Miguel Alvarado

Toluca, México, 15 de agosto de 2019. Vivía en Tenancingo, en el Estado de México y buscaba sacar de la cárcel a su hermano, a quien habían acusado de secuestro y estaba recluido en el penal de aquel municipio, sobrepoblado al 100 por ciento de su capacidad y controlado por la Familia Michoacana y una célula del cártel de Sinaloa, que usaban a los presos para vender droga, contrabandear armas blancas y repartir el poder que se generaba en un espacio cercano a los mil metros cuadrados apenas, en el centro de aquella población.

María iba todos los domingos, con sus dos hijos, a verlo y saber cómo se encontraba. Trabajaba vendiendo de todo, en puestos de elotes o en los tianguis locales, lo cual le daba apenas para comer.

– Primero me violaron –dice ella sin más, cuando relata la historia de su hermano, un caso más de un preso sin sentencia, que lleva cuatro años en la cárcel esperando por ella.

– Primero me violaron y después volvieron a violarme, cuando era chica. Luego me corrieron de la casa porque mis parientes dijeron que yo había tenido la culpa de lo que me pasaba, así que me tuve que ir y con ayuda de otros familiares pude encontrar un trabajo y después tuve una pareja.

Ella mira los árboles del zócalo de Tenancingo, en el cual instalaban un ring, un encordado para la lucha libre que se presentará un poco más tarde, ese domingo sin horizonte, de mucho frío, mucho viento.

– Y después me violaron de nuevo. Esta vez fue mi pareja. Lo hizo muchas veces y aunque al principio yo no lo veía así, después me di cuenta de que así era, porque me forzaba a hacer cosas que yo no quería hacer. Y un día ya no volvió, nos quedamos solos, mis dos hijos y yo, y aunque nos faltó el dinero fue mejor así, porque vivimos en paz.

– ¿Lo denunciaste?

– No, porque esas cosas aquí no funcionan. Si a mi hermano lo metieron preso por un secuestro que no cometió, a mí menos me iban a hacer caso. Lo mío fue hace mucho, yo creo que fue hace mucho y ahorita estoy viendo cómo sacarlo a él, que ya lleva su buen tiempo adentro.

Los luchadores llegaron en camionetas estampadas con sus nombres y se bajaron, todavía sin máscara, para ayudar a poner las tarimas. Después montaron un tendajón que les serviría de vestidor, a amigos y enemigos por igual, para engalanarse con sus atuendos. Y mientras eso pasaba, María debió entrar a la cárcel, para llevarle de comer a su hermano, que ya la estaría esperando en el área de visitas. 

– Yo soy muy pobre y no puedo pagar la justicia. Y todos los que están adentro son igualmente pobres, aunque no todos son inocentes, porque hay unos que sí la deben -dice, mirando a los hombres mientras trabajan.

Ella vivía en Tenancingo, y después de eso ya no volvió. Dijo que si no lograba sacar a su hermano entonces se iría para otro lado, porque también tenía que hacerse cargo de su propia vida, y así pasó, ella no regresó a Tenancingo.

La violación es un delito que aumentó 200 por ciento, según la secretaria de Seguridad de la entidad, Maribel Cervantes, quien aceptó el incremento sin control en la entidad, pero es un delito que generalmente está asociado con el homicidio y el feminicidio.

Casos como el de María abundan en el país, donde el porcentaje de denuncia es apenas de entre 6 y 4 por ciento. Los casos de violaciones en la capital mexiquense no están bien contabilizados, pero los que se tienen registrados han mostrado un incremento desde hace dos años y en 2018 fueron denunciados 890 casos, entre enero y septiembre, lo cual superaba la cifra de 2017 por 79 casos más en el mismo periodo.

En el Estado de México los feminicidios ocupan un lugar preponderante, que ha rebasado a las autoridades y se ha convertido en un azote para las mexiquenses. Actualmente, hay Alerta de Violencia de Género en 11 municipios, que intenta acciones de emergencia para enfrentar y erradicar la violencia feminicida en un territorio determinado, ya sea municipio o entidad federativa. Esa Alerta tardó en activarse 5 años, pues fue exigida desde 2010, y no fue sino hasta el 31 de julio de 2015 que se aplicó en Ecatepec de Morelos, Nezahualcóyotl, Tlalnepantla de Baz, Toluca de Lerdo, Chalco, Chimalhuacán, Naucalpan de Juárez, Tultitlán, Ixtapaluca, Valle de Chalco Solidaridad y Cuautitlán Izcalli, con resultados muy cuestionables para una entidad que entre 2005 y 2014 había acumulado 4 mil 281 desapariciones y en el mismo periodo 933 asesinatos, según el Informe del Grupo Interinstitucional y Multidisciplinario (GIM).

En este rubro, por cinco años, entre 2005 y 2019, Ecatepec fue el municipio más violento de la entidad, con 118 feminicidios y con el más alto registro de atención a mujeres por lesiones, según el Sistema Nacional de Información en Salud (Sinais).

Organizaciones no gubernamentales como el Colectivo Familiares en Búsqueda de Justicia han presionado para que la Alerta de Género se declare en todos los municipios, principalmente en los del valle de México, pues las violaciones y los feminicidios se concentran en los municipios más poblados y con mayores grados de pobreza. Datos del Observatorio Ciudadano Nacional del Feminicidio (OCNF) ubicaron a la administración de Enrique Peña como la etapa de repunte de los feminicidios, y señalaba a municipios del valle de México como los más afectados hasta 2012. Ecatepec estaba en primer lugar, con 118 casos, seguido de Neza, con 71. Toluca estaba en cuarto lugar con 45 y era el único municipio que no pertenecía a la zona metropolitana del valle de México.

Deja un comentario