandestinas está relacionado con la siembra del terror. Se trata de la disciplina de la muerte, el orden impuesto por el genocidio de la Guerra Sucia, que comenzó oficialmente en 1968 con Díaz Ordaz y terminó en 1980 con López Portillo, pero que en realidad ha continuado hasta el día de hoy y sigue, y sigue y sigue.

Según el estudio Situación de fosas clandestinas en México, elaborado por la Universidad Iberoamericana, al Estado de México le tocan apenas dos de esos agujeros que no encontrarán jamás su fondo, así como seis cuerpos exhumados. Sólo Toluca tiene 336 desapariciones denunciadas.

Otro recuento, el de la Comisión Nacional de Derechos Humanos dice que hay 18 tiraderos de cadáveres en la entidad, entre 2007 y 2016, y en las cuales se encontraron 76 cuerpos. También, la diputada local por Morena, Karina Labastida, dice que no hay un registro de los que estaban ahí y por lo tanto no se sabe quiénes son ni ninguna otra cosa. La Fiscalía estatal apunta también que entre 2012 y 2018 hubo 24 mil 217 casos de desaparecidos y todavía quedan 5 mil 868 por ser localizados y la verdad es que eso ni siquiera sirve para asustarse.
En el Estado de México son muy pocos los que buscan. Palas, picos y cuerdas son las herramientas utilizadas para hallar a los que no están. Son maestros, profesionistas en su mayoría los que buscan y comenzaron haciéndolo donde el crimen organizado les ha dicho que lo hagan, porque las autoridades de sus respectivas entidades no les han dado ni un solo dato.

Raúl Pérez Alvarado, un historiador de la imagen que trabaja en el archivo de la revista Proceso, dice que en Veracruz al colectivo El Solecito le filtraron un mapa, dibujado a mano, con la ubicación de fosas con más de 200 cuerpos. 
– Ya son expertos en oler la muerte- señala el 27 de agosto de 2019, mientras presenta un tema acerca de las fosas clandestinas, dentro del V Coloquio de la Mirada Documental, en la ciudad de México. Todos lo escuchan conmovidos, entendiendo lo que cuenta pero negándose, negándose a creer.
No cierres los ojos, todavía no.

IV

Argentina. Página 12, una publicación, inserta pequeños obituarios con información acerca de los desaparecidos en una época en que la dictadura compró inocentemente la opinión pública con un Mundial de futbol. En aquellos años, el pequeño Maradona había sido excluido del equipo de Menotti, donde mandaba el Capitán Passarella. El Pelusa tenía 17 años y dijo que su “tristeza fue infinita”. Pero triste como estaba, el adolescente maravilla no dijo nada acerca de la guerra que la dictadura militar ejecutaba contra su patria, y que en 1982 llevó a ese país a machacarse los intestinos en un enfrentamiento contra el Reino Unido que ni la Escuela Superior de Mecánica de la Armada pudo equilibrar, con todo el horror que ya traía a cuestas.
Se trata de hacer cosas para ayudar a localizar a los que se fueron, más bien a los que se llevaron, porque por mínimas que sean pueden ayudar en algo, como lo que trataron de hacer en 1970 cuando una campaña de concientización usó botellas de Coca-Cola para imprimir mensajes en los envases de vidrio, o la propuesta que por ahí circula el día de hoy, de usar los recibos del cobro de la luz en México para, también, poner información de los desaparecidos.
– El terror es fragmentario- dice Rubén Ortiz en el trabajo que desarrolla todavía, y al que tituló Mirar de frente a la muerte. Acerca de esa muerte, Ortiz dice que no es que no existan testimonios visuales sino, más bien, no hay personas que quieren ver, a pesar de que los periódicos más consumidos en el país son La Prensa. El Metro y El Gráfico, odas a la muerte y que sin embargo tienen su utilidad: funcionan como un registro de la descomposición permanente de México, de uno mismo como persona y también como el cadáver que algún día será. Nadie quiere salir en esas páginas, como antes nadie quería ser parte del Alarma aunque todos los compraban, lo leían y después lo escondían para coleccionarlo, a sangre fría, en las entrañas de la casa o el hogar que cada uno habitaba.
Que no haya quienes quieran ver para entender lo que nos toca vivir es muy común, porque la violencia tiene un límite para la mayoría de nosotros, que preferimos los números o un tipo de escritura muy ignorante con la que la mayoría d ellos medios informa sobre eso. Del otro lado están los que miran solamente la sangre o los huesos expuestos y quizá piensen que eso nunca les pasará.

