Miguel Alvarado

Toluca, México; 26 de mayo de 2019. Hubo algo -un dejo de azoro, el extremo inaudito del hambre y la angustia- en la cara de quienes pagaron 23 mil 500 pesos por un boleto y que mañana y al otro día y después podrán seguir viviendo como si nada. Los demás, los que no pagamos porque no pudimos perdimos casi todo: el auto, la casa, el trabajo, menos las ganas, las malditas ganas de futbol, y aunque la final, esta final Millenial que nos toca sea una de las más ajenas y lejanas, sabemos que el León juega como el Barcelona y los Tigres poseen la técnica, la esmeralda redondez de la grama del Ayax.
Desventurados de nosotros que siempre creemos lo que no es.
Si no se trata de nada de lo anterior, cabe preguntarse si los designios son propicios, si no lamentaremos tener que dejarlo todo para morir como hace décadas lo hizo Duncan Edwards, todavía vestido de campeón de Europa, despedazado entre los asientos de su avión, varado para siempre en la tierra apaciguada de Múnich, que lo regresó a Manchester pero en trozos, como resultan las crónicas de monstruos que siempre se recuerdan pero no para contarlas.
Estamos a tiempo de revertir la historia, no la nuestra porque hace mucho que se ha perdido, pero sí la otra, la que a veces es más importante que cualquier transformación, levantamiento o guerrilla y resistencia. Estamos todavía a tiempo de hacer con el balón una estatua como la que Alberti le modeló a Platko, cuando el arquero húngaro le detuvo todo a la máquina asesina de la Real Sociedad, que acuchillaba sin piedad a la defensa del Barcelona en una final de Copa, en una época en la que todavía no se habían inventado los mundiales. Alberti, asistente atónito a aquel encuentro, balbuceaba en su cuaderno los siguientes dípticos:
“No, nadie, nadie, nadie,
nadie se olvida, Platko.
Ni el final: tu salida,
oso rubio de sangre,
desmayada bandera en hombros por el campo.
¡Oh, Platko, Platko, Platko
tú, tan lejos de Hungría!
¿Qué mar hubiera sido capaz de no llorarte?
Nadie, nadie se olvida”.
Y nadie, nadie se olvida que aquí, como en la siniestra Albión o en la vieja San Sebastián el futbol no es una cuestión de vida o muerte, sino algo mucho más importante que eso. Nadie está dispuesto a jugar un partido si no es como la guerra, pero en contraparte algunos creemos que México ha perdido sus batallas más decisivas porque las encara como si se trataran de una final de liga. Este país, como dijera Maradona de los muchos en los que ha estado, no es más que un simulacro, un ensayo de lo que nunca será, el lugar de la ficción y los simuladores: y el futbol, yo creo, es la excusa de venganzas y ametrallamientos porque si duele un gol en contra, la derrota tiene el carácter de afrenta y jamás se perdona porque representa la pérdida, la vergonzosa debilidad del arquetipo tan bien descrito por Pavese, quien terminó suicidándose por eyaculador precoz, por feo, por ser más inteligente que todos. El italiano Césare Pavese nunca supo, sin embargo, que uno de sus versos más repetidos, “vendrá la muerte y tendrá tus ojos”, se convertiría en mortaja del hincha más apasionado del Bolonia, Pier Paolo Pasolini, quien se negó a dejar de jugar al calcio aun después de muerto porque el futbol es un idioma, el signo fundamental que jamás será borrado.
Pasolini decidió que el futbol es un sistema de vida y muchos estamos de acuerdo, aunque hoy asistimos a la implementación de programas pseudofilosóficos que van respondiendo a algo que todavía no comprendemos porque no pueden razonarse adecuadamente. Y en esta pseudociencia se han colado caballeros de atildada figura como Jorge Valdano, que engañan aunque entretienen. Sólo lo recuerdo a él, y a su voz envidiosa de campeón del mundo opacada siempre por la gambeta imposible del único Diez que alguna sombra le hizo a O’Rei.
Claro, el futbol nunca será literatura porque no la necesita, como no necesita la inteligencia emanada de un barrilete cósmico o del silencio casi autista de alguien como Messi.
