Diseño Brenda Cano.

Miguel Alvarado.

Toluca, México; 5 de julio de 2019. Hace de todo. Compone, limpia, trapea, transporta, vigila y también cuida a sus hijos porque su esposo vive en Estados Unidos y a ella la deportaron cuando entró para reunirse con él. Todo iba bien, o más o menos bien hasta que a la camioneta en la que viajaban la detuvieron cuando cruzaba Los Ángeles. Los pararon porque una de las direccionales no funcionaba y entonces sí, todos se fueron de regreso. Elena García es de Toluca y cuando fue a Estados Unidos para reunirse con su marido no la pensó mucho, aunque sabía que sería peligroso porque no tenía ningún papel. Total, era más fácil juntar 7 mil dólares que obtener una visa estadounidense en sus condiciones, hace cuatro años, que era tan difícil obtenerla como ahora.

No tienes cuenta de banco.

Declaras que vas a ver a algunos parientes.

Has laborado en decenas de trabajos o actividades los últimos dos años.

Y encima la embajada de Estados Unidos tiene una ficha puntual acerca de ti.

– Yo fui rechazada desde el principio para la visa gringa, y ya lo sabía porque a mi esposo le pasó lo mismo. Lo hicimos nomás para estar seguros. Él se fue y pasó por el desierto, por el lado de Arizona, y caminó sus tres o cuatro días hasta que alcanzaron un camino donde los esperaba una camioneta. Pero dice que estuvo a punto de morirse. Yo no, yo me fui por Laredo y me pasaron bien, en una aduana donde ya estaba avisado el oficial. Fue muy fácil para mí, y hasta barato porque a los que van de Honduras y de otros países les cobraban en ese tiempo hasta 20 mil dólares. Y que uno piensa, pues si juntan ese dinero pueden hacer algo en su tierra pero ellos decían que no, porque en su tierra no se puede vivir. Venían huyendo, pues, y sólo querían alejarse. Una familia entera que venía de San Pedro (Sula) empezó con su desgracia cuando despidieron al esposo de su empleo. Y ellos contaban que no pudieron reponerse. Vendieron entonces cosas en la calle y por unos meses se sostuvieron, pero luego llegaron los pandilleros y les pidieron una cuota, que cada mes iba en aumento hasta que fue imposible de pagar.

Los corrieron de su casa.

Entonces ellos se fueron a México y de ahí se pasaron a Estados Unidos.

Pero el esposo de la toluqueña Elena García se conectó en Estados Unidos con conocidos que le ayudaron lo mínimo para establecerse. Trabajó como jardinero y en el mantenimiento de casas, como conserje en centros comerciales y allá se quedó cuatro años, hasta que volvió a México. Pero siempre fue ilegal y para entrar de nueva cuenta, le tuvo que hacer como la primera vez.

Elena García, quien ya no quería estar sola, lo siguió unas semanas después pero la suerte no estuvo de su lado. Regresó a México casi un mes después de haber salido de Toluca, y ella dice que si una vez pasó de ilegal, puede hacerlo de nuevo.

– La frontera de México y Estados Unidos es el lugar donde más chuecuras se hacen, pasa de todo, en ambos lados o sentidos. Pasan hasta los huachicoles porque todo tiene un precio -dice Elena mientras termina de arreglarse para ir a trabajar a la casa de unos clientes. Aunque tiene cuatro niños, ella no se apura, o no se apura tanto porque su marido le envía el dinero suficiente como para no trabajar unos días.

Las remesas, es decir, los envíos de dinero de mexicanos hacia su país alcanzaron en 2018 la cifra de 33 mil millones de dólares, según un reporte de BBVA Bancomer, y es, junto con el turismo, el petróleo y la producción de automóviles, la actividad que más dinero produce para México. Ese mismo reporte estima que para 2019 la cifra de remesas estaría ubicada en 35 mil millones de dólares, lo que significa un crecimiento de 6 por ciento y el 2.7 por ciento del Producto Interno Bruto nacional, aunque en algunos estados representa el 10 por ciento.

México es el cuarto receptor de remesas, debajo de la India, China y Filipinas. En 2017 el Estado de México recaudó mil 680 millones de dólares, solo por debajo de Michoacán, Jalisco y Guanajuato.