Eso de no querer ver pasó en la Universidad Libre de Berlín, donde en 2017 se negaron a pasar las imágenes que hacen referencia a la muerte de Julio César Mondragón en Iguala, Guerrero, por considerarlas excesivas, durante una conferencia sobre Ayotzinapa. El rostro desollado de Julio fue usado como mensaje para los grupos insurrectos de Guerrero que en 2014 planeaban oponerse a las reformas estructurales de Enrique Peña, sobre todo la educativa y la energética. “Esto les pasa”, les dijeron con esa acción, la cual los desactivó de la noche a la mañana, por un tiempo.
Eso mismo, la lección dada, le pasó a la guerrilla de Lucio Cabañas, caído en combate contra las fuerzas especiales del ejército mexicano, el 2 de diciembre de 1974 en las montañas de Tecpan de Galeana, en la región de los Otatales.

El investigador Rubén Ortiz enseña dos fotos del combate de Cabañas, ya muerto. Una de ellas lo muestra tirado en el campo, rodeado de guachos, que lo miran entre asombrados y ensombrecidos y la otra pertenece a la morgue, donde Cabañas está desnudo y solo, muy solo, como a veces se siente uno cuando se le aparece la muerte.

Cabañas murió junto con otros de sus compañeros, y entre ellos estaba Marcelo Serafín Juárez, a quien le pusieron Roberto en la guerrilla, y con sus 15 años a cuestas se ofreció para distraer a los soldados, que en un movimiento de pinzas, por decirlo de alguna manera, habían cercado a los insurrectos. Así que se quedó con Lucio para que los demás pudieran escapar, aunque junto a él murieron 28 y un mes antes habían sido ejecutados o capturados 33 «paquetes», como les llamaban los soldados en los reportes que elaboraban. Marcelo Serafín fue fotografiado con vida porque así fue capturado. Le tomaron dos fotos antes de que la negra noche de la prisión clandestina del ejército se lo tragara para siempre. Esas fotos, donde el aparece con el pelo rizado y los ojos ennegrecidos de quien ya lo ha comprendido todo, fueron publicadas por la revista Día 7, de El Universal y cuando la madre del joven guerrillero las vio, meses después dijo, sin voz, que ésas eran las únicas imágenes que tenía de su hijo.

Esa foto, dice el investigador Rubén Ortiz, es uno de los dos únicos documentos que existen en México que retratan, in situ, el momento de la desaparición de alguien, que inicia cuando es detenido. La otra es la de José Reyes Mayoral, oriundo de Guadalajara y que fue detenido en 1977, cuando tenía 60 años. Estaba solo en casa, su esposa había salido al mercado y la policía comenzó por cercar el barrio donde vivía. Estableció un cerco y entonces allanó. Sin embargo, los seis policías que se lo llevaron no pudieron evitar que los vecinos salieran y observaran y que incluso uno de ellos tomara las fotos del momento en que el detenido era subido a un auto blanco grande, parecido a un Impala, en el que se trasladaban los agentes. Esas imágenes fueron usadas tiempo después para identificar a tres de los perpetradores, uno de los cuales resultó ser entrenador de box en Tijuana. Esa foto, relata el investigador, se volvió icónica porque la esposa la utilizó para reclamar en carteles a lo que les colocó la frase “¡Así se los llevan!”.

Claro, de esto nadie supo porque ese tipo de registros tardó mucho tiempo en abrirse. Se sabía, sí, desde las protestas de los afectados y los colectivos que muchos años después tomaron forma, quién sabe cómo, en las comisiones de la Verdad de Guerrero y Ayotzinapa.

Sí, pero todo el trabajo sucio lo hicieron y padecieron los familiares.

Siempre la desmemoria, siempre los testimonios falseados en casos como esos. La desaparición se trata también de borrar las huellas, los lugares, de cambiarlos, de transformarlos para que uno crea que nunca sucedieron y que se olviden, y cuando vuelvan a suceder se les denomine como inéditos. Hay un modus operandi, una forma, una manera en la que actúan las fuerzas de seguridad para construir el vacío.