Una vez llegada mi hora, yo también me negué a dejar el futbol, y aunque tuve que hacerlo, sólo cambié de cancha que, como siempre, resultó la equivocada.
Del futbol ni siquiera Ayotzinapa se salva.
El 26 de septiembre de 2014 el equipo de los Avispones de Chilpancingo derrotaban como visitantes al conjunto de Iguala, en la Ciudad Deportiva donde jugaba este último equipo. Teams profesionales de la Tercera División de México, no se jugaban nada, excepto tres puntos que los clasificaban en la compleja tabla geográfica del lumpenato futbolístico de este país. Al menos eso es lo que se cree a botepronto, desde la lejana Comisión de la Verdad de Ayotzinapa, instalada aún en los verdes campos de las reuniones de conciliación y aprendizaje. Guerrero es la tierra donde uno muere o morirá, aunque piense que se pasará de largo, rumbo a los ojos brillantes de quien se ama.
“Yo ya me voy. Ahí te encargo», le dije a mi madre antes de irme a Ayotzinapa.
“Yo ya me voy. Prometo cuidarme», le dije a mi madre antes de irme a Chilpancingo. Pero ella, porque es la que es, ya sabe lo que me espera
«No fumes», dijo siempre, como una recomendación que nunca tomé en cuenta. ¡Ámonos, güey, ámonos, güey!, quisiera decir, para que entonces no nos fuéramos a ningún lado.
Ese día, el 26 de septiembre de 2014 los Avispones fueron atacados en el crucero de Santa Teresa, y en en esa balacera mataron a David Josué García, El Zurdito, quien sin jugar se convirtió en el mártir heroico del equipo. Pero, por qué, preguntaron ahí los “profes” baleados, “¿es porque ganamos?”. La respuesta fue un silencio lleno de balas que tuvo su origen horas antes, en la Ciudad Deportiva. Y es que uno de los capos de Iguala, El Cholo Palacios, uno de los líderes de la banda de los Tilos, narcoregenteadores hoy en día de Iguala, apostó a favor de los locales y el precio de la derrota fue una orden de muerte contra los vencedores, ejecutada por policías de Tierra Colorada que trabajaban para quienes les pagaran más.
Y si la delincuencia organizada aparece en todos lados, ¿no puede estar también en el futbol? En México y en el mundo el panbol profesional es en realidad una reunión de empresas: Televisa, TV Azteca, Cemex, Femsa, Grupo Pachuca, Omnilife, Cementos Cruz Azul, Slim y Grupo Modelo entre otros tienen el control de todo. No importa quiénes ganen porque al final perdemos todos.
Por ejemplo, ahora.
Tigres, de Cemex y León, de Slim juegan esta final y los de Monterrey tienen ventaja de un gol. Ambos equipos tuvieron sus figuras y uno recuerda, por el lado amarillo, a Tomás Boy levantando el primer trofeo en 1978. Eran otros Tigres, pero eran mejores que los actuales. Estaba Jerónimo Barbadillo, un peruano que después jugó el Mundial de España y fue fichado por el Avelino cuando México estaba por debajo de Honduras y El Salvador.
Nombres: Mateo Bravo, Mantegazza, Batocletti, Boy, Orduña, Gedea y otros cuyos nombres no fueron catapultados por las redes sociales como sucede hoy porque no existían. Pero si Tigres tuvo a Boy, León contó con Tita, un Diez eclipsado primero en Brasil por Zico, el blanco heredero de Pelé, y después en la selección por Silas, Careca, Romario y Bebeto en el fiasco que resultó el Scratch en el mundial italiano de 1990.
Hubo también una final, la de 1979-1980 en la que Tigres cayó ante Cruz Azul, que a pesar de Miguel Marín tuvo que aceptar tres goles en su arco. En la calle, en las cáscaras que enfrentaban a muerte unas colonias contra otras, había una figura sacada de quién sabe dónde y que se llamaba “portero gozador”. Claro, era un arquero con funciones de extremo o de centro delantero que al mismo tiempo hacía todo para ganar y todo para no perder. Si alguien piensa que Jorge Campos fue un futbolista único, atleta visionario, está equivocado. Uno antes que él fue José Pilar Reyes, un loco desesquematizado al que Carlos Miloc le permitió porterear en el primer tiempo en el Azteca, y después clavarse en el centro del ataque tigre, que iba por un gol para empatar a 4 el marcador global. Casi lo consigue pero aquella era mucha máquina incluso para un brasileño mediocampista de los felinos, con talla de genio, al que apodaban Edú y del que se decía había jugado con Pelé en el Santos y que en el Tigres se había hecho un héroe viejo. Nadie, ni Televisa o Pilar Reyes evitaron la debacle. La Máquina de José Luis Ceballos y Rodolfo Montoya terminó alzándose con la Liga.
