Miguel Alvarado
Toluca, México; 16 de mayo de 2019. Se inclina y palpa el filo de los agujeros, las rocas minúsculas que lo delimitan y mira a los perros refugiarse bajo el único árbol alrededor y entonces suspira. Se acomoda la gorra y él, que vive en el país de las gorras y los sombreros encasquetados hasta los ojos, ajusta la sombra enraizándola en su cabeza lo más que puede.

Después se talla los ojos. Ha trabajado todo el día en la zona semirural de San Pablo Autopan, en Toluca, quemando basura, quemando pastizales, quemando la broza que invaden las cada vez más inútiles y pequeñas áreas de cultivo. Ha quemado todo lo que le han dicho que debía arder y él mismo ha ardido, devorado por el humo de los tres incendios que le consumieron la tarde, la mañana.

A sus espaldas el sol distorsionado por el aire gris, proyecta sus sombras en la belleza contaminada del paisaje, animal que repta al margen del día mientras los incendios que provocó Arturo cambian sus rumbos, fríamente.
No, aquí en la calle de Fuerza Aérea no se incendiará nada, no habrá conflagración porque los fuegos iniciados no se manifestarán más allá de los límites que les impusieron.

Y junto al sol, junto al fuego magro de la milpa, a pie de calle cuando el viento aúlla, las hogueras se desarrollan en un radio de menos de 500 metros. Los vecinos se ayudan para echar de una vez todo lo que no sirve, lo que no pueden tirar porque aquí el servicio de limpia cobra 10 pesos y aunque pasa una o dos veces a la semana no todos pueden o quieren usarlo. Se trata del dinero, de la mísera cuota asignada al miserable.

La quema se ha practicado por años, cuando a nadie se la habría ocurrido que aquí se convertirían los campos en una colonia y se le nombraría la Aviación. A nadie se le habría ocurrido que el primitivo aeropuerto de Toluca, que constaba de una pista y una torre al lado de un domo geodésico, terminaría por renombrarlo todo. Hoy, de aquello sólo quedan sus cadáveres y algunas bardas que se resistieron al paso del bulldozer. Eso, y una memoria muy corta y desentendida no alcanzan a explica por qué en el mercado de Palmillas sobresale un domo, su estructura de hierro a la mitad del tianguis repleta de pájaros, ruinosa y enterrada al aire libre, que nadie ocupa. Ni siquiera el recuerdo pasa por esas ruinas. Arturo ha visto el domo todos los días y si uno lo busca se puede observar desde aquí, porque la negritud de su humo lo perfila mejor aún.

En Autopan no hay miradas escondidas detrás de paliacates y nadie deja de lado los rifles para contar tortillas y saber cuántos comerán. Aquí en Autopan, aunque hay resistencia, la única lucha será la del sustento y, en este tramo de 15 metros, la batalla por el fuego.

  • Me preocupa quedarme solo y hacerme viejo. Ahora estoy joven pero ya sé que nadie va a ver por mí si no me caso o me junto con alguien. Ya todos mis hermanos se fueron a hacer su vida y mis padres hace 20 años que se murieron. Nosotros siempre fuimos pobres y haga lo que haga nos vamos a morir pobres- dice Arturo, quitándose el sombrero para hacer con la mano una sombra entre el aire y su sofoco.
  • ¿Sabes lo que estás haciendo?
    Y dice: “hago lo que hemos hecho siempre, preparar la tierra para la siembra, prepararla para que no nos agarren los tiempos de lluvias. Yo vivo en esta casita, en la que tiene el cuarto de lámina, la que tiene el filo de las ventanas pintadas de azul. Ahí vivo y hago la siembra, les ayudo a los vecinos y hago también cosas de reparación.
    Por la noche, después del sol y su puesta, decenas de fogatas humean. Muchos hicieron lo mismo porque la preparación de la tierra durará algunas semanas.
    Su gorra es roja, su vara es larga y con ella lleva la llama del fuego a donde ve que se apaga, porque después en la ceniza de lo carbonizado habrá semillas. El incendio de los pastizales no huele a nada, sólo a humo, en todo caso a miseria, pero el humo de los objetos huele a basura, en todo caso a la condena de los pobres, que aquí somos todos.

Una historia silenciada

La Red Automática de Monitoreo Atmosférico del índice de la Calidad del Aire supo desde 2011 que el problema del aire respirable era grave. En abril de 2011 no hubo aire adecuado un solo día, y ese mes transcurrió entre la oscilación de lo muy malo a lo apenas regular.