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– No te quedes mucho tiempo en Tecúm Umán, porque están los Maras. Si te quedas te van a chingar. Nomás pasas y tomas un camión para donde vayas, si vas a Ciudad de Guatemala, son seis horas de viaje, mejor te vas porque en Tecúm todos van a notarte -me dice en el camión un habitante de Ciudad Hidalgo, la frontera mexicana con Guatemala, antes de llegar al río Suchiate, por donde las llantas gigantes de los balseros pasarán a uno y otro lado a los que les paguen los 5 pesos. Es 1997 y todavía se puede hacer eso, porque ahora ya no, y para el 3 de julio de 2019 los primeros cuerpos de la Guardia Nacional se han desplegado en esa ribera y vigilan el paso. Esta fuerza forma parte del acuerdo arancelario impuesto por el gobierno estadounidense de Donald Trump a la administración de Andrés Manuel López Obrador, quien a cambio prometió contener la oleada migrante proveniente de Centroamérica utilizando militares, y a la cual había prometido tratar humanitariamente. La presencia de militares para la contención de un fenómeno provocado por empresas trasnacionales y mineras que comienzan a comprar tierra para la explotación, ha provocado lo mismo que sucede en México. En nuestro país, el desplazamiento forzado de 250 mil personas debido al uso de la tierra para la extracción minera y los megaproyectos es un problema grave que sucede a la vista de todos y sin embargo se soslaya.

En Centroamérica, Honduras es uno de los países más afectados por estas empresas. El 3 de marzo de 2016 una de las activistas ambientales más importantes del mundo, Berta Cáceres, fue asesinada después de que consiguiera detener, legalmente, el megaproyecto hidroeléctrico de Agua Zarca, construido por le empresa local Desa, en territorio de indígenas lencas, Synohidro, de capital chino. En el homicidio de Cáceres están involucrados militares y ejecutivos de la empresa, que es financiada desde fondos europeos y por 24 millones de dólares por el Banco Centroamericano de Integración Económica.

Tecúm Umán, en Guatemala, es una mota de polvo calcinada por el sol y por mucho tiempo ha sido una de las bases de operaciones de la Mara Salvatrucha en aquel país. Quien entra a México por ese punto y logra llegar a Tapachula, se enfrentará a la Migra mexicana, que en retenes revisa transporte público a las afueras de la capital de Chiapas.

–              Tú, bájate.

–              ¿Por qué? Soy mexicano -respondo.

–              Bájate -dice el agente.

Una vez abajo, a pesar de mostrar documentos oficiales que acreditan la nacionalidad, el oficial me detiene y me remite a un puesto cercano, donde estaré detenido un día en espera de que se verifiquen los documentos. La detención es para amedrentar y obtener dinero, pero también la suerte puede ser distinta si intervinieran los grupos de narco reclutadores de trabajadores o esclavos, a la caza también de migrantes desprotegidos.

– Eres salvadoreño – dice el oficial.

– No, soy mexicano.

– Compraste los papeles -dice el oficial.

– No, no es así.

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La migración en México es producto de la pobreza y el desplazamiento forzado. En el Estado de México el fenómeno se ha seguido desde 1920 y a principios de siglo el Edoméx era el cuarto expulsor de población nacional que se dirigía a Estados Unidos. Fue un fenómeno que se agudizó, porque en 1970 estaba en el lugar 20 a nivel nacional. ¿Qué fue lo que pasó en esos 30 años? Además de la pobreza y el desplazamiento, también cuenta la tradición migratoria, según el investigador Juan Gabino González Becerril, quien en 2006 estableció zonas con esas características, como las del sur mexiquense y las del norte, cuyo objetivo es quedarse en Estados Unidos un número considerable de años y si es posible, radicar allá. Eso marca una diferencia en la antigua migración, que se daba por temporada y en general garantizaba el regreso de quienes se marchaba a su lugar de origen. Era, además, rural, y comenzó a formar una especie de extensiones de los pueblos en las ciudades estadounidenses. Los Ángeles, San Francisco, Austin, Dallas, San Antonio y Chicago, entre otras, que sirvieron para recibir a las siguientes generaciones de viajeros, que cada vez encontraron mayores ventajas.

Para 2006, el INEGI calculaba que el 4 por ciento de los hogares mexiquenses tenían al menos a un migrante entre su familia. Dos municipios destacan por su flujo migratorio en la entidad. Uno es Tejupilco y el otro Almoloya de Alquisiras. En Tejupilco, 56 por ciento de la población dijo tener un familiar o más en Estados Unidos, mientras que en Alquisiras la cifra llegaba a 30 por ciento. Las remesas, dice González Becerril, se utilizan mayormente para el sostenimiento de la familia y el consumo, pero casi nunca generan ahorro.