Hoy ya no conozco a nadie, pero creo que Gignac por Tigres y Mena por León decidirán el encuentro desde el minuto uno, cuando todo acaba por empezar. La insignificancia del trofeo: el juega limpio, siente tu liga, limpiamos México, el himno, la bandera, el creo que Rubens no está desde el principio. Ahí está el 14, sí, sí está, todos estos lugares comunes, están presentes desde el principio.
La extraña calma de Gignac, su cara de susto no es tal. Está acostumbrado a jugar y también, a veces, a ganar. Una Eurocopa y parte de las eliminatorias lo hicieron campeón del mundo sin jugar y aquí en León ni siquiera es el minuto uno y Campbell -siempre hay un costarricense que se apellida así- vuela tirándose como acróbata, perdiéndose su sombra en el prado abrillantado del Camp Nou.
Afuera la vida no es redonda ni grandiosa, las promesas después de todo no se han cumplido y en el campo domesticado del jardín los sueños rezuman como una naranja.
Y este es el minuto 5. Tigres, con todo y la teoría del contragolpe, del gol a favor, va para atrás. En todo país hay un centro, una línea divisoria entre el sur y el norte y en la patria de los Tigres un tal Aquino recompone las reglas. Tigres enfría desde su desgarro el desastre en el que ha caído el León, que llora y de verdad llora sin consuelo porque Mena, su ángel de la Guarda, no puede seguir más. Está lesionado.
Uno se acuerda, uno siempre se acuerda de Beckenbauer, quien jugó sin brazo contra Italia en el partido del Siglo. Uno se acuerda, siempre se acuerda, del capo Baresi, a quien su ímpetu le rompió una pierna en el debut azurri de 1994, pero seis juegos después estuvo de regreso para sujetar a Romario, para aprisionar a Bebeto, en la final de ese mundial.
Aunque el ecuatoriano Mena es el mejor de México, llora y está fuera. Son ya 38 minutos y un tal Carioca dispara. El León, dicen los filósofos que ya mencionamos, se retrotrae y eso significa que se ha cansado, que ha perdido la redondez del balón.
¿Dónde está Sambueza? ¿Dónde está Rubens? ¿Cómo se pierden los campeonatos?
Barbosa, el portero de Brasil en 1950, sabía cómo. Es el único que ha muerto dos veces. La primera, cuando no pudo detener los tiros de Gigghia y Schiaffino, y el Brasil negro, malo, andrógino, descastado le retiró el habla. Y cuando en verdad murió, el 7 de abril de 2000, los diarios dijeron que “Muere Barbosa… por segunda vez”.
Aquí eso no podría pasar.
Por segunda vez León y Tigres salen a la cancha. Rubens se estrella una y otra vez contra la barrera defensiva de los Tigres. No son un gran equipo pero una noche tuvieron en la lona a River Plate y si no ganaron la Libertadores fue porque no quisieron.
Diez minutos. Eso es todo lo que queda y en la vida de un partido de futbol se dice que agoniza. La última, a los 84, la tira Rubens por la borda.
-¿Viste cómo ese estaba llorando?- dice alguien que no sabe de futbol pero lo sabe todo de la vida, aunque ni así el juego cambia. No hubo nada, ni un acto heroico, como quien dice, o la suerte o la mala administración, o los cinco minutos de compensación. No hubo nada, no hubo Rubens ni Mena o Montes. Ya nada torcerá este partido y la final pasará a la historia como una estadística, junto con la expulsión de Mosquera, un colombiano que al final no supo qué fue lo que pasó.
Tigres es campeón pero nadie se ha enterado de cómo pasó, de cómo fue que lo consiguió.


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