Aunque no signifique nada, en Autopan el cielo es azul y las nubes están limpias porque el viento corre pero este cielo es un ojo sobre la colonia Aviación, un agujero rodeado por grisura que si se quiere se palpa. Esa mancha suspendida rodea esta parte de Autopan y cubre la parte urbana de Toluca, la cual, si uno quiere ver desde arriba, será toda sucia como el barrido de un pincel. A las siete de la mañana, desde el observatorio en el que se ha convertido el Paseo de los Matlatzincas, se ven la catedral y el estadio como un borrón pero todavía es peor: ya no se puede ver, aunque debajo de esa niebla la vida transcurra, con las clases suspendidas a partir del 16 de mayo. Pero algunos, aunque se asombran, no dejan de recodar que hace 12 años se veía lo mismo a esta hora y desde los miradores del volcán el desastre –que no lo parecía- sólo arrancaba comentarios parecidos al estiércol en el que nada la ciudad. Hace 20 años los investigadores Pedro Díaz, Irma García, José Luis Iturbe, Francisco Granados y Juan Carlos Sánchez advertían, todavía sin alarma, metódicos y académicos, que “la concentración de los sólidos suspendidos provienen, en su mayoría, de la combustión vehicular”, en un artículo para la Revista Internacional de Contaminación Ambiental.

El reporte de la Red Automática de Monitoreo Atmosférico del índice de la Calidad del Aire decía, el 14 de mayo de 2019, que la zona norte de Toluca, que comprende el aeropuerto y San Cristóbal, era la más contaminada pues su registro indicaba 143 puntos IMECA, el más alto para la ciudad. El centro de la capital tuvo un registro de 139 y la zona sur de 127, lo cual alcanza en esa clasificación una nota de mala calidad.
“Para el miércoles 15 la onda de calor persistirá, asociada al sistema anticiclónico semi estacionario en el sur del país; la calidad del aire será “Mala”, con un máximo de 120 a 150 puntos IMECA, por lo que se recomienda evitar las actividades al aire libre”, dice una parte de ese reporte.

La versión del alcalde de Toluca, Juan Rodolfo Sánchez Gómez, era peor: “el 14 de mayo se había reportado que el índice de partículas contaminantes había alcanzado y rebasado los 150 puntos, una cifra histórica pues nunca antes se había registrado. Toluca, ayer, tenía 180 puntos, 40 más que en el valle de México y la capital del país. Está en riesgo la salud de todos nosotros”.

Esta crisis ambiental afecta a municipios de los valles de Toluca y México. A la capital mexiquense se le ha declarado como la ciudad más contaminada del país, sin que nadie haya sabido cómo ocurrió ni quiénes son los responsables. El alcalde ha culpado a las emisiones de los camiones y a los 190 mil perros que viven en las calles de la ciudad como las principales fuentes de envenenamiento del aire.

La nata que tiene a la ciudad sumergida entre nieblas es monitoreada desde hace tiempo, todos los días. El historial de la Red Automática de Monitoreo indica que durante 28 días en abril la condición del aire fue mala y dos días llegó a muy mala. Es alarmante porque si bien el alcalde de Toluca señalaba que en los últimos 4 ó 5 años no había un día con buena calidad de aire, las estadísticas de la Red profundizan que ya desde el 2011 los índices estaban sido rebasados. En abril de 2011 tampoco hubo un solo día con calidad de aire aceptable, porque los 14 días con mala calidad, los 13 con calidad regular y los 3 días restantes de muy mal aire aparecen en la tabla estadística.

Pero Toluca, con su negro aire, todavía respira.

*

Entonces termina, después de comer apenas y beberse dos cocacolas, porque ese refresco le da energía, pero lo toma porque no hay otra cosa. El agua no le sabe a nada y también dice que es una forma de llenar el estómago. Sus 35 años han transcurrido en todos lados, porque a pesar de que vive en Autopan, Arturo ha estado cuatro veces en Estados Unidos, todas de ilegal y cada vez más confiado. Quizá por eso la última vez lo deportaron y no podrá regresar, aunque dice que lo intentará porque aquí –y entonces señala hacia el sol que se mete- ni siquiera es el dueño del fuego encendido.
A las 12:30, el paso habitual del helicóptero de los federales lo distrajo de sus preparativos. Volteó como siempre lo hace, primero encasquetándose la gorra, enraizada hasta la sombra, y después quitándosela para hacer con la mano una sombra para mirar al cielo. El paso de la aeronave traza un círculo desde Toluca, encaminando a los federales hacia Ixtlahuaca, hacia donde voltea Arturo.

  • Yo sé quiénes protegen a los huachicoles- dice, mientras se pone la gorra- Son policías. Luego camina, dirigiéndose al tercero de sus incendios, al que está más alejado de la carretera, al que huele a la basura en que se ha convertido la ciudad, quién sabe cómo, quién sabe por qué, quién sabe cuándo.
    A la medianoche casi todos los pueblos del municipio truenan sus cuetes. Tiene que ver con lo agrícola, con el inicio de los ciclos y las divinidades, San Isidro Labrador, por ejemplo. Eso, la quema de los artificios, costará después un millón y medio en multas a quienes los practican en estas fechas.
  • Mira, dice Arturo de pronto- todos aquí somos pobres, muy pobres, porque ni siquiera este incendio nos pertenece.

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