Miguel Alvarado

Toluca, México; 30 de marzo de 2019. Desde Cuautlancingo, un municipio absorbido por la capital poblana, el Popocatépetl se ve amenazante desde la hermosura que precede a una catástrofe. En constante actividad desde 1354, el Popo no representó nunca una amenaza para los tres estados que lo comparten, Puebla, el Estado de México y Morelos. La actividad volcánica de “Don Goyo”, como también se le conoce, es reciente y todavía lo es más la activación de los protocolos de alerta, que la ubican en Fase 3 después de una nueva explosión que creó una columna de humo de más de 2 kilómetros a las 6:50 de la mañana del 28 de marzo.

El Popo, una montaña sagrada para los nahuas, por ejemplo, era la casa de Tezcatlipoca, llamado también “Pedernal Humeante”, y la montaña era cuidada por sacerdotes que vestían durante un tiempo pieles humanas disecadas para agradarlo. El Popo, la segunda montaña más alta de México con 5 mil 426 metros de altura, inquieta; aunque desde Cuautlancingo, en Puebla, es todo un espectáculo.

Puebla, por su lado, ha decretado algunas medidas de contingencia, todavía mínimas. Tener preparadas mochilas de emergencia con alimentos, pilas y celulares es una de ellas. A pesar de lo ominoso, el Popo no apura demasiado, por lo menos a las autoridades. Por su lado, la Ciudad de México prepara refugios en 7 alcaldías y pronostica caída de ceniza sobre la metrópoli.

La erupción del Popo no puede descartarse y representaría una tragedia para la cual ningún gobierno está totalmente preparado porque, según el Centro Nacional de Prevención de Desastres (Cenapred), 25 millones de personas serían afectadas en los estados de Puebla, Morelos, Tlaxcala, Edoméx y la Ciudad de México, aunque para esta última la caída de ceniza sería lo más trágico.

Pero el tema de esta nota no es una erupción volcánica, sino un suceso mucho más devastador, por ejemplo, una explosión nuclear, que afectaría además a ciudades como Toluca.

Una simulación del Programa Outsider en internet muestra que si una bomba termonuclear o de hidrógeno, de 50 mil kilotones denominada Tsar o Bomba del Emperador, de diseño soviético, cayera en el centro de Toluca, el daño mortal que causaría sería total: un millón 371 mil 871 muertos y 747 mil 397 heridos. La explosión afectaría municipios tan distantes como Valle de Bravo y parte de la Ciudad de México. Arrasaría con el Nevado de Toluca, Ixtlahuaca, Jiquipilco y tendría consecuencias en una parte del estado de Morelos.

 Según la simulación, la totalidad de Toluca sería un área radioactiva bañada por rayos gama y neutrones. Esa misma bomba detonando en el centro de la Ciudad de México dejaría 8 millones 129 mil 488 de muertos y 6 millones 81 mil 846 heridos.

En 1961 los soviéticos probaron esta súper arma en el archipiélago de Novaya Zemlya en el Mar de Barens, al norte de Rusia, y fue cargada por el avión Tupolev, pilotado por el mayor Andrei Durnovtsev. La bomba era mil 500 veces más poderosa que la lanzada sobre Hiroshima, pues tenía el poder de 57 megatones. La explosión fue un éxito, pero fue aterradora: “detonada a las 11:32, hora de Moscú, creó una bola de fuego de ocho kilómetros de ancho y su propia onda expansiva la impulsó hacia arriba. El destello luminoso se pudo ver desde mil kilómetros de distancia. La nube en forma de hongo de la bomba alcanzó 64 kilómetros de altura, y se extendió casi cien kilómetros de extremo a extremo”, dice una nota de la BBC.

Una investigación de 1987 realizada por María Ester Brandan, “Armas y explosiones nucleares: la humanidad en peligro”, publicada por el Instituto Latinoamericano de la Comunicación Educativa, en cooperación con la UNAM, propone como modelo de un ataque nuclear a la Ciudad de México y plasmas el hipotético caso en el que una bomba de un megatón explota en el centro de la capital mexicana.

“En un día claro, a 2 000 metros de altura sobre la Plaza de la Constitución mexicana, más conocida como el Zócalo, se detona una bomba nuclear con un rendimiento de un megatón. Esta plaza, ubicada justo debajo del punto de detonación, es el llamado punto cero de la explosión. Dos segundos después de la detonación se ha formado a 2 000 metros de altura una bola de fuego caliente y luminosa y una onda expansiva que toca la superficie del centro de la ciudad. La destrucción de gran parte de la capital se deberá principalmente a los efectos del calor irradiado y de la onda de alta presión que continuará expandiéndose por decenas de kilómetros”, dice Brandan, quien vaticina que en los 10 primeros segundos, y en un radio de 4 kilómetros, todo será destruido y no habrá sobrevivientes, esto es, desde el centro hasta el Monumento a la Raza, al aeropuerto Benito Juárez, al Palacio de los Deportes, al antiguo Parque del Seguro Social y Chapultepec”.

Los siguientes 15 segundos la explosión deja en pie solamente cimientos y subterráneos de edificios.

Vale la pena leer parte del texto: “Las calles estarán cubiertas por varios metros de escombros y más o menos la mitad de la población que habita en este anillo morirá principalmente debido al derrumbe de las construcciones. Quienes logren sobrevivir estarán heridos y necesitarán ayuda médica. Los vientos que sigan a la onda explosiva tendrán velocidades de unos 300 kilómetros por hora. Esta zona de destrucción se extiende hasta la Basílica de Guadalupe, por el norte, el Peñón de los Baños por el este, la colonia Portales y el Hotel de México por el sur y el Auditorio Nacional en Chapultepec por el oeste”.

A los 30 segundos de la explosión y hasta 11 kilómetros, los daños serán graves en construcciones y habrá miles de heridos en ese radio. Los edificios se incendiarán debido al calor y se afectarán zonas como Nezahualcóyotl y CU. Luego, en un radio de hasta 16 kilómetros, el 25 por ciento de los habitantes resultará herido.

Los efectos radiactivos “se harán sentir en zonas que llegan hasta los volcanes, el valle de Cuernavaca, Chalma y Toluca, o incluso más lejos, dependiendo de la intensidad y dirección de los vientos. El número total de muertes después de una explosión como la descrita dependerá de muchos factores diferentes: la densidad de la población en las cercanías al punto cero, la hora del día en que ocurra la explosión, las condiciones atmosféricas, y otras más difíciles de precisar. Para una ciudad muy poblada se estima que 500 000 personas morirán inmediatamente, quedando un número similar de heridos. Hay que recordar que debido a la destrucción reinante no se puede esperar ningún tipo de ayuda de bomberos para sofocar los incendios que se declaren, ni de personal médico para rescatar heridos. El tránsito por las calles será imposible (no será fácil reconocer lo que antes era una calle) y seguramente los hospitales habrán sufrido el mismo daño que el resto de la ciudad. Tomando estos factores en cuenta, el número de víctimas podría llegar al millón de personas.

Después de leer este informe, pareciera que una erupción del Popo es cosa menor. No lo es, sin embargo, ni tampoco resultará, si sucede, tan aterrador como el panorama de un apocalipsis nuclear, en un tiempo demasiado cerca de nuestra realidad.

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