Y la mujer respondió: La serpiente me engañó y comí.
Génesis 3:13

Mauricio Pérez Sánchez

Toluca, México; 11 de agosto de 2019. Después de que Adán probara el fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal no sintió ni vergüenza ni temor; lo que en verdad experimentó fue la erección primera y un deseo incontrolable de despojar a Eva de la hoja que cubría su entrepierna. Aquel fruto abrió los ojos de Eva, quien, extasiada, le preguntó a Adán qué era aquel trozo de carne tan hermoso y tan poderoso que la hoja de parra no pudo contener. Él confesó su ignorancia. Aquel fruto abrió los ojos de Adán, quien se dio cuenta de que Eva estaba llena de gracia, por lo que la tentó y vio que su piel era buena en gran manera. Las redondeces que siempre habían ornado el cuerpo de nuestra madre, quien fue creada solo para salvar de su soledad a nuestro padre, se convirtieron de pronto en tentación, pues su carne gritaba. Ella acarició la parte de él que se asomó a la luz, bordando así el verbo estremecer, y luego besó por primera vez a Adán; sus dientes chocaron antes de que sus lenguas transmutaran en mariposas; con el calor de sus cuerpos y el cincel del deseo forjaron el placer, con cada caricia avivaron el fuego, que poco a poco los fue fundiendo. Dios, que está en todas partes, miraba sorprendido cómo esa pareja retozaba sobre la hierba. Por la posición en la que se encontraban y por la fruición que los roces concebían, el miembro de Adán se introdujo en la húmeda flor de Eva de forma natural, como la lluvia penetra en la tierra. Para sorpresa de ambos, eso les produjo más placer; sus rostros dibujaban gestos inéditos y de sus labios escapaban gemidos primitivos, que algunas aves confundieron con el canto de Dios. Quizá fue esto último lo que hizo que se derramaran los celos que sentía Jehová, quien, más tarde, obnubilado por aquel estado de ánimo, les dijo con brusquedad a aquellos seres sin ombligo: “Con el sudor de su rostro comerán el pan hasta que vuelvan a la tierra, y con sus lágrimas revelarán lo que el paso del tiempo le hace al amor”. Cuando los amantes salieron del hotel, eran tan felices que las farolas les parecían estrellas y el sonido que producían los autos sobre el asfalto mojado, una sonata interpretada por Lang Lang. Caminaban tomados de la mano. Después de cruzar la calle, él miró el reloj. “¿Un cafecito?”, preguntó. Con una sonrisa, ella dio a entender que aún no quería ir a casa. Volvieron a emprender la marcha sin presentir que lo suyo estaba a punto de disolverse.

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