Pedro, Esteban y el Karateca fueron ejecutados por la policía cuando estaban reunidos en la vía pública por pertenecer a la Liga Comunista 23 de Septiembre, en la década de los setenta. La versión pública del caso indica que los tres jóvenes, unos chavitos de entre 18 y 25 años para ubicarlos mejor, habían sido descubiertos por agentes después de que Pedro traicionara a los otros dos. Descubierto, sus compañeros ahí mismo lo habían ejecutado y luego se habían enfrentado a balazos, cayendo en el enfrentamiento.

Pero no, pero nunca no.
Las fotos de los cuerpos indicaron otra cosa. Para empezar, debajo de las mandíbulas había heridas parecidas a la punta de los ganchos que se usan para arrastrar a las reses en los rastros. Y es que eso habían usado para mover los cuerpos de los jóvenes. Esteban tenía un tiro en la frente y el Karateka una bala en la cabeza, que descansaba además sobre un tabique, muy a propósito. Pedro estaba desvestido, desnudo como cuando la policía detiene a alguien y le baja los pantalones y le sube la camiseta para impedir movilidad. Uno de ellos estaba cubierto por una cobija que tenía una inscripción: DFS 1BPM: Dirección Federal de Seguridad, Primer Batallón de la Policía Militar.

Y por eso se supo quiénes los habían matado.

V


En otro tiempo daría la vuelta y volvería por la carretera que hace años transitaba descuidado, con el acelerador a fondo y desnudo de la cintura para arriba. Hoy me encuentro a salvo, años después, sentado en el jardín frente a la iglesia de altas escaleras que trepan viejas descalzas con una vela en las manos.

En la esquina venden hamburguesas, perritos calientes.

Los hombres terminaron el trabajo por ahora y se sientan en las bancas nada más para mirar y acomodarse el sombrero, erizadas las pieles casi rojas pero arrugadas en profundas rayas como de tinta negra. Uno de ellos escupe su gargajo de plata y cuando exhala la caldera de su respiración se tuerce el día, se espantan los pájaros. El esputo atraviesa medio metro y se desintegra, detenido en seco por el suelo abrasado de sombras, cubierto de hojas. Dios no está aquí pero no es que sobre o haga falta. Es así y sería lo mismo si uno estuviera en otro lado o no existiera.
Y si le pido o le agradezco. Y si yo subo descalzo las escaleras de la iglesia.
Alguien arrulla un bebé.
No. No es la hora ni tampoco el día.
Tejupilco es una de las plazas tomadas por el narcotráfico hace años, en el sur del Estado de México. En un calor como de costa los ancianos se reúnen en las esquinas del portal para jugar lotería en bancas improvisadas que rodean al que organiza y que se encarga de pagar o cobrar apuestas, hechas sobre cartones milenarios, sudados y maltratados como las manos que los manipulan. Marcan las figuras con piedras equivalentes a pesos y el que gana, formando una línea, grita “¡lotería!”. Allí se descartan La Estrella, El Diablo, El Valiente, La Jícara, El Mundo.

El Soldado.

