Miguel Alvarado


Toluca, México; 5 de agosto de 2019. A veces no hay manera posible de expresarse ante hechos salvajes y carentes de toda humanidad como el reciente asesinato de la niña Teresa. Hay veces que nada ayuda cuando se intenta comprender la demencia salvaje de la es capaz el ser humano.

No cabe duda que de todas las historias que hay detrás de un homicidio, las que más conmueven son las de los niños, las de los niños muertos. Más allá de los números y de los altos índices de violencia en la entidad, y de que en el valle de Toluca se hayan disparado los asesinatos en la última semana de julio –nueve muertos en total, sólo en la capital mexiquense- el calvario de la niña Teresita, quien vivía con su abuela, un personaje sacado de algún relato de García Márquez porque la torturaba con total impunidad, obligándola a pagar no se sabe qué deudas, ha llegado al corazón de muchos.

La niña Teresa tenía 10 años de edad y vivía en el poblado de Santiaguito Coaxuxtenco, en Tenango del Valle, muy cerca de Toluca. Por lo pronto se ha convertido en la encarnación de lo violentado, de lo abusado, de lo ensangrentado, pero también de la impunidad, porque la presunta asesina, su abuela, logró escapar después de avisarle a la hija que acababa de quitarle la vida a la niña. “Lo siento”, fue lo único que la vieja alcanzó a balbucear, antes de hacerse humo, como el humo de los cigarros con los cuales quemó por años los brazos de la nieta.

Ella, Teresa, fue hallada muerta, envuelta en una cobija.
Casos como los Coaxuxtenco llenan la historia del México actual y también del México anterior, violento como pareciera que no puede ser ningún otro país. Pero aquí, en la gigantesca escena del crimen en que se ha convertido nuestra entidad, también la más poblada -aunque una de las más industrializadas, también una de las más pobres- uno se pregunta cómo se ha podido llegar a estos subniveles de humanidad, en los cuales la sinrazón o la locura parecen ser la constante y los métodos de crueldad parecen, cada vez, más perfeccionados y refinados.

Esta vez Teresa, o Teresita, se ha llevado con ella una historia de maltrato inimaginable, y que ninguna estadística puede contarnos. Esa historia se debe relatar desde la vida de la niña, cuya estolidez apenas le alcanzó para aguantar muy poco tiempo. Porque esa brutalidad que ejercía la abuela, en primera instancia, por razones que algún día se sabrán y que quizá nos vuelvan a indicar el tamaño de la demencia en la que se transita día a día, esa brutalidad se extendió en el entorno de Teresita. Nadie la ayudó, nadie se atrevió a denunciar al familiar, nadie levantó un dedo para rescatarla, ningún vecino tuvo el valor para hacer lo que debía hacerse. La madre de Teresita debió ver alguna vez una señal que le indicara la vida que vivía su hija, pero prefirió esperar que la muerte resolviera todo. ¿De qué está hecha la gente que vive en Cuaxuxtenco? ¿Cómo pudieron no tragarse el miedo y por lo menos realizar alguna llamada anónima?

El asesinato de Teresita confirma solamente que los seres humanos han vuelto a lo fundamental, a ocuparse de su propia sobrevivencia, y que en general la sociedad organizada –gobernantes y civiles- se limita a participar en lo mínimo y prefiere cerrar los ojos cuando niños como Teresa necesitan de ayuda. La ayuda que Teresa Rivero solicitaba desde su silencio y desde sus brazos y piernas cubiertas siempre llegó en la forma de un sepelio, organizado más como la expiación que atenuara las responsabilidades de quienes fueron testigos de esa historia.
Otra muerte inútil. Ella tendría que estar viva.

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