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El filtro migratorio en el que se ha convertido México es parte de un entramado mucho más grande y que implica el asentamiento de un Comando Norte militarizado con sede en la Ciudad de México y que encabeza Estados Unidos, con la misión de blindar a ese país de la constante ola migrante que se dirige a su frontera, pero también con el objetivo de establecer bases militares en territorios considerados hostiles, como la propia Honduras o Nicaragua. Más abajo, en Bogotá, Colombia, hace años se convirtió en la sede del Comando Sur, otro ente militarizado estadounidense desde el cual, por ejemplo, se lleva a cabo la estrategia de invasión y socavamiento de gobiernos como el de Nicolás Maduro, presidente de Venezuela. Allá, la frontera con Cúcuta representa otra de las líneas más problemáticas del mundo.

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La militarización de México sucede desde hace décadas. Es un proceso de genocidio lento que había sido documentado, incluso, por militantes de Morena antes de acceder al poder. Estaban en contra de la militarización, pero todo cambió cuando López Obrador anunció la creación de la Guardia Nacional, la cual sería alimentada con policías federales, marinos y nuevos elementos entrenados especialmente. Sin embargo, marinos y soldados han referido que quienes son destinados a la Guardia Nacional pierden su antigüedad, así como las prestaciones que han generado a través de los años, nadie gana más, ni siquiera lo mismo, y por eso nadie se quiere alistar. Ellos obedecerán, al fin y al cabo, pero la policía federal es otra cosa.

Descalificada primero por AMLO, quien los llamó incompetentes, ahora los integra a la primera versión de la Guardia Nacional. Policías inconformes cerraron el 3 de julio la autopista México-Pachuca y al otro día declararon una huelga nacional, con más cierres carreteros. Eso dividió a los cuerpos policiacos, y también a la opinión pública. Por un lado, se responsabilizó a la Policía Federal de la mayoría de las represiones sucedidas en el país, de torturas, de levantamientos, lo cual es verdad. Los inconformes exigieron que se les garanticen todos sus derechos, así como el respeto de su antigüedad laboral y un salario promedio de 15 mil pesos mensuales. El conflicto se ha vuelto surreal. Los inconformes quieren que el ex presidente de México, el panista Felipe Calderón, uno de los represores más sanguinarios en la historia, los represente, pues fue él quien más los apoyó cuando declaró una guerra contra el narcotráfico y metió al país en una espiral de violencia y represión que duró 12 años.

AMLO, por su lado, señala que hay “mano negra” en las exigencias de la PF y así, aunque el conflicto se solucione, la Guardia Nacional estará dividida desde su inicio. Por otro lado, está formada por militares y policías que han sido usados en la represión por lo menos durante 12 años. Su nuevo desempeño no será distinto, harán lo mismo, pero esta vez desde la legalidad. 

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En San Luis Potosí hay un desierto enorme en la estación de Wadley, que hace años era el punto de llegada para algunos que hacían el viaje en tren hasta Real de Catorce, en busca de peyote y otras drogas. Por un lado las montañas y por otro la vastedad. Uno elige las dos, y primero se va al desierto para irse después a Matehuala. A esa estación se iba en tren de pasajeros, que salía desde la estación Buenavista en la Ciudad de México y hacía cerca de 10 horas hasta allá. En el trayecto, en cada ciudad por la que pasaba, subía y bajaba pasaje, incluso en lugares donde no había estaciones sino el paisaje del altiplano, la nada en medio de nada. Por ahí, siguiendo la vía, también iban los migrantes ilegales, que esperaban trenes de carga en las cuestas para subirse como podían. La antigua Bestia, que se quedó para siempre luego de la venta de Ferrocarriles de México, hizo fama primero en Chiapas y después en aquel vacío de la estación de Vanegas, en San Luis, donde uno subía y llegaba lo más lejos posible en vagones de pasajeros porque nadie pedía documentos. Pero saliendo de ahí, el tren era detenido por federales, que requisaban uno por uno los vagones del convoy.

A dónde. A Wadley.

A dónde. Silencio.

A dónde. No hay respuesta.

Los federales sacaban entonces de sus lugares a quienes no respondían y los hincaban en la casi estepa, pero quemante, que es San Luis. Todo duraba un poco menos que nada. La orden de arrancar se daba y el tren seguía su camino.

La migración, tan antigua como el hombre.

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