Desde la década pasada el soldado es una de las figuras más repetidas en los parajes de Tejupilco, municipio agrícola y comerciante que tuvo la suerte de establecerse en un lugar que lo tiene todo, encrucijada geográfica que lo mismo conduce a Toluca, capital del Estado de México, o que se interna todavía más al sur, en territorios más salvajes. Todavía se recuerda la visita de un secretario del Estado de México a Tejupilco, en el 2007, para leer discursos sobre prosperidad que se conocen al pie de la letra de aquí a Colombia. Las autoridades locales armaron un presídium frente a la presidencia donde aparecerían, a las 12 del día, junto a otros personajes como Zeferino Cabrera Mondragón, en ese entonces diputado local y quien siete años más tarde sería secuestrado por el cártel de Guerreros Unidos para liberarlo luego de pagar 2 millones de pesos, negociados después de que el rescate se tasara en 100 millones, unos 7 millones de dólares.
La negra suerte de Tejupilco indica que ese año, en el 2007, Zeferino Cabrera se sentaba junto al secretario aquel y, soporífero pero actor, navegaba de punta a punta las líneas talladas por ayudantes de escritorio, talentosos y hasta empáticos con el poder. Zeferino debió fingir poco, pues la llegada de un convoy pondría las cosas en su lugar. El secretario, enviado del entonces gobernador del Edoméx, Enrique Peña, no perdió la compostura pero se le atragantó su vida inútil. El discurso aquel, tachonado con enmendaduras de último minuto se le cayó de las manos mientras observaba una fila india motorizada que se detenía a 15 metros. La corte de funcionarios se abrió mientras de una camioneta bajaba un hombre, joven de unos 24 años que encontraba en su cuerno de chivo la mejor de sus joyas.
– Y buenas tarde, señores –dijo el que se bajó- venimos a presentarnos nosotros, las verdaderas autoridades y a ponernos a las órdenes de los que vienen de Toluca pa’ que nos conozcan.
Parado en el estribo de la camioneta, su voz sonó clara, sin rencores, divertida. Pero esa no fue la percepción de Zeferino ni del resto de la comitiva que, pálida, observó sentada mientras el secretario estatal buscaba un punto de apoyo, la falsa ayuda del gobierno peñanietista, la cerveza prometida para el final de la jornada.
– Yo soy El Z-12 –siguió el hombre, quien, como el estereotipo dicta, gastaba casquete militar y un bigotillo que no terminaba de gustarle, que le restaba estatura a los 1.80 metros que, luego se supo, medía el líder de la plaza de Tejupilco y de otros cuatro estados del país. Chato, de anchas fosas nasales, lo cubría un chaleco negro antibalas y una barba de tres días que en aquel rostro apenas era veladura adolescente. Sus ojos, demasiado juntos, siempre despertaron sospechas pero también imponían, como sucedió en aquel ejercicio de poder improvisado.
– Yo soy el Z-12, encargado de Tejupilco y les damos la bienvenida a los señores secretarios, a quienes les decimos que estamos aquí pa’ trabajar juntos y lo que se les ofrezca –terminó quien en realidad se llamaba Luis Reyes Enríquez, capturado después, ese mismo año 2007, y que perteneció a Los Zetas cuando eran brazo armado del Cártel del Golfo. Sargento del ejército primero y sicario después, a Reyes o El King se le hizo fácil echar un vistazo a los enviados de Peña. Luego de ofrecer lo que había ofrecido, subió a su camioneta y se fue, seguido por otros seis vehículos. El acto se suspendió pero no lo del apoyo pa’ trabajar juntos, eso no, porque resultó demasiado tentador.
Eso, por hacer memoria.
– Pero eso fue una cosa chusca. Los que mandan ahora son los de La Familia y sus sicarios y los que trabajan con ellos son de esta región –dice el que bebe enfrente mientras pide encervezado una jarra.
Todavía en el 2008 Tejupilco y algunos municipios de Guerrero, como Arcelia, se encontraban en disputa. Pero con la llegada de José Manzur a la jefatura de la PGR en la delegación mexiquense las cosas se arreglaron a finales de ese mismo año, aunque todo tuvo un costo.
Manzur fue acusado de recibir sobornos de hasta un millón de pesos por parte de los cárteles de los Beltrán Leyva y La Familia Michoacana. El funcionario, hábil para hallar interlocución y un gerente para negociar sus pretensiones, era ambicioso y llevaba prisa, así que ofreció el mismo trato a los dos bandos, que según testigos protegidos se pagaron en efectivo. La trampa se descubrió después, cuando ya era tarde. Los reclamos no se hicieron esperar pero no hubo respuesta que contentara a ninguno. El cobro de los daños debió resarcirse a la antigua y José Manzur fue separado de su encargo. Luego desapareció entre las entrañas de esa dependencia o en un levantón, dicen otras versiones que no se esperaron al 2016 para verlo pasear con sus guaruras, muy quitado de la pena en la plaza central del pueblo de El Oro, al norte del Estado de México.
Ese millón de pesos que pagaron por separado los cárteles sólo confirmó. La policía y los sistemas gubernamentales están cooptados por el narco o, como ellos se hacen llamar, crimen organizado. El ex delegado Manzur siguió las reglas que se habían establecido tiempo atrás y de las que ningún funcionario de seguridad en el Estado de México ha conseguido librarse.
Aquí algo sobra pero falta sol, más voces que pidan en la tienda de esa esquina de las loterías una botella de cerveza y se sienten a beberla en el parque de enfrente hasta que el calor baje y sople el frío.
Y luego se vayan.
Todos se vayan.
Pues para qué.
– Aquí manda La Familia –vuelve a decir el que bebe y que vive en los límites de Tlatlaya y Guerrero.
Más allá, más lejos, están las minas, el oro o el uranio que algunos no queremos.

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